Frente al mar inmóvil

DonostifotoMariaje

Fotografía de  San Sebastián, Guipúzcoa de María J. Leza © todos los derechos reservados

Frente al mar inmóvil
Dos cabezas de mármol
Salpicadas de espuma,
De gaviotas,
De algas
Húmedas y amargas.

Frente al mar inmóvil
Dos cabezas de mármol:
Geómetras impasibles,
Sonámbulos,
Que velan el sueño de lo eterno
Bajo sus párpados fríos,
Enigmáticas,
Cerrados.

¡Párpados entornados!
La eternidad del mar enfrente.
Y las cabezas de mármol
Golpeadas por las olas y las brisas impacientes.

Gabriel Celaya

 

 

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Triste cosa es gemir entre cadenas

GRILLETES

Triste cosa es gemir entre cadenas, 
sufriendo a un dueño bárbaro y tirano, 
triste cosa surcar el océano 
cuando quebranta mástiles y antenas; 

triste el pisar las líbicas arenas, 
y el patrio nido recordar lejano, 
y aún es más triste suspirar en vano 
sembrando el aire de perdidas penas. 

Mas ni dura prisión ni ola espantosa, 
ni destierro en el Niger encendido, 
ni sin fin esperanza fatigosa, 

es, ¡oh cielos!, el mal de mi temido; 
la pena más atroz, más horrorosa, 
es de veras amar sin ser creído.
 

Manuel María De Arjona

Melodía

melodia

Tacto, tibio silbo
que, adelgazado, escapa por lo espeso triunfante,
y aquí tú, melodía,
divina corza inmóvil del otoño en el Norte;
tú, temblor transparente de los tilos desnudos,
mi vida delicada.
Mientras cerca, una lenta fatiga va ensanchando
su olor a flores muertas
y -cabellera- caen, macilentos, los días
amarillos con gusto de papeles mascados,
¡oh tú, con gesto leve,
sencilla, soberana,
la apartas y me ofreces tu incólume sonrisa,
tu siempre primer día,
divina corza inmóvil, melodía!

Gabriel Celaya

Dominio del recuerdo

Recuerdo

Un recuerdo -pasado deleitoso-
me ataca y se apodera
tanto de mí que interna primavera
me somete a su acoso.

Aquel amor aun vibra
bajo el impulso de una imagen, mero
fantasma. Pido, quiero.
un imán se me impone fibra a fibra.

El espíritu invade mi existencia
con poder soberano.
Espíritu ya es cuerpo. ¿Quién presencia
tal fusión, tal arcano?

Amor, que fue tan fuerte
durante aquel minuto fenecido,
saliendo de su nido
mental en sensación se me convierte.

Mi memoria ya es carne, ya un placer
-soñado- resucita,
ya la verdad de mi vivir da cita.
¿Alma, cuerpo ? Mi ser.

Jorge Guillén

Cómo amabas las violetas

trebol4hojas

Cómo amabas las violetas,
el trébol de cuatro hojas que nunca hallaste
y el jazmín
Cómo vivo tu presencia
ahora que no vives
y estás conmigo
ahora que no estás
Cómo me abrazo a los recuerdos
y tu sombra de recuerdos
ne abraza con sus besos
y ¡cómo siento los besos que me dabas!
y ¡cómo siento los besos que no di!
.
.
Augusto Casola del poemario 27 silencios.
(Asunción, 1944) Poeta y narrador

De “La vida es sueño”

sueñaelNiño

Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?

Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Calderón de la Barca, sacerdote católico y escritor español, caballero de la Orden de Santiago, conocido fundamentalmente por ser uno de los más insignes literatos barrocos del Siglo de Oro, en especial por su teatro. (Madrid, 1600- 1681)

Los cómplices

poemagonzalorojas

Te decía en la carta
que juntar cuatro versos
no era tener el pasaporte a la felicidad
timbrado en el bolsillo,
y otras cosas más o menos serias
como dándote a entender
que desde antiguamente soy tu cómplice
cuando bajas a los arsenales de la noche
y pones toda tu alma
y la respiración
perfectamente controlada,
por mantener en pie tus rebeliones
tus milicias secretas
a costa de ese tiempo perdido
en comerte las uñas, en mantener a raya
tus palpitaciones,
en golpearte el pecho por los malos sueños,
y no sé cuántas cosas más
que, francamente, te gastan la salud
cuando en el fondo
sabes que estoy contigo
aunque no te vea
ni tome desayuno en tu mesa
ni mi cabeza amanezca en tu pecho
como un niño con frío,
y eso no necesita escribirse.

Gonzalo Rojas, profesor y poeta chileno perteneciente a la llamada Generación del 38. Su obra se enmarca en la tradición continuadora de las vanguardias literarias latinoamericanas del siglo XX. (1916-2011)

Las desiertas abarcas

abarcas desiertas

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

Miguel Hernandez, Orihuela (1910-1942),  poeta y dramaturgo de especial relevancia en la literatura española del siglo XX

El ciego que cantaba fados

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Todos en alguna ocasión, en algún momento, hemos sentido que la magia se nos presentaba instantáneamente. Que el pragmatismo del viaje planificado se veía absorbido por ese detalle no previsto que lo convertía en único. Quizá sea la predisposición o el famoso síndrome de Stendhal, pero no cabe duda de que a nada de tiempo que dediquemos, ese instante aparece.

Y así lo hizo el día en que decidí visitar el barrio de Belem. Más  concretamente el triángulo que forman  en la Explanada de los Descubrimientos,  el Monasterio de los Jerónimos, el Monumento a los Descubrimientos y la Torre de Belem. No, no fueron ni la majestuosidad de los edificios, ni la historia encerrada en ellos lo que llegó a poner una nota de emoción. Fue el hecho de emprender el descenso hacia el túnel que cruza la avenida como si fuese una de sus bisectrices y empezar a escuchar el canto que provenía de sus entrañas lo que me hizo pausar el paso y recrearme en sus notas. Llegué al subsuelo y entonces, ante todo aquel que tenía la fortuna de cruzarlo, apoyado en la pared, sin más instrumentos que su voz, un ciego cantaba los más hermosos fados que el dolor puede interpretar. El discurrir de los trenes, el ronroneo de los neumáticos, el tintineo de las monedas sólo lograron reverberar aún más la hermosura de las canciones que a capella interpretaba. Su gorra de visera, su silencioso bastón, la silueta de su espalda caligrafiada en la pared y su murmullo de agradecimiento ante el aplauso silencioso que percibía enmarcaron el detalle mágico que todo viaje, a nada que prestemos atención, nos deja.

Ni sé ni quise preguntar su nombre, pero la Dignidad, el Buen Hacer, y las Notas Precisas encauzaron el  patente  flujo de  emociones que perduran en el manantial del recuerdo mientras el eco del último fado testimonia que fue cierto.

Francisco Jesús Frías  Luján .-Enero 2011

Breve romance de la ausencia

flores Mariaje
fotografía de María J. Leza ©

Único amor, ya tan mío
que va sazonando el Tiempo:
¡qué bien nos sabe la ausencia
cuando nos estorba el cuerpo!

Mis manos te han olvidado
pero mis ojos te vieron
y cuando es amargo el mundo
para mirarte los cierro.

No quiero encontrarte nunca,
que estás conmigo y no quiero
que despedace tu vida
lo que fabrica mi sueño.

Como un día me la diste
viva tu imagen poseo,
que a diario lavan mis ojos
con lágrimas tu recuerdo.

Otro se fue, que no tú,
amor que clama el silencio
si mis brazos y tu boca
con las palabras partieron.

Otro es éste, que no yo,
mudo, conforme y eterno
como este amor, ya tan mío
que irá conmigo muriendo.

Salvador Novo, poeta, ensayista, dramaturgo e historiador mexicano, miembro del grupo «Los Contemporáneos» y de la Academia Mexicana de la Lengua. 1904-1974

Fotografía de María J. Leza ©