La fuente

fuenteIsabelRezmo

Pasaba la tarde con una inquietud. Traspasaba la tarde como un mortal veneno cuando la plaza dormía en sus afluentes, entre el ruido del agua…
¡Oh eras tú! Entre la neblina, o la arena tardía de una acera.
¡Eras tú! Quien ocultaba sinuosa tanta alegría al rozar un eco,
o un verbo, o un intervalo entre la boca.
Pasaba las horas, como un deseo, un pliegue azul en la marisma del atardecer en rosa carmín de tus labios.
Mientras la sonoridad es un juego de niños entre las campanas,
entre el gentío donde se para las niñas a derretir la sonrisa entre una clave de sol.
Las mujeres al unísono enjambre de sus voces, incesante muslo que contiene la vida, la muerte, la rutina sin par en los meteoritos.
Y allí viendo pasar el aleteo de una guadaña sin par, alzas tu piedra caliente o caliza forma, esbelta, ágil, doliente arroyo de rutina.
Alli donde las cicatrices de la infancia deja su hastío en cuerpos inmóviles de sal ¡divina proeza!
Allí solo allí, entre los bordes del roce que dicta susurros al mediodía o a la noche de los amantes, labio a labio, cuerpo a cuerpo, o quizás sin rubor; allí sólo en ese lugar mágico de puntiaguda observancia; allí, reinas como las damas, secuestras el óbito conjugado bordeando la linea continua que debe cruzar al parque, y de allí al descanso perpetuo.

Isabel Rezmo, poeta nacida en Úbeda en 1975

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