Aquel senderito era poco más que una trocha de jabalíes…

isidro etxeberria
fotografía de Isidro Etxeberría
Aquel senderito era poco más que una trocha de jabalíes. Revirado y casi oculto por el pasto abundante de los primeros días de julio, se internaba en el bosque más deshabitado. Acompañaba al arroyo durante un par de kilómetros para después ascender decidido hacía el altozano de mi izquierda. Alisos, fresnos descomunales y algunos viejos robles grandes como gigantes mutilados flanqueaban mis pasos junto al río. Serpenteaba después, difuso entre abetos, ascendiendo sin cortesía, perdiéndose a ratos entre la pinocha. Hube de parar un rato para recobrar aliento, para después continuar sin demasiada confianza, con la cuesta interminable. Un grandioso arce se levantaba a mi derecha, quizá el más grande que jamás vi. Y después unos retorcidos tejos viejos; sombra cerrada, crepúsculo momentáneo en mitad de la mañana. El sendero rondaba entonces a uno de los tejos, y dejaba la cuesta para discurrir a media ladera. El ruido molesto de un helicóptero rompió el silencio. Me detuve junto a un gran fresno caído, que partía en dos el camino. Los jabalíes o alguna otra criatura del bosque habían hecho un pequeño túnel a través de las ramas del árbol muerto. Había que agacharse y caminar en cuclillas durante unos veinte metros para atravesar aquel obstáculo. Y poco después los restos de un pequeño puente evitaban un arroyo pequeñito, casi como un hilo de plata en la espesura verde. A mi alrededor cuchicheaba una familia de trepadores azules. Y un chochín que vivía en las ramas del fresno caído tomaba el sol y estiraba las alas en una postura casi cómica. Un carbonero palustre hacía cabriolas entre las hojas de los alisos que ceñían el arroyo. Unos metros más allí un par de charcos mostraban las huellas típicas de los jabalíes, eran sin duda sus baños de barro. Era ese, sin duda, un buen lugar para escuchar; para escucharme.

Buscar acomodo en las horquillas de un árbol caído, y dejarse inundar por los susurros del bosque. Ocuparse con denuedo en no hacer ruido, en pasar desapercibido, en no molestar a la vida alrededor, en ser uno más entre todos aquellos que me rodeaban. Y así permanecer inmóvil, ser un tronco más, hasta que los que me vieron llegar se olviden y consientan. Dejarse llevar por la inercia del sosiego. Convertir con firmeza las prisas en parsimonia, respirar con suavidad, mirar con suavidad, escuchar con suavidad, pensar con suavidad, hasta que las bonanzas de mi Padre me conquisten.

Olvidarme para recordar; centrar todo interés en el aquí y en el ahora. Irme escondido en las alas del mundo, viajar de polizón en la brisa dócil, sentir los alientos de mundo, notar en mis botas la respiración del suelo, el sube y baja del hálito eterno en el pecho del bosque. Mover solo los ojos. Y meditar despacio como entrar, con cortesía y respeto, en los lapsos y en las espirales, en las revueltas nimias, en los silenciosos sucesos que por millones rodean mi existencia. Y dejar de ser para ser, y dejar de estar para estar, abiertamente, dentro de mis afueras. Dejar el corazón al socaire de un trino. Dejar los ojos en los reflejos verdes. Habitar el mundo pacíficamente, permitir que la mañana pase de largo ante mis ojos, aletargar los pensamientos, ahogar la lógica y la razón bajo millones de kilos de levedad, y esperar nada para que de nuevo todo ocurra.

Pasaron los minutos, y quizá las horas. Y un corzo me vino a visitar. Mosdisqueó un poco el musgo junto al riachuelo y bebió un trago antes de alejarse de un salto. Un pico mediano se asomó tras el tronco firme de un haya a mi lado, y me miró con curiosidad, incrédulo de mi quietud y mi silencio. Mi amigo el chochín se posó a escasos centímetros de mi mano inocente. Una familia de herrerillos capuchinos anduvo revoloteando a mi lado. Vi, ahí cerquita y por primera vez en mi vida, las constantes cebas de una pareja de camachuelos a su prole. Un ratón de campo anduvo titubeando de aquí para allí entre mis botas. Mi bastón sirvió de atalaya para un simpático petirrojo, que me miraba, de vez en cuando, preocupado. Una salamandra negra y amarilla salió de su agujero en el arroyo, hizo algún recado de última hora y volvió antes de que el sol pudiese hacerle daño. Y así pasaron las cosas que recuerdo, porque, estoy seguro, algunas cosas pasaron que no recuerdo.

Volví por la vereda con una tonta sonrisa en la cara. Limpio

[….]

.- ¡Hombre, Juan! ¡Cuánto tiempo! ¿De dónde vienes?
.- Pues del bosque…
.- ¡Anda! ¿Y has ido solo? ¿No te aburres?
.- No. No me aburro – Respondí aburrido.

Juan Goñi.

Foto: Oianleku, Oiartzun, Gipuzkoa, por Isidro Etxeberria.

Música: “Never Gone”… Nunca se fue… Por Chris Botti
https://youtu.be/fQWdqUm5Y6I?t=12m53s

 

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