Algún día lo sabré

Os voy a hablar de una flor,
de una noche en otro planeta,
de unas manos de terciopelo,
de la belleza,
digo, de su mirada.

Que vi en ella a todas las mujeres,
a todos mis pasados mejorados,
que ya conocía su abrazo,
que se quiere
como todos
como todos deberíamos querernos,
y eso le hace grande,
eterna,
chica de contrastes
con las cosas claras,
supernova terrenal
que vuela en territorio libre,
y esa puta sonrisa
que se sale de todas las fotos.

Sin misterio no hay belleza.
Os hablo de una mujer
que brilla por encima
de las estrellas,
que no sé, parece feliz.
Algún día lo sabré.
Quizá.

Diego Ojeda, músico y escritor español nacido en diciembre de 1985 que navega implacable a bordo de una carrera artística que dio comienzo en la isla de Gran Canaria. Durante este tiempo ha destacado en el panorama de la música independiente y de la poesía en España y se ha hecho un hueco, cada vez más señalado en el circuito de la canción de autor en México. Residiendo en Madrid, pero siempre de gira, podemos encontrarlo defendiendo sus directos sólo o acompañado de los músicos que forman su banda.

La Balada de las aduanas

No temas –me dijiste–
El dios del color de las hojas viejas
Se mostrará en la aduana del ocaso,
Tiene
Un pico de pájaro cantor,
Gemidos encerrados en el oído
Y el ojo abierto como los muertos.
Le acompañan los cervatillos
Y los ciervos
Que avanzan en parejas como reyes
Coronados con anillos mustios de hierbas –
Él te llevará hasta la aduana del norte.

Allí te esperará
Un dios anciano –

De su órbita derecha
Fluyen las nubes,

De su órbita izquierda–
Nace el ocaso,
Está acurrucado y es calvo
Tiene un rictus alelado,
Incuba huevos de serpiente en las axilas,
En los hombros le crecen plumas de cuervos
En los codos alas de pez,
Grazna con aspereza de vez en cuando,
Su voz te acompañará
Hasta la aduana de levante.

Desde donde
Debe guiarte un niño
Que se esconde.
Es un dios, pero no quiere reconocerlo,
Se transforma a veces en alondra,
O en rana,
Le cuelgan barbas de diente de león,
Alas de mariposa,
Cuernos de las ramas,
Jorobas de las caracolas.
Le puedes reconocer
Sólo
Por la fila amarga
De grullas
Que le siguen
Tras el rayo débil
Tres veces
Enredado sobre él,
Tras el temblor apresurado
De la hoja de morera.
Déjate perseguir – me susurraste–
Hasta la aduana del sur.

Pero no despiertes – me gritaste–
Allí te espera la dueña
Del reino entero.
Pasará su mano sobre tus ojos,
No tengas miedo,
Piensa
Que ella es el hada
Con voz aguda de pavo real,
Con olor a fresas,
Con faldas de hojas de mandrágora
Y labios verdes,
Con el pelo de agua delirante
Fluyendo hacia el mar;
Las aves pasan por su cuerpo,
Los peces por los cabellos –
¡No la despiertes!
Los lagartos mudan sus pieles ebrias,
El sol está ciego en su palma
Y crea el día
Sólo la luna de hiel
Gotea desde lo alto
Sobre nosotros…
Si tienes fuerza
Para soñar que duermes – dijiste –
Puedes regresar
Por la aduana del ocaso.

