La rebelión

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Forugh Farrojzad, poeta iraní (1935-1967)

No me impongas el silencio
Tengo una historia para contar
Quítame esta cadena de los pies
Mi corazón es agitado por una pasión

Ven, hombre, egoísta, ven
Abre las rejas de esta jaula
Me hiciste prisionera de por vida
Libérame para mi último soplo

Soy ese pájaro
Que desde hace tiempo sueña el vuelo
Mi canto se hizo suspiro
En mi pesado corazón
Mis días huyeron en lamentos

No me impongas el silencio
Debo revelar mi secreto
Hacer oír a todo el mundo
El eco fulminante de mi poema

Ven a abrir la reja, para que vuele
Al cielo límpido de la poesía
Si me dejas volar
Seré una flor
En el jardín de la poesía

Mis labios se impregnan del azúcar de tu beso
Mi cuerpo retiene el olor de tu cuerpo

Mi mirada arroja sus chispas contenidas
Y mi corazón canta su dolor sangriento

Hombre egoísta
No digas
Tu poesía es una vergüenza

El espacio de una jaula es estrecho
Para el alma tomada de pasión
No digas que mi poesía es sólo pecado

Dame el vino de este pecado y esta vergüenza
Te dejaré el paraíso
Sus vírgenes y sus fuentes
Alójame en un rincón del infierno

Un libro, un lugar tranquilo, un poema, un silencio
Bastan para embriagarme de vida
Ninguna pena si el paraíso se me escapa
Otro también eterno habita mi corazón

Una noche que la luna danzaba despacio
En medio del cielo
Dormías y yo excitada con todos mis deseos
Tomé su cuerpo en mis manos

El viento del alba me daba mil besos
Y mil besos di al sol
Una noche en la prisión donde eras el guardián
Un beso hizo temblar mi existencia

Hombre, detén esta fábula del honor
La vergüenza me colmó de un placer delirante
El dios que me dotó de un corazón de poeta
Sabrá perdonarme

Ábreme la puerta
Para que me escape por el cielo límpido
Déjame volar
Y seré una flor en el jardín de la poesía

Poema de Forugh Farrojzad, poetisa iraní. 1935-1967
En la imagen la poeta

 

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Aclaratoria

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No son el blanco ni el rojo
ni el verde ni el naranja.
Son la razón y la virtud
las que al alma ensalzan,
las que conducen a un país
al progreso y a la calma.

Ya está bueno de mentiras
de anzuelos, de falacias,
de prometer castillos
que el viento resquebraja,
de contaminar los ríos
y esperar agua clara,
de partir corazones
y amordazar esperanzas,
de maquillar serpientes
y colocarles alas,
de sepultar el honor
e ignorar las desgracias,
de atesorar peces de oro
y hundir la barca.

Hay que fomentar valores
y erradicar la ignorancia,
vacunar los lobos
que inoculan la rabia,
aportar granos de arena
y erigir montañas,
pensar en nuestros hijos
y construir el mañana,
atar lo desatado
y tejer la confianza.

Ya está bueno de colores.

Ya está bueno de patrañas.

Ya está bien de populismo,

de vicios, pugnas y trampas.

poema de Ernesto Marrero, cuentista, fabulista, poeta y novelista venezolano. 1969

 

Oda a los poemas perdidos

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Antes
cuando un poema
leve como pájaro
se posaba sobre mi mente
corría con mi red
a atraparlo.

Ahora
lo siento rozar
mis neuronas
quedarse quieto un rato
sobre el tendido eléctrico
y lo reto
a que permanezca
a que espere que yo acabe con mis ritos
de la tarde o la mañana;
el pan con mantequilla
el vino al atardecer.

Ya no tengo prisa
ni afanes de coleccionista
A solas gozo el zumbido de su existencia
la efervescencia efímera
de su ser en mi sangre

Ahora contemplo mientras se llena
de plumas de colores
y abre sus alas
en el aire que jadea invisible

Lo dejo marcharse
ave mítica
para nunca volver
jamás.

Gioconda Belli, poeta nicaragüense 1948

La orquídea de acero

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óleo “Red whith peonies” de Vladimir Volegov

Amarte en esta guerra que nos va desgastando
y enriqueciendo.
Amarte sin pensar en el minuto que se escurre
y que acerca el adiós al tiempo de los besos.
Amarte en esta guerra que peleamos, amor,
con piernas y con brazos.
Amarte con el miedo colgado a la garganta.
Amarte sin saber el día del adiós o del encuentro.
Amarte porque hoy salió el sol entre nuestros cuerpos
apretados
y tuvimos una sonrisa soñolienta en la mañana.
Amarte en toda esta incertidumbre,
sintiendo que este amor es un regalo,
una tregua entre tanto dolor y tanta bala,
un momento inserto en la batalla,
para recordar cómo necesita la piel de la caricia
en este quererte, amor,
encerrada en un triángulo de tierra.

