Vuelve a pasar la realidad

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óleo sobre lienzo de Henry Fuseli

Nada perdura.
Todo cambia, eso es todo.
En este cuarto oscuro,
en la soledad
y entre las sombras,
irremisiblemente sufrimos
por los años que pasan.
El presente es sólo un celaje,
nada más.
En el vacío de esta tierra,
hoy somos apenas los antiguos
y desaparecidos visitantes.
Recorrer uno a uno los lugares
que en épocas tan lejanas
nos fueron entrañables y aquí
de nuevo volvemos a encontrar,
es mirarnos a nosotros mismos
y añorar con nostalgia nuestro
propio pasado. Todo pierde
su sentido si no resuena adentro
de nosotros. Somos recurrentes.
Revocamos el tiempo
y regresamos. Con pasos callados
vuelve el otro
que éramos entonces,
un extraño de sí mismo
y se pone a repetir
las viejas calles. En una
de ellas, la radiante mujer
rodeada por los sueños,
se desespereza lentamente
por escasos momentos
bajo el dintel
de la puerta de su casa.
Detenernos y mirarla sin fin,
permanecer allí absortos
y a la vez alelados
hasta más allá de la muerte,
eso hubiéramos querido ahora,
aquí y para siempre.
Pero ya no somos los mismos.
Somos ese espectro lacerado
que camina de un extremo
al otro y cuyos pasos
arrastran las corrientes
del polvo y de la sangre.
Grave y ciega, de espaldas
a nosotros y sin detenerse,
vuelve a pasar la realidad.

Francisco Pérez Perdomo (poema extraído del libro La casa de la noche publicado en el año 2001). Poeta y crítico literario venezolano, (1930-2013)

Me emborracho de putas

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En la imagen la poeta Rafi Guerra

Sólo queda un recuerdo
entre los párpados,
un silencio ahogado
entre los dedos.

Sólo la piel de Eva
me resguarda del frío,
instalado en mis huesos,
sin permiso.

No me encuentro en tu boca,
ni entre ellos,
ni bebiendo de un trago de ternura,
ni tan siquiera me encuentro,
en el hambre hambriento que palpita
en el bolsillo de esta tarde.

No me fui, pero no quiero encontrarme,
con la respuesta hipócrita de un adverbio,
con el bostezo amargo de unos labios,
con el ruido incesante de un martillo,
que golpea con furia,
las sienes de un lamento.

Me emborracho de putas y te alejo.
Se apagaron las luces de la escena,
todas ellas, todas a un tiempo,
y quedó sólo silencio.

© Rafi Guerra

 

Dos meditaciones

Gerhard Munthe
Obra de Gerhard Munthe, pintor y dibujante noruego

I

Considera, alma mía, esta textura
Áspera al tacto, a la que llaman vida.
Repara en tantos hilos tan sabiamente unidos
Y en el color, sombrío pero noble,
Firme, y donde ha esparcido su resplandor el rojo.
Piensa en la tejedora; en su paciencia
Para recomenzar
Una tarea siempre inacabada.

Y odia después, si puedes.

II

Hombrecito, ¿qué quieres hacer con tu cabeza?
¿Atar al mundo, al loco, loco y furioso mundo?
¿Castrar al potro Dios?
Pero Dios rompe el freno y continua engendrando
Magníficas criaturas,
Seres salvajes cuyos alaridos
Rompen esta campana de cristal.

Rosario Castellanos, México 1925- 1974

El grito inútil

Ángela Figuera Aymerich
La poeta Ángela Figuera Aymerich

¿Qué vale una mujer? ¿Para qué sirve
una mujer viviendo en puro grito?
¿Qué puede una mujer en la riada
donde naufragan tantos superhombres
y van desmoronándose las frentes
alzadas como diques orgullosos
cuando las aguas discurrían lentas?

¿Qué puedo yo con estos pies de arcilla
rodando las provincias del pecado,
trepando por las dunas, resbalándome
por todos los problemas sin remedio?

¿Qué puedo yo, menesterosa, incrédula,
con sólo esta canción, esta porfía
limando y escociéndome la boca?

¿Qué puedo yo perdida en el silencio
de Dios, desconectada de los hombres,
preñada ya tan sólo de mi muerte,
en una espera lánguida y difícil,
edificando, terca, mis poemas
con argamasa de salitre y llanto?

Volvedme a aquel descuido, a aquel sosiego
en que era dable andar por los caminos
pastoreando ensueños como ovejas.
Volvedme al ruiseñor de aquel boscaje,
al vuelo de aquel cisne por el lago
bajo la planta azul de aquella luna.

Volvedme a la andadura mesurada
al trópico dulcísimo y sedante
de un verso con timón y cortesía
donde cantar cómo los bucles de oro
son cómplices del pájaro y la rosa,
porque eso, al fin, a nada compromete
y siempre suena bien y hace bonito.

Pero es vano, amigos, nos cortaron
la retirada hacia seguras bases.
Están rotos los puentes,
los caminos confusos,
los túneles cegados. No sabemos
de cierto si avanzamos o si huimos
dejando por detrás tierra quemada.

Y yo pregunto, vadeando a solas
un río de aguas turbias y crueles,
¿qué puede una mujer, para qué sirve
una mujer gritando entre los muertos?

Ángela Figuera Aymerich, poeta nacida en Bilbao  1902- 1984, fue una de las principales figuras de los que se denominada poesía desarraigada de la Primera Generación de Postguerra española.

Cruzarse de brazos

Cruzarse de brazos

Si te cruzas de brazos
cuando mueren de lejos,
cuando es lejos la pena,
cuando son lejanas las quejas,
no vengas después a pedir nuestra mano,
nuestra cálido pecho,
nuestro tiempo guardado para días de tregua.

Si te cruzas de brazos
cuando es cerca la muerte,
cuando la pena corroe el patio donde envejeces,
cuando es aquí donde la casa se vacía a golpe de leyes,
no vengas después a contarnos que te faltan las canciones,
que no hay niños riendo,
que se fueron llorando nadie sabe adónde.

Si te cruzas de brazos
cuando rompen los huesos como si fueran cristales,
con porras, porras, picanas.
Si te cruzas de brazos
cuando el aire se pudre,
cuando se pudre la vida,
cuando es tanto lo podrido que hasta tú mismo lo sabes,
si te cruzas de brazos también entonces,
si nada te importa
y nada te duele
y vives ajeno, vives en paz,
vives risueño y alegre,
eres la coartada perfecta para que la barbarie nunca se acabe.

Silvia Delgado Fuentes, poeta vasca (1968)