Accidente

Obra de Pedro Tapa

Cuando iba hacia la felicidad,
crucé algunos vientos,
saludé a la tormenta,
me topé con tu abrazo,
doblé a la izquierda,
me perdí…
No he podido encontrarme,
creo que ando
en una curva de esas,
o en algún viento
o en aquella tormenta,
creo que tuve un accidente
hacia el final de tu sonrisa,
porque por aquí
todavía no he vuelto.

— — —

Ángela Acero Rodríguez (Diciembre, 1981, Bogotá). Profesional en Filosofía. Creció con la generación de la música en cassettes, el rock alternativo y los libros para bolsillos citadinos. Tiene una fascinación por los gatos, las metáforas, los árboles y el chocolate; colecciona paisajes detenidos en postales, hace música y fotografía. Tiene cuatro publicaciones de poesía: «Manecillas en estado alterado» (2013), «Dos días después de vos» (2016), «La Poetería» (2018) y “Los peldaños de la inercia” (2019). Coordina talleres de escritura para jóvenes y adultos. Ha participado de varias antologías de escritores, programas de radio y encuentros nacionales e internacionales. Vive en Bogotá, su ciudad natal, pero tiene un alto porcentaje de su alma en Córdoba (Argentina). Ama el cielo despejado y disfruta de las cosas simples.

Presentimiento

No entiendo por qué,
a veces,
cuando es sombra la tarde y confusa es la luz,
surge un pensamiento constante de mi mundo,
no sé por qué lo gris,
el frío y lo indeciso,
se apoderan, terribles, de mi sueño más puro,
y lo vuelven atroz.
Acosada por ellos, elementos malditos,
el espanto es agua que refleja el terror,
el sentimiento previo de mi fin
–presentimiento de que él llegará
en la soledad de la pequeña casa–,
frente al mar,
casi sin dios,
como siempre
he vivido,
palpando ávidamente lo que veo.

Quiero dejar escrita
una palabra dulce,
colgar en la ventana un retal blanco.
Pero alguien
me encontrará
dormida,
con el nombre de Nada
al borde de mis labios.

Sí, así pudiera ser.
Así lo he presentido
y nada más deseo para la ida:
dos apasionados instantes tal vez, una caricia,
mi libertad terrena,
y un rosal
hundido
en el hambriento secano de mi huerto.

Sí, ha de ser así.
¿No ven que yo deseo
mi solitario goce,
hacerme mía, al fin,
únicamente?

Presiento que el hado, que vive de mi sangre,
conmigo irá camino del silencio.
Lo dejo reafirmado en estos versos:
moriré
junto al mar
con el adiós anónimo del viento.

『 °• ❀ •°』

Natalia Sosa Ayala (Las Palmas de Gran Canaria, 27 de marzo de 1938 – 13 de noviembre de 2000) fue una poeta y escritora canaria.

Regreso

De la aventura de ser honrada
Regreso a casa vencedora.
¿Hace cuántas generaciones me he marchado?
No recuerdo y ya ni sé de dónde.

Llevo conmigo todos los astros y les muestro
El jardín que deben calentar,
Y las montañas me piden que las lleve a la tierra
Sobre la que erigirán su altura,

Y las aves giran y me preguntan
Dónde poner su nido, y rebaños infinitos
Vienen detrás de mí y esperan el lugar
Donde asentarse y multiplicarse.

Yo digo: «Esperad solo un instante,
El lugar de donde partí está cerca.
Un minuto más, debe de haber
Un lugar firme, tan solo un lugar firme…».

Pero todo alrededor es fluido. Busco
Y estoy exhausta de tanto andar,
Obligada a llevar dentro de mí el punto
Rígido de apoyo para el universo.


Ana Blandiana (Timișoara, Rumanía, 1942) es, sin duda, una de las poetas más relevantes de las letras europeas. En su vasta obra poética destacan títulos como Octubre, noviembre, diciembre (1972), El sol del más allá (2000), El reflujo de los sentidos (2004) y Mi patria A4 (2010). Blandiana concibe la literatura como una forma de testimonio y de resistencia ante el terror de la historia. Su poética, intimista y de sencillez expresiva, contiene una gran carga filosófica y está enraizada en el sentimiento trágico de la existencia.

