La niña del lago

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La niña sentada a orillas del lago,
Leyendo poesía de su libro Azul,
Te muestra que todo no está tan cambiado,
Están los que sueñan lo mismo que tú.

Son los que leyendo de un mundo de ensueño,
Mundo de romance, reino del amor,
Sienten que ellos pueden también ser los dueños
De esos sentimientos que brinda el autor.

Sueñan ser amados como en la poesía,
Por seres perfectos de muy suave voz,
Que al hablar envuelven con la melodía
Que sólo se escucha cuando habla el amor.

La niña del lago levanta los ojos,
Viendo que la tarde ya casi pasó,
Leyendo poesía se le hizo tan corta,
Que dubitativa mira su reloj.

Con pena, suspiros, recoge sus sueños,
Los guarda entre hojas de su libro Azul,
Y por un sendero se nos va corriendo,
Ha vuelto este mundo, de tanta inquietud.

Ramón de Almagro, poeta argentino 1934

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El cielo recuperó un ángel

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óleo de Vladimir Volegov

Cada mañana repetía el ritual desde el garaje. Encendía las luces y la emisora habitual le servía de acompañante hasta su destino laboral. En no más de treinta minutos el nuevo uniforme cotidiano se adueñaría de su persona, de su trayecto, de sus horas, de sus ilusiones.

Esta vez, los sempiternos acontecimientos políticos, los conflictos bélicos, las miserias humanas aparecieron y le saturaron de tal modo que optó por buscar, en la música elegida por otros, el reposo anímico que notaba perdido. El tiempo había pasado. Su tiempo, y con él, las melodías que le hicieron sentirse moderno hace años, demasiados años. Pulsó desde el volante de la pereza la búsqueda automática y los primeros compases descerrajaron la desilusión que había empezado a adueñarse de él. Instintivamente movió los dedos y sus pies pugnaban por bailar la canción que otrora le hiciera tan feliz. Y en ese momento regresó su imagen.

No sabría decir el porqué, pero su rostro regresó dibujando la eterna sonrisa que cada mañana le dedicaba. Y a la par regresaron en ella los mil intentos de auto-convencimiento de que aquello que ella sentía por él era recíproco. Y regresó el punzante el veredicto que siempre acababa dándose ante semejante lucha. No era capaz de amar a quien le amaba. No era capaz de sobrepasar la línea difusa del cariño que desde la otra parte se emulsionaba en esperanzas baldías. No era capaz de sobrellevar la carga de la culpa por no ser capaz de ser insincero y hacerla feliz. Y así siguió recordando aquella tarde en la que, sin previo aviso, sin motivo ninguno, sin razón mayor que el desespero, ella le regaló el disco que tantas veces bailaron. Y se mezclaron las contradicciones propias entre la viveza de la canción y la tristeza de sus ojos. Y toda la amalgama de colores que emanaba la música confeccionaron la paleta en la que espatuló su memoria.

Y entonces el negro tomó cuerpo. Regresó la noche fatídica en la que el destino la raptó para siempre. Sin un adiós, sin una palabra, sin una oportunidad más para intentar tallar el pedernal en que se había convertido ese corazón que se le negaba.

En ese momento, justo en ese momento de recuerdo, el estribillo comenzaba a dar por concluida la canción que hablaba de cómo el cielo había perdido un ángel.

Detuvo el coche, miró hacia arriba y, negando el estribillo, lanzó el beso que tantas veces había escatimado.

Jesús Frias  Lujan   – Defrijan-