Del mismo modo

Foto de Johan Swanepoel

Del mismo modo
en que se inventaron parches de nicotina,
chicles de nicotina, cigarros electrónicos,
sucedáneos más o menos tramposos
para adictos al humo,
deberían de inventarse parches de amor,
chicles de amor, corazones portátiles,
sucedáneos más o menos felices
para este veneno de apariencia inocua.

Y todos deberíamos tatuarnos en la espalda
«Amar mata»,
«Amar perjudica gravemente la salud»
«Amar potencia el riesgo de padecer ceguera»
«Amar provoca impotencia»
«El amor crea adicción y deja hondas secuelas».

Pero eso sí, ya saben:
al dejar de amar se engorda.

Y llegan la ansiedad, el nerviosismo, el estrés, la irritabilidad
el multiorgánico síndrome de abstinencia…

Así qué luego tendremos que tatuarnos en la frente,
donde todos lo vean: «estoy dejándolo».

Y exigir a los políticos de turno
que se prohíba amar en los aviones,
en los restaurantes, los cines, los colegios,
que se delimiten las «áreas de amadores»
para que los amantes tengan que estar al aire libre
donde no contaminen ni molesten al resto.

Los que no han amado nunca no tienen problemas,
no lo entienden, por eso son tan tolerantes.
Pero yo digo como mi abuelo (¿o fue Bod Dylan?, no recuerdo)
que «un ex amador es un amador potencial siempre»
Porque el amor es un vicio social (Shakespeare dixit)
porque tenemos asociado el amor a los buenos momentos,
al placer, al relax, a la alegría individual y colectiva.

Pero no nos engañemos.
Basta ya.
Eso de que el amor relaja es un tópico.
Eso de que al amar se nos calman los nervios
es un simple espejismo.
Y lo peor, lo imperdonable,
es el efecto lentamente mortal en amantes pasivos,
esos a los que llega el amor de manera indirecta.

Alejemos a los niños del amor, por ejemplo.
Que cuando crezcan decidan ellos
si quieren engancharse o no.
Y como medida preventiva (o profiláctica)
coleccionemos eslóganes cursis, tallados en madera kitsh,
frases del tipo, «besa a un no amador, prueba la diferencia».

Seamos sinceros:
¿alguien no ha reparado en cómo huele la ropa
de los amadores cuando llegan a casa,
cómo les huele el pelo?
Cuando se deja de amar todo es distinto.
Recuperamos el olfato, el sabor de las cosas.
Cambia hasta el brillo de la piel
y todos nuestros órganos se re-oxigenan.

La historia de la medicina universal
esta llena de casos que lo corroboran.
Los cementerios están llenos de epitafios
que no dejan mentir.
Esta probado científicamente el carácter nocivo
del amor como vicio,
sobre todo, en nuestra época.
Antiguamente al amor no le ponían tantos adictivos,
tanta química.

Incluso, esta probado que el amor puro, artesanal,
ese que se lía con los dedos -puestos los besos a secar en casa-
no es tan dañino como este amor en serie, industrial, coitocéntrico.
Hasta alquitrán y arsénico y látex y mentiras electrónicas
tiene el amor contemporáneo.
Pero la mayoría de los amadores no lo sabe, son incapaces
de pensar en lo que se llevan a la boca,
lo que se meten en el cuerpo.

Otro dato alarmante: cada vez
los amadores comienzan más jóvenes.
Otra estadística curiosa: en las últimas décadas
cada vez aman más las mujeres
mientras los hombres, tradicionalmente «muy enganchados»
van dejándolo.

Que nadie vea en esto, por favor, un discurso alarmista,
una ristra de tópicos, oportunismo despechado
de ex-amador molesto. No. Al contrario.
Yo también he intentado dejarlo varias veces.
He probado con todo, pero ha sido inútil.

Ahora mismo, para no ir muy lejos,
me acercaría a esa mujer,
acicalado a lo Sidney Poitier de los años 50,
a lo Sidney Poitier con miradita de Paul Newman
y chulería marca Brando (o Bogart)
me acercaría a ella, lentamente,
con elegancia y calculada parsimonia,
con un beso de liar entre los dedos
y en voz baja, muy baja, le diría al oído:
–Por favor, señorita, ¿me da fuego?

