Voy a vestirme de viento

vicente Romero Redondo
pastel sobre papel Ingres, montado sobre cartón del artista Vicente Romero Redondo

Voy a vestirme de viento
para sembrar tus sueños con estrellas.
Ábrego envuelto de azul,
torbellino que serena tu mirada.
Traigo crisoles de fuego
para dejar lentamente
que se fundan nuestras bocas.
Toma la noche y hazla de amor infinita;
mi camino acaba aquí, contigo.

poema de Diego Bardallo Méndez

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Desde la arena

PoemaConsu1

El aire se ahoga.
Un astro encendido
desencaja los huesos
derrite la carne blanda.
El cuerpo es esponja mojada.
Ese resbaladizo sudor sala
los labios que juegan
con amarillas pompas de jabón.
Mientras el pegajoso hocico
de un perro lame
las sombras del sol
yo enfrío el verso
le soplo hasta que vuela.
En mano un invisible abanico
baila con mi picante sonrisa
sabiéndose oasis en la arena.
Asoma el viento.

Consuelo Jimenez, poeta nacida en Barcelona en 1961

Las horas cuerdas de un reloj

RafiG

Enrollo a la noche
la guardo en el cajón
de una mesilla,
no quiero que se marche
sin haber soñado
con los ojos del viento
que me acercan a tus labios.

Tus pasos sobre mi carne,
el silencio hecho pedazos
repleto de luz y esencias
al contacto con mi voz,
y pronuncio tu nombre
y me bebo la luna.

El reloj no canta,
se paró su cordura.

Rafi Guerra ©  poeta cordobesa 1965

Las gaviotas

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fotografía de María J. Leza ©

Todas las tardes
se reúnen las gaviotas
frente a la estación del tren:
Allí repasan sus amores.

En su libro de memorias
dos flores de sándalo:
una señala la página de los puentes,
otra la de los suicidas.

Y también guardan una fotografía
del mendigo que, hace tiempo, transportaba
los despojos del mercado.

Pero su pequeño corazón
-que es el de los equilibristas-
por nada suspira tanto
como por esa lluvia tonta
que casi siempre trae el viento,
que casi siempre trae el sol.

Por nada suspira tanto
como por el inacabable
(cabalé, cabalá),
continuo mudar
del cielo y de los días.

Kalatxoriak

Beren maitasunak errepasatzeko,
hiriko kalatxoriak
arratsero biltzen dira estazio aurrean;

Beren memoria liburuan
sandalo lore batez seinalatzen da
zubien eta
lapur zahartuen orrialdea.

Eta on derizkiete
teilatu pitzatuei ere,
merkatu alboko hondakinei;

Baina beren ekilibrista bihotzek
zer maite dezakete
gehien gehien;
Zer,
egunen mudapen
amaiezina ezpada;
Zer,
egunen mudapen
infinitoa baino gehiago.

 José Irazu Garmendia, nació en Asteasu, Gipuzkoa, el 27 de julio de 1951. Seguramente, fueron el deseo de emular a grandes autores de la literatura universal, y la intención de esquivar la censura franquista algunas de las razones que le llevaron a adoptar el seudónimo de Bernardo Atxaga.

Es Licenciado en Económicas por la Universidad de Bilbao (actual Universidad del País Vasco), miembro de la Real Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia, y ante todo, un apasionado de la literatura que ha demostrado que se puede ser universal escribiendo en euskara, lengua antiquísima, de origen preindoeuropeo y hablada en la actualidad por unas 700.000 personas.

Sombras de la ciudad

Chaplin

Yo vi a Chaplin.
iba triste,
con los zapatos descalzos.
(El tiempo inventa cadalsos
pero Charlot los resiste.)
Iba por Galiano
(existe
siempre una vieja Calzada
oscura para que nada
ni nadie nos reconozca).
Era Chaplin…
Vi una mosca
lanzándole una patada.

Medianoche. Ni un transeúnte.
Chaplin a pie…
(no pregunte
nadie si era su jimagua).
Chaplin entrándole agua
por los zapatos heridos.
Sus párpados aburridos
de silencio y soledad.
Lloviznaba. La cuidad
era una tumba de oídos.
El viento entre toma y toma
le zarandeaba el sombrero.
Se lo caló hizo un puchero
no entendió que era una broma.
Vi su bastón:
larga y roma
lágrima para el camino.
Vi su bigote anadino.
Era Chaplin… Iba triste.
Era Chaplin…Era un chiste
que se aburrió muerto y vino.

Siempre su paso inexacto.
Siempre husmeando una vidriera
en busca de una florera
que mirara con el tacto.
-Hello, Charles!…
(En el acto
sentí un frío cosquilleante).
-Hello!- volví. Y al instante
se detuvo se volteó.
Me acerqué a verlo…
Era yo.
Y Charles Chaplin delante.

Alexis Díaz-Pimienta, (La Habana, 1966). Escritor y repentista
del poemario La sexta cara del dado

* jimagua
adjetivo/nombre común
1.[animal, persona] Que nació junto con otro igual en un mismo parto.
2. Fruto que brota adherido a otro.

