Hay días en que las horas son lo mismo que las olas

Hay días en que las horas son lo mismo que las olas,
y todo lo que vives,
hasta lo más pequeño y lo más raudo,
deja su huella en nuestra sangre
como esa golondrina deja en los ojos que la ven la sombra
de su vuelo.
Así te llega el turno de vivir cuando menos lo esperas,
una imagen se ahínca y empiezas a sentir su clavazón,
y ahora te vuelvo a ver cuando acabas de llegar de un viaje
y estás con un pañuelo, campesino y doméstico, en la cabeza,
haciendo la limpieza de la casa,
tan concienzudamente
como si fuera necesario que tus manos lavaran los pecados
del mundo.
El aire en torno tuyo tiene calor de absolución,
y yo quiero ayudarte,
¡no te rias!,
no estoy diciendo un disparate,
hay muchas cosas imposibles que nos ayudan a vivir,
y yo estoy ayudándote a andar porque tienes los pies un poco
distraídos,
y te encuentro distinta, como si hubieras adoptado a una niña
que te estuviera ya sustituyendo,
-ya sé que esto es difícil de entender, mas los ojos no engañan
y tengo que encontrarles alguna explicación:
¿no recuerdas que al volver de un viaje nos hacemos más
jóvenes?-;
y
estoy
trascordado,
y no llego a saber si lo que estoy mirando es un recuerdo,
pues el tiempo se ha puesto de tu parte
y sólo sé que estás conmigo
con un balde apoyado en la escalera y una esponja en las
manos,
haciendo la limpieza de la casa
-ya sabes que la casa es el bautismo de cada día-
lavando las cortinas, los cristales y la luz de la tarde,
para que todo lo que nos rodea participe de la resurrección,
y las paredes, para darte alegría, desentierran el humo
de las celebraciones con amigos que dan calor humano y dan
trabajo,
y escuchamos las sonatas de Bach para violín y clave,
porque la música es de agua,
y recuerdo muy bien
que tú lavabas las estanterias
dándole a cada libro su vigília,
y en cada balda que limpiábamos
te saltaba el jabón desde el agua a las manos igual que saltan
los delfines,
y la limpieza daba a la casa un acento más íntimo,
era como tu voz,
y tú mirabas de cuando en cuando la labor concluida con los ojos
certificados para que puedan darte mayor seguridad
y la esponja ya sabes que se apasiona mucho con el agua,
la toalla parecía devivirse,
la escalera de mano había adquirido cierto fervor itinerante
pues nosotros, aquella tarde, dimos tantos paseos que
llegamos al Paraiso Terrenal,
y no hemos regresado todavía.

Esto pasó como lo estoy contando
y me enseñó a vivir con los ojos abiertos;
ahora sé que la casa es tu investidura,
tu niñez
y tu cordón umbilical,
pues nunca me he sentido tan sirviente y tan tuyo,
y sé que para siempre estás casada,
y no voy a olvidarlo
ya que la puesta en orden de la casa ha ido poniendo en
orden nuestra vida,
y fue un momento sólo,
y fue sólo un momento, pero definitivo,
igual que si estuvieramos haciendo limpieza del cielo juntos.

13 de agosto de 1976

Luis Rosales Camacho (Granada, 31 de mayo de 1910-Madrid, 24 de octubre de 1992) fue un poeta y ensayista español de la generación de 1936. Miembro de la Real Academia Española y de la Hispanic Society of America desde 1962, obtuvo el Premio Cervantes en 1982 por el conjunto de su obra literaria.​