El último ensueño

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Prende a mi vestido capullos de almendro,
perfuma de nardo mis negros cabellos
y entierra entre flores los tristes recuerdos.
Apaga las luces… pero haz que a lo lejos
Beethoven suspire, nostálgico y lento.
Cerraré los ojos y sobre mis dedos
se irá deshojando, silencioso y yerto,
el llanto divino del último ensueño.

Entorna las puertas. Deshaz este velo
que teji con plata. ¡Ya sólo deseo
descansar tranquila! Cuando esté deshecho,
recoge sus hilos, bésalos y… luego
deja que mis manos vayan componiendo
con las hebras rotas el postrer ensueño.

Mi vida se acaba. ¡Ya sé que me muero!
Y quiero extinguirme, muda, sonriendo,
con el alma alegre y el corazón lleno
de bellas quimeras, guardando en mi pecho
toda la agonía del postrer momento.
¡Déjame que muera viviendo mi ensueño!

Ernestina de Champourcin

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La mentira

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Sé que me despreciáis; mas no os asombre
que os diga que al hacerlo de tal suerte,
despreciaréis de mí no más el nombre,
pues vivo en el espíritu del hombre,
y puedo dar la vida y dar la muerte.

¡No podéis despreciarme! Que es mi sino
vagar en vuestros pechos siempre errante;
me rechazáis, mas me buscáis sin tino,
pues deparada estoy por el destino
a ser vuestra enemiga y vuestra amante.

Soy amada cual soy aborrecida,
yo sé engendrar el odio y el amor,
mi destreza jamás se vio vencida,
que en las lides más fuertes de la vida
vencer supe la dicha y el dolor.

Queréis huir de mí; pero es en vano,
necesitáis mi astucia y mi poder,
las leyes del honor tengo en mi mano,
si yo quiero, ennoblezco al más villano,
y al más noble yo puedo envilecer.

Soy el eje del mundo, y mis antojos
manejan la indulgencia y la maldad;
no debo merecer vuestros enojos
que la verdad no ofrece más que abrojos,
yo soy menos cruel que la verdad.

Sin mí no existiría la esperanza,
doy vida y realidad a la ilusión,
soy el arma mejor de la venganza,
vivo entre la caricia y la acechanza,
después de seros fiel me hacéis traición.

Yo sé resucitar la fe perdida,
que el ser en quien creéis y a quien amáis
me lleva en sus palabras escondida;
si la savia yo soy de vuestra vida,
decidme, pues, ¿por qué me despreciáis?

de Poesías, 1923
María Teresa Roca de Togores (1905-1989)

Si por amar la tierra, pierdo el cielo…

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Si, por amar la tierra, pierdo el cielo,
si no logro completa mi estatura
ni pongo el corazón a más altura
por no perder contacto con el suelo;

si no dejo a mis alas tomar vuelo
para escalar mi pozo de amargura
y olvido el resplandor de la hermosura
para vestir el luto de mi duelo,

es porque soy de tierra: en tierra escribo
y al hombre-tierra canto, que, cautivo
de su vivir-morir, se pudre y quema.

Mi reino es de este mundo. Mi poesía
toca la tierra y tierra será un día.
No importa. Cada loco con su tema.

 de Toco la tierra: letanías, 1962.

Ángela Figuera Aymerich,(1902-1984)  poeta nacida en Bilbao, fue una de las principales figuras de los que se denominado Poesía desarraigada de la Primera Generación de Postguerra española.

 

Era un bello silencio

atardecer

Fotografía de María J. Leza ©, lago de Capbreton, Francia

Sans le silence, l´amour, n´aurait
ni gôut, ni parfum étérnel
Maeterlink

Era un bello silencio, un silencio divino,
vibrante de pensares, tremante de emoción,
un silencio muy grave, de sentir peregrino,
un silencio muy quedo, con dejos de oración.
Cállate no respires, ni turbes el silencio
con el ritmo armonioso de un poema de amor;
cállate, que es muy tímido y frágil el silencio,
no rompas de este instante el filtro seductor.
Cállate y no pienses; a través del espacio,
cruza fugaz la estrella de una hermosa ilusión;
cállate, ¿no sientes su fulgor de topacio
encenderse en mi pecho y herir tu corazón?
Cállate; ya sé yo que tus labios murmuran
ternuras infinitas, creadas para mí;
cállate; sin hablar mil voces las susurran;
cállate; el silencio me acerca más a ti.
Era un silencio triste, un silencio lloroso,
un silencio muy puro de candor virginal,
un silencio sereno, vagamente amoroso,
que la bruma envolvía en su tenue cendal.

de En silencio , 1926

poesía de   Ernestina de Champourcin

Soy la frecuencia del silencio

Mis labios

Soy, al final de todas las cosas,
la frecuencia del silencio;
amigo del aire de un mayo hondo,
camino por un caos total
de rumbos inconstantes.

