Los cuerpos

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Y allí,
la dulce, la secreta violencia
del cielo
estallando sobre los muebles,
las murallas,
los cuerpos abandonados en penumbra,
las habitaciones,
la perfecta crueldad, la locura de las nubes
en calma,
derramándose como un vino sagrado
en nuestros labios,
tibio,
en nuestros ojos de oro y lluvia,
el secreto descenso
del silencio,
memorable en las gargantas, por las fisuras
del entarimado.

Allí delante, cada anochecer,
incomprensibles,
como un diálogo, como una confesión
o una ofrenda,
perdidos,
sin regreso ni razón,
ligeros dioses de porcelana rosa.

De aquellas lejanas estaciones
los perfumes recargados
de la muerte,
de las aves,
la ignorancia solar en los rostros
de cera y de los frutos
en descomposición,
aplastados bajo el mediodía,
los cuerpos,
entre el abandono de las horas y la esperanza,
la seda,
la fatiga de estar aún allí,
absortos,
repitiéndose, ensayando las propias
mutilaciones,
como una fiesta en sombras,
y el sabor
de los colores de la prohibición,
el sudor recorriendo
aquel cuerpo
de diosa entre la herida, la hierba
y el susurro.
Y el cuerpo saciado,
definitivo,
de la muerte irrumpiendo en un rostro
de azar.

Nunca sentí prisa
pues supe que no era mi placer
la suma de escenas,
ni el objetivo llegar más lejos,
ni la memoria,
sino aquel rasgo, el gesto
leve, mínimo,
la mirada que se pierde en un segundo
para siempre,
una sola escena
y la locura de lo real para siempre.

Carlos Aurtenetxe (San Sebastián, 1942), poeta, narrador y ensayista