Ana Blandiana, 1942, es una poeta, ensayista y figura política rumana. Una de las figuras literarias de Rumania

Estar entre las cosas

Aquí no necesito meditar,
abismarme en honduras insondables
para llegar al corazón de todo.
Hay tanta soledad, tanta quietud,
que el fondo está a la vista, en lo inmediato.
Clarea la mañana.
Miro y escucho, huelo, saboreo,
palpo la realidad que se me ofrece
como regazo y vínculo.
Me extraño de ser yo
y me aparto de mí y de mis zozobras.
Ahora sé que las piedras de los ríos,
de redondez tan dura y bien pulida,
son muy tiernas por dentro;
conozco que la nube es veleidosa,
pero sin petulancia,
y alguna vez, en sus fabulaciones,
se convierte en un árbol arraigado.
Aquí sólo preciso
atención e ilusión, abrazo, entrega,
estar entre las cosas
igual que se nos muestran ellas mismas
en su sosiego y conformidad.
Este asentir unánime
suena con el fervor de una cadencia,
y más aún porque el silencio es
algarabía de lo vivo y junto.

Eloy Sánchez Rosillo, poeta español nacido en Murcia en 1948

Entre las formas del amor

Entre las formas del amor hay una
nutrida de palabra y leves gestos
que nace del azar y suele darnos
los mejores momento

de expansión del espíritu. Si acaso
la mano lenta toca el otro cuerpo
amigo, la caricia es un descanso,
como ese leve oreo

que en alas de la brisa nos depara,
en horas de calor, benigno el cielo.
Y es esa placidez de la palabra
y ese pasar sereno

de las tranquilas horas conversadas,
de los dulces espacios de silencio,
lo que hace que las almas se penetren
de una luz sin secretos.

Antonio Carvajal, (Albolote, Granada, 1943), poeta y profesor titular de métrica en la Universidad de Granada.

Víspera

El marinero bebe la rosa de los vientos
en cristal de bandera y luna clara.
En pie sobre sus anclas el barco soñoliento,
devana sus cadenas y peina sus amarras.

Enhebrada se queda la aguja del viaje
junto a la carta azul, el compás y la lente;
mientras en capitán, entre dos blancos mares,
ágil nadador joven, limpia espuma desteje.

Sobre su frente un atlas abre su mariposa
y en el papel el barco juega a flores distantes,
trazando itinerarios sobre las planas olas
que, el pincel del ensueño, tiñe con falso esmalte.

Fuera del camarote: la cubierta dormida,
meciendo sus naranjas entre miedo y tristeza…
Por las calles del puerto, aún las luces oscilan
y, en los bares lejanos, las voces cabecean.

Una estrella derrama su baraja de oro…
En la mesa del agua juega el pez y el reflejo.
La campana acaricia, el silencio que ha roto
al cubrir las heridas de su piel bajo el eco.

Las anclas justifican el molde de su ausencia,
aún sujetas al suelo entre rosas profundas.
La enmohecida hélice sus pétalos ordena
y, la máquina fiel, su corazón ajusta.

Las brújulas se inquietan por su largo descanso,
su inquietud multiplica los puntos cardinales
y, muestra al marinero, en su oráculo falso,
el balcón y la rosa final de su viaje…

Toda la noche cuelga como un gran mapa negro.
El cartón de la luna gira su blanca esfera
y, en ella busca el barco, con su largo puntero,
el puerto más cercano y el agua más serena…

Otro barco en mi pecho su movimiento imita,
-¡siempre es doble mi alma en su imagen dispersa!-:
sus barandas arregla para la despedida
y su timón prepara hacia el alba que espera.

-¿Saldrá la luz?…
-¡Silencio!…
(Llora el barco sus anclas.)
¡Despierto el marinero, rompe el sol sus amarras!

Emilio Prados Such (Málaga, 4 de marzo de 1899 – Ciudad de México, 24 de abril de 1962) fue un poeta español, perteneciente a la Generación del 27.

Disyuntiva

La tentación se llama amor
o chocolate.
Es mala la adicción.
Sin paliativos.
Si algún médico, demonio o alquimista
supiera de mi mal
cosa sería
de andar toda la vida por curarme.
Pues tan sólo una droga,
con su cárcel
del olvido me salva de la otra.
Y así, una vez más, es el conflicto:
O me come el amor,
o me muero esta noche de bombones.

Juana Castro Muñoz nació en la localidad de Villanueva de Córdoba en 1945. Es autora de poemarios, artículos de prensa y traductora de poesía italiana.

