Madrigal

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fotografía de María J. Leza ©

Lo más hermoso, aquello
que no puede comprarse,
que vale, frente a un copo de tu espuma,
si se sabe mirar,
frente a una pluma de tormenta, rota
sobre tu orilla, frente
a tus platas y azules,
metales y cristales,
si se los sabe oler, gustar, tocar, oír…

Qué vale nada lo que tú. Rebosa
la eternidad tu vaso,
llueve su vino sobre nuestra carne.
Una concha roída
por los gusanos de tu mar, un poco,
de cal, y bruma, y nácar,
pude hacernos llorar,
ensancha las fronteras
del alma, desmorona
los muros negros de la realidad.
Qué vale nada, todo,
lo que tú, playa mía,
lirio de arena, selva
de círculos de oro,
túnica ardiente, pálida campana,
palacio sumergido,
inolvidable…

De “Cuanto sé de mí” 1957-1959

Poesía de José Hierro

Fotografía de María J. Leza ©

Para siempre

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Dibujo de Feainne

El viento insiste,
se arrastra por el débil dintel de mi ventana;
rarefacto reptil, anhélito de ausencia
para la incertidumbre clandestina de la hoguera,
el fuego vertebral que nos rotura
y nos abre en el alma una intemperie.

Ahora que lucho con mis párpados
para trazar un credo perdurable,
un sortilegio a solas para mi corazón telúrico afiebrado,
un sortilegio eterno a las tres de este sueño incontenible,
un verso más para tu duda,
un verso más hacia poniente.
Para siempre
Para siempre
extiendo las claves,
cifro y descifro los símbolos a solas,
la palabra que tú me has enseñado.
Abro violetas
columnas
cúpulas
arquitrabes
mi credencial escueta,
el texto apresurado,
enciendo lunas y velas al pie de las estatuas
y esa canción que es mía,
ese sonido que tú me has inculcado.
Y este metal pequeño que beso a cada instante,
este gesto precioso de callada ternura
que avente la ceniza
y siga siendo llama para siempre.

De “Un lugar para el fuego” 1985

Poesía de Amalia Iglesias, poeta española nacida en Menaza, Palencia, en 1962.

Dibujo de Feainne

Quiero decir que te amo y no lo digo

William A. Bouguereau
detalle  de un cuadro de William  Adolphe Bouquereau

Quiero decir que te amo y no lo digo
aunque bien siento el corazón llagado,
porque para mi mal tengo probado
que soy tibio amador y flaco amigo.

No amarte más es culpa y es castigo,
que de ansias de tu amor me has abrasado,
y con sólo dejarme en mi pecado
extremas tu rigor para conmigo.

Sólo quiero vivir para buscarte,
sólo temo morir antes de hallarte,
sólo siento vivir cuando te llamo;

y, aunque vivo ardiendo en vivo fuego,
como la entera voluntad te niego
no me atrevo a decirte que te amo.

14 de julio, 1939

Concha Urquiza, poeta mexicana nacida en Morelia, Michoacán, en 1910-1945

Imagen, pintura de William-Adolphe Bouguereau

Donde comienzas tú

mujer_mar

Soy ola de abandono,
derribada, tendida,
sobre un inmenso azul de sueños y de alas.
Tú danzas por el agua redonda de mis ojos
con la canción más fresca colgando de tus labios.
¡No la sueltes, que el viento todavía azota fuerte
por mis brazos mojados,
y no quiero perderte ni en la sílaba !

Yo fui un día la gaviota más ave de tu vida.
Mis pasos fueron siempre enigma de los pájaros.
Yo fui un día la más honda de tus edades íntimas.
El universo entero cruzaba por mis manos.
¡Oh día de sueño y ola;
Nuestras dos juventudes hacia el viento estallaron.
Y pasó la mañana,
y pasó la agonía de la tarde muriéndose en el fondo de un lirio
y pasó la alba noche resbalando en los astros,
exhibiéndose en pétalos
y pasó mi letargo…

Recuerdo que al mirarme con la voz derrotada,
las dos manos del cielo me cerraron los párpados.
Fue tan sólo una ráfaga,
una ráfaga húmeda que cortó mi sonrisa
y me izó en los crepúsculos entre caras de espanto.
Tú nadabas mis olas retardadas e inútiles,
y por poco me parto de dolor esperando.

Pero llegaste, fértil,
más intacto y más blanco.
Y me llevaste, épico,
venciéndote en ti mismo los caminos cerrados.