FUMANDO ESPERO
Alexis Díaz-Pimienta
(poema perteneciente al libro POEMAS DE AMOR ZOOLÓGICO, Editorial Noviembre, Madrid, 2020).

Alexis Díaz-Pimienta, nació en La Habana, Cuba, en el año 1966. Es escritor, repentista, investigador y docente. Director de la Cátedra Experimental de Poesía Improvisada, y Sub-director del Centro Iberoamericano de la Décima y el Verso Improvisado (CIDVI), ambas con sede en La Habana, Cuba. Cultiva casi todos los géneros literarios (Novela, cuento, poesía, enyayo, literatura para niños), y su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, farsi (lengua autóctona iraní), árabe, búlgaro y alemán, en antologías y revistas.

Romance de la luna sola

La luna es rueda de un carro
que tenía cuatro ruedas.
Yo le pregunté a la luna:
¿Dónde están tus compañeras?
—¿La de oro? Ésa se fue,
rueda que te rueda, rueda,
a juntarse con su hermana
dormida sobre las trenzas
de tu novia.
La de diamante
también se fue hacia la tierra,
y se encontró allí un hermano
en su corazón de piedra.
La de cristal se rompió
caminito de la tierra;
yo supe después que fue
porque los hombres no vieran
que era negra turbiedad
la que creían transparencia.
—¿Y tú, Luna?
Aquí me tienes,
rueda que te rueda, rueda,
sin compañeras ni carro,
esperando que me quieras.

José Antonio Muñoz Rojas, Antequera 1909-2009, poeta y narrador español encuadrado en la Generación del 36

Elegir mi pasisaje

Si pudiera elegir mi paisaje
de cosas memorables, mi paisaje
de otoño desolado,
elegiría, robaría esta calle
que es anterior a mí y a todos.
Ella devuelve mi mirada inservible,
la de hace apenas quince o veinte años
cuando la casa verde envenenaba el cielo.
Por eso es cruel dejarla recién atardecida
con tantos balcones como nidos a solas
y tantos pasos como nunca esperados.
Aquí estarán siempre, aquí, los enemigos,
los espías aleves de la soledad,
las piernas de mujer que arrastran a mis ojos
lejos de la ecuación de dos incógnitas.
Aquí hay pájaros, lluvia, alguna muerte,
hojas secas, bocinas y nombres desolados,
nubes que van creciendo en mi ventana
mientras la humedad trae lamentos y moscas.
Sin embargo existe también el pasado
con sus súbitas rosas y modestos escándalos
con sus duros sonidos de una ansiedad cualquiera
y su insignificante comezón de recuerdos.
Ah si pudiera elegir mi paisaje
elegiría, robaría esta calle,
esta calle recién atardecida
en la que encarnizadamente revivo
y de la que sé con estricta nostalgia
el número y el nombre de sus setenta árboles.

Mario Benedetti, escritor, poeta y dramaturgo uruguayo. 1920-2009

Mi vida, su sueño

obra de Michael & Inessa Garmash

Ella es hermosa todo el tiempo
su cabeza es hermosa en las cuatro estaciones
amo la ciudad donde duerme
la ciudad que despierta en su sueño.

En su sueño hay un hombre
que le entrega un mensaje
siempre el mismo hombre
siempre el mismo mensaje
un mensaje
que ella nunca ha podido leer.

Ella nunca muere
ella nunca mata
ella es feliz
es hermosa en el sueño
pero esas palabras que aún no conoce
son las únicas que desea leer.
Y las únicas que deseo escribir.

de «Ella» (1989)

Gianni Siccardi nació en Banfield, provincia de Buenos Aires, en 1933 y murió en 2002. A los ocho años descubre “la gran poesía” cuando su abuelo materno le regala una antología de la poesía universal con el propósito de estimularlo en la lectura “en serio”. Los poemas le fascinan al igual que el puñado de caramelos que su abuelo le regala cada vez que los recita de memoria y sin equivocaciones. “Me costaba memorizar esos poemas, y seguro que mi abuelo era conciente de semejante esfuerzo, pero me imagino su felicidad porque eso me obligaba a leerlos infinidad de veces”, recuerda Siccardi a sesenta años de aquel momento en que se dio cuenta que era la poesía lo que más le interesaba y a partir de entonces no se apartará jamás de ella.
Es autor de los libros: Conversaciones (1962), Travesía (1967), Ella (1989, reeditado en 1999 con el título Ella y otros poemas) y Fragmentos (1995). Preparó para el Centro Editor de América Latina las antologías de los poetas italianos Eugenio Montale (1987) y Salvatore Quasimodo (1988).

