El espejo de Dorian Gray

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El día empezaba como de costumbre. Sombras que se perpetuaban ante las tímidas luces que el alba prestaba. Y sobre ellas el tictac que equilibró la difusa línea de su sueño se insertó en sus divagaciones y no fue reparador, ni feliz, ni dichoso…Despertaba al sueño del día y sus pasos dormían sus sueños.
Entró en el baño y al contemplarse en el espejo, no se reconoció. No quiso reconocerse. No era él. Ese espejo le transmitía la imagen de otro que le sonaba añejo, que reconocía en detalles del perfil, que era él, pero que no era al mismo tiempo.
El vaho tomó cuerpo y tiñó de brumas las brumas que intuía, plasmándolas en el espejo, como queriendo ocultar el reflejo de la certeza que ya el único testigo acreditaba ante sí mismo.
Y mientras el agua templada caía sobre su piel regresó el álbum casi olvidado de las imágenes perdidas en su memoria. Costó reconocer al niño ingenuo que se abrió a la vida desde los mimos consentidores de quienes decían quererle bien. Costó colorear la imagen del adolescente que se perdía entre vaguedades de excusas aceptadas por los mismos de siempre. Cambió de actitud serena que el agua proporcionaba a crispación creciente cuando se reconoció en aquel que trepó hacia la cima de la nada acompañada de la nada. No tenía nada más que vacíos por credenciales, falsas sonrisas por estandartes y resquemores por escudos. Aquel que aprendió del libro no ilustrado que le fueron abriendo. Aquel que se erigió sobre los huesos quebrados de aquellos que consideró indignos. Aquel que nació de la nada y alcanzó el todo en la nada, acababa de percibir la lacónica sonrisa nacida de entre las tinieblas.
Y todo fugazmente regresó del regreso queriendo acomodarse en el lóbulo de la autocomplacencia, de la indulgencia no pedida pero sí deseada. No diría arrepentimiento ni en el más profundo de sus amargos pozos del laso recuerdo. No permitiría liberar el alma que se forjó en la fragua del libérrimo acto. Una vez rozó la pureza, y miles de veces intentó olvidarla. No era suya, no le pertenecía ni la quería para sí.
Y entonces fue, cuando jactándose ante su imagen brumosa que el cristal reflejaba, henchido de soberbia, deslizó prepotente el filo de la navaja que segaba los rastrojos de su rostro crecidos de la noche.
Un reguero rojo anegó su piel mientras la perdida sonrisa, por última vez, sonó a cierta.

Jesús Frias Luján

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