Gioconda Belli, poeta y escritora nicaragüense 1948

Si mis poemas se perdiesen

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pintura al óleo de Renso Castaneda

Si mis poemas todos se perdiesen
la pequeña verdad que en ellos brilla
permanecería igual en alguna piedra gris
junto al agua, o en una verde yerba.

Si los poemas todos se perdiesen
el fuego seguiría nombrándolos sin fin
limpios de toda escoria, y la eterna poesía
volvería bramando, otra vez, con las albas.

Fina García Marruz, poeta cubana nacida en 1923

Momo

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En los viejos, viejos tiempos cuando los hombres hablaban
todavía muchas otras lenguas, ya había en los países
ciudades grandes y suntuosas. Se alzaban allí los palacios
de reyes y emperadores, había en ellas calles anchas,
callejas estrechas y callejuelas intrincadas, magníficos
templos con estatuas de oro y mármol dedicadas a los dioses;
había mercados multicolores, donde se ofrecían mercaderías
de todos los países, y plazas amplias donde la gente se
reunía para comentar las novedades y hacer o escuchar
discursos. Sobre todo, había allí grandes teatros. Tenían el
aspecto de nuestros circos actuales, sólo que estaban hechos
totalmente de sillares de piedra. Las filas de asientos para
los espectadores estaban escalonadas como en un gran embudo.
Vistos desde arriba, algunos de estos edificios eran
totalmente redondos, otros más ovalados y algunos hacían un
ancho semicírculo. Se les llamaba anfiteatros.

Había algunos que eran tan grandes como un campo de fútbol y
otros más pequeños, en los que sólo cabían unos cientos de
espectadores. Algunos eran muy suntuosos, adornados con
columnas y estatuas, y otros eran sencillos, sin decoración.
Esos anfiteatros no tenían tejado, todo se hacía al aire
libre. Por eso, en los teatros suntuosos se tendían sobre
las filas de asientos tapices bordados de oro, para proteger
al público del ardor del sol o de un chaparrón repentino. En
los teatros más humildes cumplían la misma función cañizos
de mimbre o paja. En una palabra: los teatros eran tal como

la gente se los podía permitir. Pero todos querían tener

uno, porque eran oyentes y mirones apasionados.
Y cuando escuchaban los acontecimientos conmovedores o
cómicos que se representaban en la escena, les parecía que
la vida representada era, de modo misterioso, más real que
su vida cotidiana. Y les gustaba contemplar esa otra
realidad.
Han pasado milenios desde entonces. Las grandes ciudades de
aquel tiempo han decaído, los templos y palacios se han
derrumbado. El viento y la lluvia, el frío y el calor han
limado y excavado las piedras, de los grandes teatros no
quedan más que ruinas. En los agrietados muros, las cigarras
cantan su monótona canción y es como si la tierra respirara
en sueños.

Pero algunas de esas viejas y grandes ciudades siguen
siendo, en la actualidad, grandes. Claro que la vida en
ellas es diferente. La gente va en coche o tranvía, tiene
teléfono y electricidad. Pero por aquí o por allí, entre los
edificios nuevos, quedan todavía un par de columnas, una
puerta, un trozo de muralla o incluso un anfiteatro de
aquellos lejanos días.
En una de esas ciudades transcurrió la historia de Momo.

Momo es una novela escrita por Michael Ende, publicada en 1973 y subtitulada Los caballeros de gris o Los hombres de gris. Trata sobre el concepto del tiempo y cómo es usado por los humanos de sociedades modernas.

La niña a quien dijo el ángel…

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“La canción de los Ángeles” de William Bouguereau

La Niña a quien dijo el Ángel
que estaba de gracia llena,
cuando de ser de Dios madre
le trujo tan altas nuevas,

ya le mira en un pesebre,
llorando lágrimas tiernas,
que obligándose a ser hombre,
también se obliga a sus penas.

¿Qué tenéis, dulce Jesús?,
le dice la Niña bella;
¿tan presto sentís mis ojos
el dolor de mi pobreza?

Yo no tengo otros palacios
en que recibiros pueda,
sino mis brazos y pechos,
que os regalan y sustentan.

No puedo más, amor mío,
porque si yo más pudiera,
vos sabéis que vuestros cielos
envidiaran mi riqueza.

El niño recién nacido
no mueve la pura lengua,
aunque es la sabiduría
de su eterno Padre inmensa.

Mas revelándole al alma
de la Virgen la respuesta,
cubrió de sueño en sus brazos
blandamente sus estrellas.

Ella entonces desatando
la voz regalada y tierna,
así tuvo a su armonía
la de los cielos suspensa.

Pues andáis en las palmas,
Ángeles santos,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.
Palmas de Belén
que mueven airados
los furiosos vientos
que suenan tanto.
No le hagáis ruido,
corred más paso,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.

El niño divino,
que está cansado
de llorar en la tierra
por su descanso,
sosegar quiere un poco
del tierno llanto,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.
Rigurosos yelos
le están cercando,
ya veis que no tengo
con qué guardarlo.

Ángeles divinos
que vais volando,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.