Hoy anda mi caricia
derribada, tendida,
sobre un inmenso azul de sueños con mañana.
Soy ola de abandono,
y tus playas ya saltan certeras, por mis lágrimas.

¡Amante, la ternura desgaja mis sentidos…
Yo misma soy un sueño remando por tus aguas !

Julia de Burgos, Puerto Rico, 1914-1953

Un día negro

desesperanza

Te diré lo que es un día perdido.
Pensar en el sol cuando llueve.
En el calor cuando hace frío.
En el vacío cuando no eres nadie.

Te diré lo que es un día extraño.
Reprimir una lágrima con fuerza.
Pegar una bofetada al aire.
Escuchar de tu boca un grito.

Te diré lo que es un día sin aliento.
Salir por salir a la calle.
Besar una lengua sintiéndola seca.
Mirarte y no reconocerte en el espejo.

Te diré lo que es aciago por dentro.
Permanecer callado ante lo evitable.
Confundir el mundo con el engaño.
Pensar que todo está en orden.

Te diré lo que da de sí un maldito día.
Quedarte quieto cuando tienes miedo.
Sentirte salvado mientras no te salvan.
Silenciarte la boca para no equivocarse.

Te diré lo que es un día herido.
Rodar por la zanja del tiempo.
Vendarte los ojos para que te perdonen.
Pensar que todo está dicho.

Te diré lo que es sentirse aislado.
Ser un poeta a todas horas.
Ser un hombre a plena luz del día.
Pensar que nada tiene remedio.

Del libro, No es nada

Kepa Murua, Zarautz – País Vasco- 1962

Los gemelos

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Quienes no estamos acostumbrados a vestir de etiqueta no dejamos de sentirnos extraños cuando la ocasión la requiere. Y entre esas ocasiones, sin duda alguna, las bodas se llevan la palma. Al menos de un tiempo a esta parte se han convertido en un escaparate en el que lucir prendas, peinados, tocados y lustre a propósito de quedar como un pincel. Si el grado de parentesco es próximo, entonces el listón aumenta su nivel y es cuando empiezas a elucubrar sobre cómo será el atuendo de los invitados de la otra parte. No es plan de quedar mal o de dejar en mal lugar a tu sangre. De modo que la busca y captura del uniforme en cuestión se abre como veda de caza, solo que en esta ocasión, el cazado serás tú. Ese apolíneo que no eres ha de entrar en un traje o mejor, en un chaqué, sí o sí o también. Y ahí es donde la genética se reivindica intentando hacerte entrar en razón por más empeño que pongan los demás en que es lo correcto, lo adecuado, lo cortés, lo exigible. De nada servirá echar de menos aquellas celebraciones a las que asistías en bermudas porque no estás en la lista de invitados infantiles y debes comportarte como adulto. Así que, con cierta resignación, caes en manos de aquel que es experto en vestir a quien no está acostumbrado a hacerlo, de gala. Empieza a escanearte con los ojos y en un plis plas adivina la talla que te corresponde. Te coloca el pantalón a rayas, te sujeta con unos tirantes, te adosa la chaqueta de pingüino y coloca los diferentes acolchados en tus defectos para que no se noten. El caso es que te das la vuelta y apenas te reconoces. Acabas pareciendo don Hilarión camino de la verbena de La Paloma y das por bueno el esfuerzo del ayudante de cámara provisional. Casi todo el equipamiento está cubierto, a falta de la corbata. Y ahí no hay discusión posible. Ha de hacer juego con los gemelos que compraste un día al azar, y que lucen el busto de Bart Simpson. Un amarillo chillón que empezarán creyendo irónico y terminarán por ver como cierto. Nada superará a la mirada de asombro o a la risa contenida de quien en mitad de la ceremonia nupcial deje de prestar atención a las lecturas y clave sus ojos en el soleado brillo de tus puños. Poco importará que el chaqué te siga cubriendo como un tribuno si desde las muñecas el guiño del travieso cruza la nave de la iglesia. Puede que al paso de las horas, cuando el festejo esté en pleno apogeo, más de uno se acerque a ti y te diga que le encantan tus gemelos, pero que no se atrevería a llevarlos. Entonces lo mirarás sonriendo y callarás el “tú te lo pierdes” para no incidir más en la llaga de lo correcto que en tantas ocasiones mandaríamos a donde se merece. Por cierto, si alguien se atreve, que me los pida y se los presto.

Texto de Francisco Jesús Frías Luján