El cielo recuperó un ángel

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óleo de Vladimir Volegov

Cada mañana repetía el ritual desde el garaje. Encendía las luces y la emisora habitual le servía de acompañante hasta su destino laboral. En no más de treinta minutos el nuevo uniforme cotidiano se adueñaría de su persona, de su trayecto, de sus horas, de sus ilusiones.

Esta vez, los sempiternos acontecimientos políticos, los conflictos bélicos, las miserias humanas aparecieron y le saturaron de tal modo que optó por buscar, en la música elegida por otros, el reposo anímico que notaba perdido. El tiempo había pasado. Su tiempo, y con él, las melodías que le hicieron sentirse moderno hace años, demasiados años. Pulsó desde el volante de la pereza la búsqueda automática y los primeros compases descerrajaron la desilusión que había empezado a adueñarse de él. Instintivamente movió los dedos y sus pies pugnaban por bailar la canción que otrora le hiciera tan feliz. Y en ese momento regresó su imagen.

No sabría decir el porqué, pero su rostro regresó dibujando la eterna sonrisa que cada mañana le dedicaba. Y a la par regresaron en ella los mil intentos de auto-convencimiento de que aquello que ella sentía por él era recíproco. Y regresó el punzante el veredicto que siempre acababa dándose ante semejante lucha. No era capaz de amar a quien le amaba. No era capaz de sobrepasar la línea difusa del cariño que desde la otra parte se emulsionaba en esperanzas baldías. No era capaz de sobrellevar la carga de la culpa por no ser capaz de ser insincero y hacerla feliz. Y así siguió recordando aquella tarde en la que, sin previo aviso, sin motivo ninguno, sin razón mayor que el desespero, ella le regaló el disco que tantas veces bailaron. Y se mezclaron las contradicciones propias entre la viveza de la canción y la tristeza de sus ojos. Y toda la amalgama de colores que emanaba la música confeccionaron la paleta en la que espatuló su memoria.

Y entonces el negro tomó cuerpo. Regresó la noche fatídica en la que el destino la raptó para siempre. Sin un adiós, sin una palabra, sin una oportunidad más para intentar tallar el pedernal en que se había convertido ese corazón que se le negaba.

En ese momento, justo en ese momento de recuerdo, el estribillo comenzaba a dar por concluida la canción que hablaba de cómo el cielo había perdido un ángel.

Detuvo el coche, miró hacia arriba y, negando el estribillo, lanzó el beso que tantas veces había escatimado.

Jesús Frias  Lujan   – Defrijan-

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