Lope de Vega, uno de los más importantes poetas y dramaturgos del Siglo de Oro español y, por la extensión de su obra, uno de los más prolíficos autores de la literatura universal. (1562-1635)

En la imagen: la canción de los ángeles de  William Bouguereau

Estás en la distancia

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pintura de Bruno di Maio

En la distancia estás, pero presente
sigues en mí. Tus ojos no se han ido.
Fijos, me dicen: “Calla. No hay olvido.
Te engaña el viento, el horizonte miente”.

Estás aquí, debajo de mi frente,
cerca del corazón y su latido.
Tu aliento va en mis venas escondido
como un secreto, generoso afluente.

En la ceniza está oculta la brasa
y el fuego en cada pecho que suspira,
que el gozo besa y que el dolor traspasa.

Déjame, amor, al menos la mentira
de este espejismo dulce que no pasa
como un leopardo de humo que se estira.

Carmen González Huguet, poeta salvadoreña nacida en la ciudad de San Salvador en 1958

En la imagen pintura de Bruno Di Maio nacido en Tripoli (Libya), de padres italianos; vive y trabaja desde hace años en la Toscana. Bruno es uno de los nuevos mejores artistas figurativos de Italia.

Del rumor de tus manos me alimento

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“Ternura”, pintura al óleo de Andrea Himsalam Manzur, pintora chilena

Del rumor de tus manos me alimento
y mi hoguera renuevo en lluvia fría.
Surge de ti fluyente geometría:
venero de la luz, cálido acento.

El seno de la vela que hincha el viento
para partir a la aventura un día,
y tu tierra en su quieta geografía,
trazada en gozo exacto y fiel tormento.

Se abre el ojo a la flor de la belleza
que se desata con fervor de río
y se instala a soñar en tu cabeza.

Por tu perpetuo, floreciente estío
cruza la tarde donde, libre y presa,
la luz corre desnuda por el río.

De “Tierra habitada”

Carmen González Huguet, poeta salvadoreña 1958

Estar al lado de la eternidad

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Haya en Artikutza

Estar del lado de la eternidad. Esa es mi osadía, mi entusiasmo y mi afán.

Estar del lado del arroyo cantarín que jovial me saluda. Estar del lado del ave de ternura inocente, libre, rebelde y honesta. Me quedo junto al musgo suave y esponjoso, oculto en la sombra, íntimo y latente, delicado y tenue; caricias de un estanque difuso y sutil. Aguardo bajo las hayas altivas, nobles, serenas. Acariciando los robles, rozando con mis dedos sus arrugas de otras épocas, agasajado con su perpetuidad perenne. Arrullando en la distancia al corzo que me mira entre el boscaje, que me palpa con su mirada limpia. Volando acurrucado en los requiebros de la golondrina invencible en su coraje. Nunca cansado de los cielos límpidos y transparentes. Ensortijándome entre las flores del pasto, entre las ramas del avellano, entre el carrizo lagunero. Perdido en los trinos de los intérpretes más veraces del mundo, perdido para siempre para no perderme nada. Acariciando mi alrededor ileso con mi mirada enredadora, curiosa, inocente y pacífica. Nadando en la nada fecunda de la transparencia de un amanecer triunfal.

Estar del lado de la arboleda, siempre al cobijo de sus techumbres que no existen. Alistarme a este lado de la trinchera, junto al resto del ejército pacífico, las huestes sin bandera ni credo, empuñando con ellos las armas de restauración masiva. Por mar, por aire, por tierra, los combatientes embisten y sitian a todos y a todo a golpe de rumores armoniosos, de colores fugaces, de aromas, de paisajes y de vivacidad. Y yo participo y me engancho a sus mesnadas inofensivas, mansas y benévolas. De nuestro lado combate el tiempo y el espacio, la belleza y la mesura, la poesía, la música y la verdad. Yo estoy sin duda en este bando; sin cautela; sin miedo.

No soy ecuánime, ni equitativo. No soy objetivo ni neutral. Yo estoy del lado de lo razonable. Estoy del lado de lo íntegro, porque a todos y a todo integra y nos ampara. Siempre al abrigo de los colores y las luces del mundo. Defendiendo las fronteras, disparando con palabras que el bosque me enseñó; al grito de un “no pasarán” susurrado, en una mano las caricias del viento, en la otra los rumores del mar, y en alma el asilo perpetuo y la serenidad inmortal de la Madre Tierra.

Aquí me tienes, desarmado pero no rendido, ni obediente, ni servil. Aquí me tienes, a pecho descubierto, pacífico pero no indefenso, ni débil, ni derrotado. Aquí te espero, con la sonrisa incrustada en mis labios, con la mirada llena de horizontes ilesos, con el corazón volandero, emplumado y libre, con las manos vacías, sucias de barro limpio, de pie, firme bajo mis bosques. Junto a mis hermanos y hermanas, los que caminan, los que vuelan, los que saltan y nadan, los que inmóviles se aferran a la Tierra. Aquí me tienes, imbécil. Del lado de la eternidad.

Juan Goñi

http://navarra-al-natural.blogspot.com.es/