Cenizas

mirandoestrellas

La noche se astilló de estrellas
mirándome alucinada
el aire arroja odio
embellecido su rostro
con música.

Pronto nos iremos

Arcano sueño
antepasado de mi sonrisa
el mundo está demacrado
y hay candado pero no llaves
y hay pavor pero no lágrimas.

¿Qué haré conmigo?

Porque a Ti te debo lo que soy

Pero no tengo mañana

Porque a Ti te…

La noche sufre.

 

Alejandra Pizarnik, poeta argentina 1936-1972

Saveur

PoemaIsabel

¿A qué sabrá el poema?
A un labio,
a centímetros
de tu boca,
a nieve helada
en el metro cúbico
de tus formas.
A veinte,
a 40 maneras
de amarme, antes que el limón
se funda en una inercia magnética-

¿A qué sabrá la
lengua con otra lengua,
con otro paladar distinto
que incorpora una cuenta sin término?

¿Qué sabor otorga la vida sin ti?

Los nublos atraviesan mi ventana.
Como un desamparo en los rótulos
de una cadera.
O de un alfeizar
entre las sierras.

¿Qué vida forjaré en el próximo
segundo cuando todas las agendas
pondrán un descaro entre
el pisapapeles,
la cuenta corriente, la espada
o la barandilla al salir del portal?
Todas las primaveras se extinguieron,
todas las maneras de ingresar en nómina
el mutismo entre las hojas.

Ni siquiera el invierno es un aliciente.

Di. Incesante como la miel.

¡Oh, mi razón se desboca como un pálpito¡

Trémula carne. Una voz.
Ciega. Viscosa, lúgubre,
proeza, puerto o locura.
Mañana en azul entre la brizna del trigo.

¿A que sabe?
¿A qué?

Isabel Rezmo, poeta nacida en Úbeda en 1975

Los siempre

poemaConsu

Apuesto a que la luna
se asoma encendida
hilando en alas de un ángel
el canto que ahora escribo.
Apuesto a que ésta noche de agosto
es lecho de un gemido
asiento del viejo aroma jazminero
esparcido membrado atornillado
en la frente donde ahonda
la presencia del ayer.
Apuesto a que no hay veneno
en el eco de éste poema,
amanecido en versos cercanos
a la ausencia de los siempre
desenterrados del olvido.

Consuelo Jimenez, poeta nacida en Barcelona en 1961

Anillos de ceniza

alejandraPi

Son mis voces cantando
para que no canten ellos,
los amordazados grismente en el alba,
los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.

Hay, en la espera,
un rumor a lila rompiéndose.
Y hay, cuando viene el día,
una partición de sol en pequeños soles negros.
Y cuando es de noche, siempre,
una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta
para que no canten ellos,
los funestos, los dueños del silencio.

Alejandra Pizarnik, poeta argentina 1936-1972

En el bosque

JuanLameirinhasYGoñi

Me gusta soñar que en ese viejo tronco cubierto de musgo húmedo y verde viven extraños y simpáticos seres diminutos. Me gusta pensar que los agujeros de ese tronco son las ventanas por donde cada tarde, poco antes del anochecer, se asoma mamá para avisar de que la cena está lista. Imagino la mesa, una pequeña seta alrededor de la cual se sientan estos pequeños seres, a cenar bellotas y tréboles, a beber aguamiel y a charlar sobre los acontecimientos del día. Fantaseo sobre la vida de estos seres en lo más profundo del bosque silencioso, acechados por comadrejas y gavilanes, amigos de corzos y pájaros carpinteros, vecinos de Basajaun y de las más bellas lamias del arroyo cercano. Y así, divagando, voy pasando el tiempo despacio, sentado sobre el tocón de una vieja haya, escuchando los mil y un sonidos del bosque en donde vivo.

Oigo aves a mi alrededor, y revuelo de hojarasca, y al viento sosegado entre las ramas todavía desnudas. Siento la brisa suave en mi cara y en mis manos, y acaricio delicadamente el musgo, y el áspero tronco mutilado. Cierro los ojos, intentando concentrarme en las sensaciones que el bosque me provoca: paz interior y sosiego, comprensión de la realidad y evocación onírica de sueños y las leyendas, completitud emocional, pero sobre todo amor. Amor al encontrarme dentro de un organismo vivo y palpitante, formando parte de él, siendo una más entre sus células, tan distintas a mi y tan iguales. Y describo despacio en mi cerebro sonidos y olores, tactos y colores.

Y así “pierdo” el tiempo para ganarlo, paso la tarde manteniéndola atada en mi memoria, saboreando cada segundo de cada minuto, mientras el bosque se va acallando y el atardecer va muriendo apaciblemente entre los brazos maternales de los inmensos árboles que me rodean. Y espero, en silencio absoluto, engatusado por las formas vivas del tronco, seducido por la sutileza del musgo, aguardando a que mamá salga a la ventana para avisarnos de que, finalmente, la cena está lista.

Juan Goñi.

Foto: “Basoan”, por Juan Lameirinhas.

 


Música: The Karl Jenkins Ensemble interpeta “Lacus Serenitatis”, (El lago de la senerindad) de su disco “Imagined Oceans”: