Oración de Gloria Fuertes

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Que estás en la tierra, Padre nuestro,
Que te siento en la púa del pino,
En el torso azul del obrero,
En la niña que borda curvada
La espalda, mezclando el hilo en el dedo.
Padre nuestro que estás en la tierra,
En el surco,
En el huerto,

En la mina,
En el puerto,
En el cine,
En el vino,
En la casa del médico.
Padre nuestro que estás en la tierra,
Donde tienes tu gloria y tu infierno
Y tu limbo; que estás en los cafés
Donde los pudientes beben su refresco.
Padre nuestro que estás en la tierra,
En un banco del Prado leyendo.
Eres ese viejo que da migas de pan a los pájaros del paseo.

Padre nuestro que estás en la tierra,
En la cigarra, en el beso,
En la espiga, en el pecho
De todos los que son buenos.

Padre que habitas en cualquier sitio,
Dios que penetras en cualquier hueco,
Tú que quitas la angustia, que estás en la tierra,
Padre nuestro que sí que te vemos
Los que luego hemos de ver,
Donde sea, o ahí en el cielo.

Gloria Fuertes, poeta y autora de literatura infantil y juvenil. Madrid 1917-1998

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Su rostro

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Decir que vuela la imaginación al contemplarlo sería quedarse con la humedad del mar embravecido e ignorar las olas, los salitres, los acantilados, las playas. No vuela la imaginación, no; sencillamente se hace real. Es la perfección nacida de la belleza que atesora y que pone por alguaciles a sus ojos para que no escapen de su misión luminaria del mismo. No responde a ningún canon establecido por la sencilla razón de ser nulos los anteriores a ella. La armonía pespuntea los pómulos y la frente se muestra como pátina de albas por consagrar cada vez que, altiva y humilde a la vez, se yergue. No es belleza, es hermosura lo que destila ese alambique que cualquier alquimista hubiese soñado manipular a su antojo. No es belleza, es calidez, es reposo, es pasión, es el adjetivo por descubrir entre los poemas no escritos aún por no haberse conocido en el mundo de las musas. Silencios rotos por los labios callados que perlan nácares dulzores no pronunciados. Vestal viva del templo clásico en el que la sacerdotisa suprema se inmoló al no poder igualarla. Helena ignota de las pasiones que desencadena y que serían capaces de derruir cualquier muralla del raciocinio. Julieta veronesa ante la que el trovador se rinde por no ser capaz de componer la melodía que le dé alcance. Melibea tunicada con las mil formas que el amor cortés puede ofrecer y que ella recibe. Novicia sevillana frente a la que el más bravo tenorio rendiría su florete ante su insinuación de aquiescencia. Desdémona provocadora no provocativa del celo de aquel que sabe de la dicha por tenerla presente. Faz del maestro imaginero modelador del mariano rostro de pureza y lujuria que conviven en ella. Quiero suponer que ni ella misma es conocedora de tales virtudes, y que en todo caso, el rubor le llegaría ababolando su tez al hacérselas saber. Mora en la sencillez y en ella misma se erige el manantial de frescura que envidiaría Isabel. Musa de la égloga no escrita por no haber sido suficiente el frescor del prado servil que le sirviese de decorado. Gioconda presente que enarbola la ternura como bandera mientras el viento le rinde vasallaje al ondearla. Ella es, sencillamente, el perfecto trazo que todo lápiz esculpiría como boceto inmaculado de madurez conseguida .Nadie sea capaz de tildar de hipérbole la sucesión inconexa de frases que nacieron sin orden, movidas por el latido al que los dedos no fueron capaces de seguir. Termino, acabo de verla, de soñarla, de sorprenderla en la furtividad del horizonte. Ha sonreído, agachó la vista y no encuentro el equilibrio necesario que me traiga la paz a las palabras que me han enmudecido.

F. Jesús Frias Luján 

http://defrijan.bubok.es)

Luna de los amores

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Desde que el horizonte suburbano,
El plenilunio crepuscular destella,
En el desierto comedor, un lejano
Reflejo, que apenas insinúa su huella.
Hay una mesa grande y un anaquel mediano.
Un viejo reloj de espíritu luterano.
Una gota de luna en una botella.
Y sobre el ébano sonoro del piano,
Resalta una clara doncella.

Arrojando al hastío de las cosas iguales
Su palabra bisílaba y abstrusa,
En lento brillo el péndulo, como una larga fusa,
Anota el silencio con tiempos inmemoriales.

El piano está mudo, con una tecla hundida
Bajo un dedo inerte. El encerado nuevo
Huele a droga desvanecida.
La joven está pensando en la vida.
Por allá dentro, la criada bate un huevo.

Llena ahora de luna y de discreta
Poesía, dijérase que esa joven brilla
En su corola de Cambray, fina y sencilla,
Como la flor del peral. ¡Pobre Énriqueta!

La familia, en el otro aposento,
Manifiéstame, en tanto, una alarma furtiva.
Por el tenaz aislamiento
De esa primogénita delgada y pensativa.
«No Prueba bocado. Antes le gustaba el jamón.»
«Reza mucho y se cree un cero a la izquierda. »
«A veces siente una puntada en el pulmón.»
-Algún amor, quizá, murmura mi cuerda
Opinión…

En la obscuridad, a tientas halla
Mi caricia habitual la cabeza del nene…
Hay una pausa.
Pero si aquí nadie viene
Fuera de usted», dice la madre. El padre calla.
El aire huele a fresia; de no sé qué espesuras
Viene, ya anacrónico, el gorjeo de un mirlo
Clarificado por silvestres ternuras.
La niña sigue inmóvil, y ¿por qué no decirlo?
Mi corazón se preña de lágrimas obscuras.

No; es inútil que alimente un dulce engaño;
Pues cuando la regaño
Por su lección de inglés, o cuando llévola
Al piano con mano benévola,
Su dócil sonrisa nada tiene de extraño.

«Mamá, ¿qué toco?», dice con su voz más llana;
«Forget me not?…». y lejos de toda idea injusta:
Buenamente añade: «Al señor Lugones le gusta.»
Y me mira de frente delante de su hermana.

Sin idea alguna
De lo que pueda causar aquella congoja
-En cuya languidez parece que se deshoja-
Decidimos que tenga mal de luna.
La hermana, una limpia, joven de batista,
Nos refiere una cosa que le ha dicho.
A veces querría ser, por capricho,
La larga damisela de un cartel modernista
Eso es todo lo que ella sabe; pero eso
Es poca cosa
Para un diagnóstico sentimental. ¡Escabrosa
Cuestión la de estas almas en trance de beso!
Pues el «mal de luna», como dije más arriba,
No es sino el dolor de amar, sin ser amada.
Lo indefinible: una Inmaculada
Concepción, de la pena más cruel que se conciba.

La luna, abollada
Como el fondo de una cacerola
Enlozada.
Visiblemente turba a la joven sola.
Al hechizo pálido que le insufla,
Lentamente gira el giratorio banco;
y mientras el virginal ruedo blanco
Se crispa sobre el moño rosa de la pantufla.
Rodeando la rodilla con sus manos, unidas
Como dos palomas en un beso embebecidas,
Con actitud que consagra
Un ideal quizá algo fotográfico,
La joven tiende su cuello seráfico
En un noble arcaísmo de Tanagra.

Conozco esa mirada que ahora
Remonta al ensueño mis humanas miserias.
Es la de algunas veladas dulces y serias
En que un grato silencio de amistad nos mejora.
Una pura mirada,
Suspensa de hito en hito.
Entre su costura inacabada
y el infinito…

Leopoldo Lugones, poeta argentino 1874-1938

Hasta mañana dices…

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Hasta mañana dices, y tu voz
se apaga y se desprende
como la nieve. Lejos, poco a poco,
va cayendo, y se duerme,
tu corazón cansado,
donde el mañana está. Como otras veces,
hasta mañana dices, y te pliegas
al mañana en que crees,
como el viento a la lluvia,
como la luz a las movibles mieses.
Hasta mañana, piensas; y tus ojos
cierras hasta mañana, y ensombreces,
y guardas. Tus dos brazos
cruzas, y el peso leve levantas, de tu pecho confiado.
Tras la penumbra de tu carne crece
la luz intacta de la orilla. Vuela
una paloma sola y pasa tenue
la luna acariciando las espigas
lejanas. Se oyen trenes
hundidos en la noche, entre el silencio
de las encinas y el trigal que vuelve
con la brisa. Te vas siempre
hasta mañana, lejos. Tu sonrisa
se va durmiendo mientras Dios la mece
en tus labios, lo mismo
que el tallo de una flor en la corriente;
mientras se queda ciega tu hermosura
como el viento al rodar sobre la nieve;
mientras te vas hasta mañana, dulcemente
por esa senda pura que, algún día,
te llevará dormida hacia la muerte.

Leopoldo Panero, poeta español nacido en Astorga, León, en 1909- 1962

Pintura de Chelin Sanjuan, Zaragoza 1967

Lejana como Dios, pero más cerca…

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obra de  Chelin Sanjuan Piquero

Lejana como Dios, pero más cerca,
más cerca, más dormida entre las horas
más alta tras la noche, como el viento
más concreta en el pecho o más remota
o más dulce en la orilla;
lejana como Dios, pero más cerca
dentro del corazón, pero más cerca
de mi voz al hablar cuando te nombra;
más secreta en mi sueño;
donde mi vida brota;
allegada a mi sangre de repente
con un inmenso aroma
de algo que está en la noche todavía,
tu pureza me arrastra hacia la honda
soledad imposible, donde el alma
es sólo tuya, como Dios; es toda
un camino vehemente
de claridad, de sombra…

Leopoldo Panero, poeta español nacido en Astorga, León, en 1909- 1962

Pintura de Chelin Sanjuan Piquero