No espero que algo suceda
para escribir sobre lo que sucedió
amor, suicidio, flores en el parque.

Prefiero desgastarme en unos labios,
abrir los candados de unos labios
y dejarme caer,
todavía labios, en esos labios.

Busco en al atrio las señales
-el atrio ahora es mar,
en la mar yo soy nada,
una huella antes de producirse-

Luís Gómez -Samudras-

El espejo de Dorian Gray

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El día empezaba como de costumbre. Sombras que se perpetuaban ante las tímidas luces que el alba prestaba. Y sobre ellas el tictac que equilibró la difusa línea de su sueño se insertó en sus divagaciones y no fue reparador, ni feliz, ni dichoso…Despertaba al sueño del día y sus pasos dormían sus sueños.
Entró en el baño y al contemplarse en el espejo, no se reconoció. No quiso reconocerse. No era él. Ese espejo le transmitía la imagen de otro que le sonaba añejo, que reconocía en detalles del perfil, que era él, pero que no era al mismo tiempo.
El vaho tomó cuerpo y tiñó de brumas las brumas que intuía, plasmándolas en el espejo, como queriendo ocultar el reflejo de la certeza que ya el único testigo acreditaba ante sí mismo.
Y mientras el agua templada caía sobre su piel regresó el álbum casi olvidado de las imágenes perdidas en su memoria. Costó reconocer al niño ingenuo que se abrió a la vida desde los mimos consentidores de quienes decían quererle bien. Costó colorear la imagen del adolescente que se perdía entre vaguedades de excusas aceptadas por los mismos de siempre. Cambió de actitud serena que el agua proporcionaba a crispación creciente cuando se reconoció en aquel que trepó hacia la cima de la nada acompañada de la nada. No tenía nada más que vacíos por credenciales, falsas sonrisas por estandartes y resquemores por escudos. Aquel que aprendió del libro no ilustrado que le fueron abriendo. Aquel que se erigió sobre los huesos quebrados de aquellos que consideró indignos. Aquel que nació de la nada y alcanzó el todo en la nada, acababa de percibir la lacónica sonrisa nacida de entre las tinieblas.
Y todo fugazmente regresó del regreso queriendo acomodarse en el lóbulo de la autocomplacencia, de la indulgencia no pedida pero sí deseada. No diría arrepentimiento ni en el más profundo de sus amargos pozos del laso recuerdo. No permitiría liberar el alma que se forjó en la fragua del libérrimo acto. Una vez rozó la pureza, y miles de veces intentó olvidarla. No era suya, no le pertenecía ni la quería para sí.
Y entonces fue, cuando jactándose ante su imagen brumosa que el cristal reflejaba, henchido de soberbia, deslizó prepotente el filo de la navaja que segaba los rastrojos de su rostro crecidos de la noche.
Un reguero rojo anegó su piel mientras la perdida sonrisa, por última vez, sonó a cierta.

Jesús Frias Luján

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Porque no hay silencios…

mujer
Óleo de  Mikhail e Inessa Garmash

Porque no hay silencios que mal se entiendan,
si bien se hablan,
me hice entendedor de silencios
para que tú me oigas
y sonrías amplia como una mariposa.
Sólo para tu boca, niña temprana,
se ató ebrio un nudo a mi garganta
y rompió, mudo, el fulgor de mil estrellas.
Luz nocturna, faro de acantilado,
tierna pluma sagaz y bohemia
te alzas trémula y brillante.
Letras con sabor de agridulce Mediterráneo,
mar de mis noches inquietantes,
tú, te acercas como un pajarillo
y sueltas en bandadas tus ojos para escucharme;
me sostienes como la primavera nuevas lluvias
y mi voz se hace cómplice en tus retinas.
Mujer en las mañanas,
caudal nocturno,
carril de huellas descalzas sobre las playas,
también tú, en tus pasos de caracola errante,
cepa muda arraigada a la tierra,
maduraste frutos para entender mis silencios.

Luís Gómez del poemario Silencios de sal