Electra en la vereda de las azaleas

aurelia, otto plath y sylvia
Aurelia y Otto Plath con Sylvia

El día que moriste me tragó la tierra,
me abismé en el oscuro agujero donde las abejas,
con sus rayas negras y doradas, hibernan a salvo de la ventisca,
como piedras hieráticas, y el terreno es tan duro.
Aquel sueño invernal me valió la vida durante veinte años:
hice como que nunca hubieses existido, como si hubiese
nacido del vientre de mi madre preñada de Dios,
y su cama ancha luciese la mancha de la divinidad.
No me sentí culpable ni nada semejante cuando volví
a rastras a cobijarme bajo su corazón.

Pequeña como una muñeca, con mi vestido de inocencia,
me tendí a soñar tu poema épico, imagen tras imagen.
Nadie moría ni se ajaba en ese escenario.
Todo acontecía en una blancura perenne.
El día que desperté, abrí los ojos en Churchyard Hill.
Encontré tu nombre, tus huesos, todo
registrado en una necrópolis minúscula, atestada,
tu lápida mohosa e inclinada junto a una verja de hierro.

En esta casa de caridad, este asilo para pobres, donde los muertos
se amontonan pie contra pie, cabeza contra cabeza, ni una flor
hiende el suelo. La Vereda de las Azaleas: así se llama.
Un campo de bardanas se abre al sur.
Dos metros de grava amarilla te cubren.
La salvia artificial que pusieron en la lápida
contigua, metida en un cesto de plástico, adornado
con ramas, ni se agita padre
aunque las lluvias la disuelvan en un tinte rubro:
sus pétalos falsos gotean, y sus gotas son de un rojo sangre.

Pero hay otra clase de rojo que me molesta:
el día en que tu vela distendida se bebió el aliento de mi hermana,
el mar liso se tiñó de púrpura, como el aciago mantel
que desplegó mi madre la última vez que volviste a casa.
Estos pilares en los que apoyarme los saqué de una tragedia antigua.
La verdad es que una vez, a finales de octubre, el día de mi primer llanto.Un escorpión se aguijoneó la cabeza sin querer,
y mi madre vio tu rostro en sueños, bajo el agua.
Los actores pétreos hacen una pausa para serenarme y recobrar el aliento.
Saqué fuerzas de mi amor para soportar aquello, y entonces moriste.
Fue la gangrena- me contó mi madre- quien te consumió
hasta los huesos; moriste como cualquier otro hombre.
¿Cómo envejeceré yo en este estado mental?
Soy el espectro de una infame suicida,
la navaja de afeitar se oxida en mi garganta.
Ah, padre, perdona a quien llama a tu verja buscando
perdón: tu perra de caza, tu hija, tu amiga.
Fue mi amor lo que nos mató a ambos.

De Poesía completa, edición de Ted Hughes, traducción de Xoán Abeleira

Sylvia Plath (Boston; 27 de octubre de 1932 – Londres; 11 de febrero de 1963) fue una escritora estadounidense especialmente conocida como poeta. También fue autora de obras en prosa, la novela semiautobiográfica La campana de cristal (bajo el seudónimo de «Victoria Lucas»), relatos y ensayos.

Junto con Anne Sexton, Plath es reconocida como una de las principales cultivadoras del género de la poesía confesional, iniciado por Robert Lowell y W. D. Snodgrass.

Estuvo casada con el escritor Ted Hughes, quien tras su muerte se encargó de la edición de su poesía completa.

Nota: Si algo marcó emocionalmente a Sylvia Plath desde su juventud fue el fallecimiento en 1940 de su padre, Otto Emil Plath, cuando ella sólo tenía ocho años. La salud de Otto Plath comenzó a resentirse en 1935, poco después del nacimiento de su hijo Warren. Estaba convencido de sufrir cáncer de pulmón y se negó a recibir tratamiento alguno. En 1940 una infección en un pie reveló que lo que tenía en realidad era una diabetes en estado avanzado. Le amputaron la pierna pero poco tiempo después fallecería.

Su muerte fue un suceso traumático para Sylvia. Una fuente de conflictos que marcarían su vida desde ese momento y que quedaron reflejados en distintos poemas. ‘Electra en la vereda de las Azaleas’ es uno de ellos. Describe una visita al cementerio de su padre («En esta casa de caridad, este asilo para pobres, donde los muertos se amontonan pie contra pie, cabeza contra cabeza») utilizando como marco de referencia la tragedia griega. Ella se siente abandonada («Saqué fuerzas de mi amor para soportar aquello, y entonces moriste.») y, sobre todo, culpable («Fue mi amor el que nos mató a ambos »).

 

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