Ha colaborado en prensa con artículos y críticas literarias, en La Voz de Córdoba o El Día.

Ha publicado más de una decena de libros de poesía, traducidos algunos de ellos a varios idiomas como el catalán, el francés, el polaco o el chino. Además, ha participado en numerosas antologías. Su trabajo se ha visto reconocido con múltiples premios como el Juan Ramón Jiménez en 1989, el Carmen Conde en 1994, la Medalla de Andalucía en 2007 o el Premio Nacional de la Crítica de Poesía Castellana en 2010.

Es miembro de la Real Academia de Córdoba de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes.

Bandeja de entrada

Cuídate si vas herido,
de las heridas que han dejado de sangrar.

Felipe Benítez Reyes

Vi tu nombre en la bandeja de entrada
y empecé a medir el tiempo en latidos,
como si un dios salvaje gobernara mi pecho
busqué un taxi en dirección prohibida.

Llamaste al pasado a cobro revertido
y te lleve un corazón a domicilio.

No hicimos preguntas
y pusimos sordina a nuestras heridas
para que no hablasen por nosotros.

A la mañana siguiente
desayunamos desnudos,
faltamos al trabajo,
hicimos inventario de nuestras despedidas
y nos dimos cuenta
que ya era tarde para volver a empezar.

Ahora no me queda tabaco
y todas las canciones que duelen
llevan tu nombre.

¿Sabes?

Creo que me sobró ese e-mail.

Diego Ojeda, músico y escritor español nacido en diciembre de 1985 que navega implacable a bordo de una carrera artística que dio comienzo en la isla de Gran Canaria. Durante este tiempo ha destacado en el panorama de la música independiente y de la poesía en España y se ha hecho un hueco, cada vez más señalado en el circuito de la canción de autor en México. Residiendo en Madrid, pero siempre de gira, podemos encontrarlo defendiendo sus directos sólo o acompañado de los músicos que forman su banda.

La luna

Ilustración: Jhon Varón

Cuenta la historia que en aquel pasado
tiempo en que sucedieron tantas cosas
reales, imaginarias y dudosas,
un hombre concibió el desmesurado

proyecto de cifrar el universo
en un libro y con ímpetu infinito
erigió el alto y arduo manuscrito
y limó y declamó el último verso.

Gracias iba a rendir a la fortuna
cuando al alzar los ojos vio un bruñido
disco en el aire y comprendió, aturdido,
que se había olvidado de la luna.

La historia que he narrado aunque fingida,
bien puede figurar el maleficio
de cuantos ejercemos el oficio
de cambiar en palabras nuestra vida.

Siempre se pierde lo esencial. Es una
ley de toda palabra sobre el numen.
No la sabrá eludir este resumen
de mi largo comercio con la luna.

No sé dónde la vi por vez primera,
si en el cielo anterior de la doctrina
del griego o en la tarde que declina
sobre el patio del pozo y de la higuera.

Según se sabe, esta mudable vida
puede, entre tantas cosas, ser muy bella
y hubo así alguna tarde en que con ella
te miramos, oh luna compartida.

Más que las lunas de las noches puedo
recordar las del verso: la hechizada
dragon moon que da horror a la balada
y la luna sangrienta de Quevedo.

De otra luna de sangre y de escarlata
habló Juan en su libro de feroces
prodigios y de júbilos atroces;
otras más claras lunas hay de plata.

Pitágoras con sangre (narra una
tradición) escribía en un espejo
y los hombres leían el reflejo
en aquel otro espejo que es la luna.

De hierro hay una selva donde mora
el alto lobo cuya extraña suerte
es derribar la luna y darle muerte
cuando enrojezca el mar la última aurora.

(Esto el Norte profético lo sabe
y también que ese día los abiertos
mares del mundo infestará la nave
que se hace con las uñas de los muertos.)

Cuando, en Ginebra o Zürich, la fortuna
quiso que yo también fuera poeta,
me impuse, como todos, la secreta
obligación de definir la luna.