Historias trágicas

Nadia Anjuman

Oh historias trágicas
han encontrado morada en nuestros corazones.
Estos ojos tristes, estas amarillentas mejillas huecas
estas son las sombrías marcas de tu presencia
Oh ramas del dolor
Cien primaveras y otoños han ido y venido
brotes marchitos con corazones desgarrados
cien bloqueos y cien caravanas pasan
el Faraón muere y la historia de Nemrod termina
aunque todavía estés joven y fresco
recién salido del útero del jardín

Oh ardiente miseria
deja la extensión de nuestros corazones
no son las únicas cosas por las que vale la pena arder
Por vez única, pasa por la casa de otro

Oh historias trágicas
su compañía nos abruma
Si no buscan una nueva casa deben tener cuidado
Mañana nos iremos de las tristes ruinas de la vida
y ustedes quedarán miserables y descubiertas
en el limbo del tiempo
sin ninguna morada

… … …

Nadia Anjuman, Afganistán, 1980-2005. Poeta afgana nacida y fallecida en Herat. Era la sexta hija de una familia numerosa. Terminó la escuela secundaria a pesar de dos años de interrupción debido a que el régimen talibán, de acuerdo con las enseñanzas del Corán, prohibía que las mujeres aprendieran a leer y escribir. Las mujeres tenían prohibido trabajar, estudiar y reírse en voz alta. Solo se les permitía coser y bordar. Anjuman y otras jóvenes pertenecían a los Círculos de Costura de Herat, y se reunían tres veces a la semana en una escuela de costura a estudiar literatura. Anjuman y sus compañeras estudiaban a escritores prohibidos como William Shakespeare, Honoré de Balzac, Fiódor Dostoevski, Charles Dickens, León Tolstoi, James Joyce y Nabokov. Si hubieran sido atrapadas, el régimen talibán las hubiera condenado a ser ahorcadas.

Sus padres la obligaron a casarse con Farid Ahmad Majid, licenciado en Literatura, conferencista de Filología y empleado administrativo en la facultad de Literatura de la Universidad de Herat. En 2004 publicó un poemario llamado Las flores oscuras. El poemario se hizo muy popular en Afganistán, Pakistán e incluso en Irán. Un año más tarde fue asesinada a golpes por su esposo.

Frente a la isla

Mirad a esa mujer, dicen algunos,
callada frente al mar cada mañana.
Es una pobre loca soñadora,
una pobre mujer que desde siempre
soñó con ser gaviota y tener alas.
Mirad con qué insistencia se detiene
a contemplar la Isla, allá lejana.
¡Qué distante de su razón la nuestra!

Miradme, sí, miradme.
A juicios de los hombres ya no temo.
Helados juicios
que con desdén quisieron
congelar las hogueras de mi pecho.
No los oigo. Soy una pobre loca,
mas, al fin,
mis oídos cerré a las voces vanas.

Sólo la tristeza del mar es lo que escucho.

Oíd…
Cada mañana me acerco a recoger
de alguna de sus huellas
los restos destrozados.
Yo sé que habrá pisado alguna orilla
y aguardo el milagro de ese instante.

¿Llamáis a esto locura?
Seguid vosotros, pues, con la cordura:
si loca me creéis, no me hacéis daño.

— — —

Del libro Autorretrato, 1981. (Incluido en el libro No soy Natalia. Torremozas, Madrid, 2018)

Natalia Sosa Ayala (Las Palmas de Gran Canaria, 27 de marzo de 1938 – 13 de noviembre de 2000) fue una poeta y escritora canaria.

Hipocresía

Natalia Sosa Ayala

No soy la que camina con la risa en la boca,
ni la que va de paso con la mano extendida.
No soy la compasiva, ni la triste y callada:
soy la que lleva en sí la hipocresía.

No os canséis de mirarme con la mirada abierta,
cual lobos al acecho de mi temor oculto.
Yo soy la hiedra extraña que trepa en una risa
y llora en la raíz, bajo la tierra roja.

Yo soy la piedra dura donde la mar se agota,
la fusta que no tiembla, la espuela congelada:
mi semblanza presento sin dolor y sin sombra.
Miradme, conocedme, sabedme de esta forma
terrible que no oculto.
Mañana seré otra de la que ahora escribe.
Su presencia está cerca:
ceñida a mi cintura
trepará
locamente
hasta mi boca.

Natalia Sosa Ayala (Las Palmas de Gran Canaria, 27 de marzo de 1938 – 13 de noviembre de 2000) fue una poeta y escritora canaria.

Deuda

Antonio Lucas, periodista. © Santi burgos

A mis Diez, como en el poema

Tú que amaste tanto el mundo,
su abril y sus ventanas,
el verano que fundaste sin salir de mí,
la política cantante de los cuerpos…
Tú que dabas cuerda al corazón
con fulminantes pájaros y con cerveza.
Tú que hablabas el idioma de las playas
sin pedir permiso.
Tú que predicaste eternidad en cada espejo.
Tú, con quien se equivocaron todos.
Tú que amabas náufragos
para estudiar después su viaje.
Tú que me creías.
Tú que fuiste un día todo lo que amé yo de una noche
y no llegó la noche.
Tú, en quien se hacen niños
las campanas y los bosques.
Tú que hoy me ves envejecer
y entiendes que es infame
el hambre de esperar hasta el futuro.
Tú que juraste amor
a la tristeza de los parques,
y desprecias la fullera España
con su chaleco de odios.
Tú que impartes lecciones de siglo.
Tú que invocas lo posible que no somos.
Tú que me consuelas más allá de mis bufandas.
Tú que ocultas en los ojos países improbables.
Tú que escribes en mis brazos
con letra diminuta.
Tú que sabes traducir las olas que no rompen.
Tú que ya no aprecias ser tan joven.
Tú que ya no estás a salvo nunca.
Tú que sabes qué soy yo
y todo te lo debo todavía.