Nocturno

Todo lo que la noche
dibuja con su mano
de sombra:
el placer que revela,
el vicio que desnuda.
Todo lo que la sombra
hace oír con el duro
golpe de su silencio:
las voces imprevistas
que a intervalos enciende,
el grito de la sangre,
el rumor de unos pasos
perdidos.

Todo lo que el silencio
hace huir de las cosas:
el vaho del deseo,
el sudor de la tierra,
la fragancia sin nombre
de la piel.

Todo lo que el deseo
unta en mis labios:
la dulzura soñada
de un contacto,
el sabido sabor
de la saliva.

Y todo lo que el sueño
hace palpable:
la boca de una herida,
la forma de una entraña,
la fiebre de una mano
que se atreve.

¡Todo!
circula en cada rama
del árbol de mis venas,
acaricia mis muslos,
inunda mis oídos,
vive en mis ojos muertos,
muere en mis labios duros.

Xavier Villaurrutia, México 1903-1950. Escritor mexicano que cultivó los géneros de poesía, crítica literaria y dramaturgia. Ganó un premio poético histórico con Canto a la primavera y otros poemas.

Ganó un premio poético histórico con Canto a la primavera y otros poemas. Desde sus estudios de preparatoria inició amistad con Salvador Novo y Torres Bodet, con quienes más tarde reunió una pléyade de intelectuales del siglo XX mexicano, conformando la Generación de los poetas Contemporáneos.
Aunque inició estudios de Derecho , pronto los abandonó para dedicarse enteramente a las letras. Fue becado por la Fundación Rockefeller para estudiar teatro en la Universidad de Yale. En 1928, fundó el Teatro de Ulises, foro de teatro experimental, en donde inició una larga labor como dramaturgo.
Murió en 1950, y pocos años después los escritores mexicanos instituyeron un Premio Nacional para honrar al mejor libro publicado durante el año editorial.

Me basta así

Obra de Omar Ortiz

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).

Ángel González Muñiz, (Oviedo 1925- Madrid 2008) poeta español de la Generación del 50. Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1985 y académico y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1996, publicó su primer libro de poemas en 1956

A mano amada

A mano amada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;

allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

los recuerdos me asaltan.

Unos empuñan tu mirada verde,
otros
apoyan en mi espalda
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
me reclaman.

Reconozco los rostros.
No hurto el cuerpo.

Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
la memoria.

Ángel González Muñiz, (Oviedo 1925- Madrid 2008) poeta español de la Generación del 50. Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1985 y académico y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1996, publicó su primer libro de poemas en 1956

La red

obra de Tatyana Ilieva

Ella está en mí
yo estoy en ella
y una red secreta nos rodea.
Una red que no es red
un aire, apenas,
una nada.

Sabemos algunas cosas de nosotros
sabemos todo de la red.
Conocemos el norte
conocemos el sur
conocemos el este
y el oeste de la red.

Vivir es fácil
hablar
reir es fácil en la red.
El sol es tibio
el fuego es tibio
los ojos
los encuentros.

No somos uno
pero yo estoy en ella
ella está en mí
y no hay ninguna red
entre nosotros.
Ni un aire, apenas,
ni una nada.

de «Ella» (1989)

Gianni Siccardi nació en Banfield, provincia de Buenos Aires, en 1933 y murió en 2002. A los ocho años descubre “la gran poesía” cuando su abuelo materno le regala una antología de la poesía universal con el propósito de estimularlo en la lectura “en serio”. Los poemas le fascinan al igual que el puñado de caramelos que su abuelo le regala cada vez que los recita de memoria y sin equivocaciones. “Me costaba memorizar esos poemas, y seguro que mi abuelo era conciente de semejante esfuerzo, pero me imagino su felicidad porque eso me obligaba a leerlos infinidad de veces”, recuerda Siccardi a sesenta años de aquel momento en que se dio cuenta que era la poesía lo que más le interesaba y a partir de entonces no se apartará jamás de ella.
Es autor de los libros: Conversaciones (1962), Travesía (1967), Ella (1989, reeditado en 1999 con el título Ella y otros poemas) y Fragmentos (1995). Preparó para el Centro Editor de América Latina las antologías de los poetas italianos Eugenio Montale (1987) y Salvatore Quasimodo (1988).

