Y si hubiera nacido hombre habría sido marinero

mujermarinero

Y si hubiera nacido hombre
habría sido marinero
con una azul mortaja como lecho.

Madre, no me dijiste nunca
que había que pagar un precio
para hablar con las flores.
Detrás de tantas ventanas
las mujeres se peinan para recibirlos.
No me enseñaste nunca
que había que pagar un precio
por haber nacido mujer
y marinera.

Mi amor a punto de morir
no sabe
que amo únicamente ahora
que no hay vientre ni ola ni deseo.

Mi amor a punto de morir
no sabe
que únicamente lo amo porque muere
y quedo libre de todo excepto
de escribirlo
eligiendo los momentos del goce
como un conquistador antes del oro.

Mi amor no sabe
que el único al que amé
fue aquel marino de la fotografía
que jamás conocí.

Porque me enamoraba únicamente
de los derrotados.
Porque habrá naufragado
con una azul mortaja como lecho.

Porque sus ojos eran huérfanos
como los míos,
sucios de tormentas y remedios solitarios
contra el amor, la blandura,
la nostalgia de tierra.

Madre, no me enseñaste nunca
a ordenar mis pedazos
Me dejaste cortarme, cortarme,
con cuchillos de mar y de ventanas.
«Las mujeres se peinan, decías,
para recibirlos.»

De “La balada de Cordelia” 1984

Paulina Vinderman, poeta y traductora argentina nacida en Buenos aires en 1944

Armonía de la palabra y el instinto

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Todo fue maravilla de armonías
En el gesto inicial que se nos daba
Entre impulsos celestes y telúricos
Desde el fondo de amor de nuestras almas.

Hasta el aire espigóse en levedades
Cuando caí rendida en tu mirada;
Y una palabra, aún virgen en mi vida,
Me golpeó el corazón, y se hizo llama
En el río de emoción que recibía,
Y en la flor de ilusión que te entregaba.

Un connubio de nuevas sensaciones
Elevaron en luz mi madrugada.
Suaves olas me alzaron la conciencia
Hasta la playa azul de tu mañana,
Y la carne fue haciéndose silueta
A la vista de mi alma libertada.

Como un grito integral, suave y profundo
Estalló de mis labios la palabra;
¡Nunca tuvo mi boca mas sonrisas,
Ni hubo nunca más vuelo en mi garganta!

En mi suave palabra, enternecida,
Me hice toda en tu vida y en tu alma;
Y fui grito impensado atravesando
Las paredes del tiempo que me ataba;
Y fui brote espontáneo del instante;
Y fui estrella en tus brazos derramada.

Me di toda, y fundiéndome por siempre
En la armonía sensual que tú me dabas;
Y la rosa emotiva que se abría
En el tallo verbal de mi palabra,
Uno a uno fue dándote sus pétalos,
Mientras nuestros instintos se besaban.

Julia de Burgos, Puerto Rico 1914-1953