Antonio Lucas (Madrid, 28 de diciembre de 1975) es un poeta y periodista español. Licenciado en Ciencias de la Información. Desde 1996 trabaja en el diario El Mundo de Madrid, donde actualmente es redactor de la sección de Cultura y columnista de Opinión. Como poeta, ha sido ganador del Premio Loewe (2014). Colaborador semanal en «Gente despierta» de RNE

Muchacha sin nombre

No me llamo Natalia.
Jamás nací.
O si nací fue muerta.
El sol extendía sus primeros rayos
por una madrugada fatídica de marzo.
Mas no era yo la que su luz bebía.
Yo no existí jamás.
A lo sumo fui venas, manos, sangre,
un corazón pequeño y precintado
pero no fui jamás destinada a ser alguien.
Mi nombre, yo, Natalia,
estará inscrito en un papel cualquiera,
en labios que no saben lo que hablan,
en tardes remotísimas y ausentes,
acaso,
en el tiernísimo corazón de alguien.
Mas yo, yo no soy yo.
No soy Natalia.

… … …

Del libro Muchacha sin nombre y otros poemas, 1980. (Incluido en el libro No soy Natalia. Torremozas, Madrid, 2018)

Natalia Sosa Ayala (Las Palmas de Gran Canaria, 27 de marzo de 1938 – 13 de noviembre de 2000) fue una poeta y escritora canaria.

Mi primer poema

A mi padre, 1957

¿Por qué fundiste, Señor, alma en mi cuerpo?
Pudiste ahorrar de tu pasión dolores,
si en vez de alma, me hubieses dado forma
de otro ser inconsciente.
En mí, siempre doliente tus llantos y clamores,
en mí, siempre tus ojos penosos y severos,
siempre unida tu pena a mi pecado.
¿Por qué, Señor, por qué me diste alma?
¿Por qué no me dejaste en barro convertida?
Hubiera sido hermoso ser senda o ser camino,
tener forma de árbol o ser rosa,
no ser de tu dolor el centro, mi destino.

… … …

Del libro Muchacha sin nombre y otros poemas, 1980. (Incluido en el libro No soy Natalia. Torremozas, Madrid, 2018)

Natalia Sosa Ayala (Las Palmas de Gran Canaria, 27 de marzo de 1938 – 13 de noviembre de 2000) fue una poeta y escritora canaria.

Que no

Estatua de Federico García Lorca frente al Teatro Español.

Que no murió. Que no.
Que se quedó en el canto.
Que un cuerpo es solo un yo
pero una voz el pájaro
de todos los nosotros
por el cielo lejano.

Que no murió. Que está.
Que se quedó dormido en esta plaza
como el tiempo y los niños,
como la luz naranja.

Que no murió. Que no.
Que se quedó cantando
igual que una figura
de cascabeles y de pámpanos
que se vuelve un pez luna
y después un relámpago
y después una aurora
de Nueva York y el llanto
que los relojes dan todas las cinco en punto
y después el cuchillo y el caballo
y la espuela de plata
de un romance gitano
y un coche de agua negra
camino de Santiago
y un guante de mercurio
y una adelfa entre nardos
y una niña que teje una bandera
y una novia escapando con Leonardo
y una madre que encierra a cinco hijas
en las paredes blancas de sus párpados
y un baile en romería
y un jinete sonámbulo
y una paloma rota
y un lagarto llorando
y el grito de Julieta
bajo la arena azul de los teatros.

Que no murió. Que aún
nos respira. Que nada
puede matar la luz
donde crepitan lentas las palabras
como fénix heridas,
como altas salamandras,
como runas de leche,
como anillos perdidos en el agua.

Que no murió. Que es joven
porque tiene mil años,
porque entierra la luz en nuestra lengua,
porque acuna la vida en nuestros labios.

Que no murió. Que no.
Que nadie nos lo mata.
Que no tiene ni nombre,
que su voz vive aquí como esta estatua
y cuando ya no estemos
otros traerán palabras,
las mismas y distintas,
y en ellas volveremos como ráfagas,
como viejos poetas,
como nuevas bandadas
a cantar en el aire
las más antiguas nanas,
las que canta la tribu
en torno de las llamas
para dormir al miedo y a la nada.

Que no murió. Que es joven.
Que su voz es la gente.
Que una noche una bala besó a un hombre
y se murió la muerte.

Álvaro Tato, poeta, actor y dramaturgo nacido en Madrid en 1978. Forma parte de las compañías Ron Lalá y Ay Teatro. Es autor de versiones para la Compañía Nacional de Teatro Clásico y obras originales y adaptadas para diversas producciones de artes escénicas que han obtenido numerosos premios y se han representado en una veintena de países.