Inventar la verdad

Pongo el oído atento al pecho,
como, en la orilla, el caracol al mar.
Oigo mi corazón latir sangrando
y siempre y nunca igual.
Sé por quién late así, pero no puedo
decir por qué será.

Si empezara a decirlo con fantasmas
de palabras y engaños, al azar,
llegaría, temblando de sorpresa,
a inventar la verdad:
¡Cuando fingí quererte, no sabía
que te quería ya!

Xavier Villaurrutia, México 1903-1950. Escritor mexicano que cultivó los géneros de poesía, crítica literaria y dramaturgia. Ganó un premio poético histórico con Canto a la primavera y otros poemas. Desde sus estudios de preparatoria inició amistad con Salvador Novo y Torres Bodet, con quienes más tarde reunió una pléyade de intelectuales del siglo XX mexicano, conformando la Generación de los poetas Contemporáneos.
Aunque inició estudios de Derecho , pronto los abandonó para dedicarse enteramente a las letras.
Fue becado por la Fundación Rockefeller para estudiar teatro en la Universidad de Yale. En 1928, fundó el Teatro de Ulises, foro de teatro experimental, en donde inició una larga labor como dramaturgo.
Murió en 1950, y pocos años después los escritores mexicanos instituyeron un Premio Nacional para honrar al mejor libro publicado durante el año editorial.

Amor sobre la tierra

Que nuestros días
jamás sean azotados por los gestos inútiles
o arropados y mecidos
por la música fácil de la vida.

Que nunca más se desplomen
con su piel ciega y sus ritos polvorientos
en el eterno surco vacío donde caben
la amortiguada niebla del tedio
la veleta de las minúsculas costumbres
el enjambre del sueño.

Que nuestros días no agonicen ni se ahoguen
en los rincones de la indiferencia.
Que dejen de girar lentamente
en la noria del trabajo y el ocio
rodeados por la impaciencia y el delirio
y las lujosas noticias matinales
y los aullidos que llenan nuestros oídos
de furias y cenizas.

Que nunca más veamos
cómo se hunde el sol
entre los golpes bajos de la muerte.
Que el sol
no sea nunca más reemplazado
por la lámpara de la miseria.

Luz para la piedra errante de la aventura
para el oleaje fosforescente de la memoria
para el aliento mágico que nos sostiene.

Luz para nosotros
luz para nuestros ojos perpetuos
para nuestros brazos traslúcidos
para nuestras gargantas desnudas.
Luz para nosotros
el rebaño de los inocentes.

Luz
luz de vida
para el amor terrestre y su plegaria.
Luz para el canto incierto de los jóvenes
para el rocío de sus bocas fértiles
y sus lenguas de fuego que tatúan el porvenir.

Luz para los días ebrios
luz para los días prodigiosos
luz para los días insaciables.
Luz para las ceremonias del amor
sobre la tierra.

de «Fragmentos» (1995)

Gianni Siccardi nació en Banfield, provincia de Buenos Aires, en 1933 y murió en 2002. A los ocho años descubre “la gran poesía” cuando su abuelo materno le regala una antología de la poesía universal con el propósito de estimularlo en la lectura “en serio”. Los poemas le fascinan al igual que el puñado de caramelos que su abuelo le regala cada vez que los recita de memoria y sin equivocaciones. “Me costaba memorizar esos poemas, y seguro que mi abuelo era conciente de semejante esfuerzo, pero me imagino su felicidad porque eso me obligaba a leerlos infinidad de veces”, recuerda Siccardi a sesenta años de aquel momento en que se dio cuenta que era la poesía lo que más le interesaba y a partir de entonces no se apartará jamás de ella.
Es autor de los libros: Conversaciones (1962), Travesía (1967), Ella (1989, reeditado en 1999 con el título Ella y otros poemas) y Fragmentos (1995). Preparó para el Centro Editor de América Latina las antologías de los poetas italianos Eugenio Montale (1987) y Salvatore Quasimodo (1988).