Con una suerte de estudiosa pena
agotaba modestas variaciones,
bajo el vivo temor de que Lugones
ya hubiera usado el ámbar o la arena.

De lejano marfil, de humo, de fría
nieve fueron las lunas que alumbraron
versos que ciertamente no lograron
el arduo honor de la tipografía.

Pensaba que el poeta es aquel hombre
que, como el rojo Adán del Paraíso,
impone a cada cosa su preciso
y verdadero y no sabido nombre.

Ariosto me enseñó que en la dudosa
luna moran los sueños, lo inasible,
el tiempo que se pierde, lo posible
o lo imposible, que es la misma cosa.

De la Diana triforme Apolodoro
me dejó divisar la sombra mágica;
Hugo me dio una hoz que era de oro,
y un irlandés, su negra luna trágica.

Y, mientras yo sondeaba aquella mina
de las lunas de la mitología,
ahí estaba, a la vuelta de la esquina,
la luna celestial de cada día.

Sé que entre todas las palabras, una
hay que recordarla o figurarla.
El secreto, a mi ver, está en usarla
con humildad. Es la palabra luna.

Ya no me atrevo a macular su pura
aparición con una imagen vana;
la veo indescifrable y cotidiana
y más allá de mi literatura.

Sé que la luna o la palabra luna
es una letra que fue creada para
la compleja escritura de esa rara
cosa que somos, numerosa y una.

Es uno de los símbolos que al hombre
da el hado o el azar para que un día
de exaltación gloriosa o agonía
pueda escribir su verdadero nombre.

Jorge Luís Borges, (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899-Ginebra, 14 de junio de 1986) destacado escritor de cuentos, poemas y ensayos argentino, extensamente considerado una figura clave tanto para la literatura en habla hispana como para la literatura universal.​

Alba rápida

¡Pronto, deprisa, mi reino,
que se me escapa, que huye,
que se me va por las fuentes!

¡Qué luces, qué cuchilladas
sobre sus torres enciende!
Los brazos de mi corona,
¡qué ramas al cielo tienden!
¡Qué silencios tumba el alma!
¡Qué puertas cruza la Muerte!
¡Pronto, que el reino se escapa!
¡Qué se derrumban mis sienes!
¡Qué remolino en mis ojos!
¡Qué galopar en mi frente!
¡Qué caballos de blancura
mi sangre en el cielo vierte!
Ya van por el viento, suben,
saltan por la luz, se pierden
sobre las aguas…
Ya vuelven
redondos, limpios, desnudos…
¡Qué primavera de nieve!

Sujetadme el cuerpo, ¡pronto!,
¡que se me va!, ¡que se pierde
su reino entre mis caballos!,
¡que lo arrastran! , ¡que lo hieren!
¡que lo hacen pedazos, vivo,
bajo sus cascos celestes !
¡Pronto, que el reino se acaba!
¡Ya se le tronchan las fuentes!
¡Ay, limpias yeguas del aire!
¡Ay, banderas de mi frente!
¡Qué galopar en mis ojos!
Ligero, el mundo amanece…

Emilio Prados Such (Málaga, 4 de marzo de 1899 – Ciudad de México, 24 de abril de 1962) fue un poeta español, perteneciente a la Generación del 27.

Si alguna vez perdiera la esperanza…

Si alguna vez perdiera la esperanza
que es lo que ya me queda por perder,
no me dejes perder la noche quieta,
amiga mía, y acompáñame.

Si alguna vez perdiera la palabra,
que es hoy mi sustento, el solo bien
que me permite unirme a los que amo,
amiga mía, canta y háblame.

Canta con esa voz que has aprendido
de cada arroyo y cada amanecer,
y tiéndeme tu mano hacia mañana:
Sálvame, amiga mía, sálvame

Antonio Carvajal, (Albolote, Granada, 1943), poeta y profesor titular de métrica en la Universidad de Granada.