Deseo la mordedura

No necesito boca de humano
al adentrarme con besos de fricción en los núcleos de tus células
receptivas.
Es con esa forma que tengo de verte que va más allá de la visión
física,
con la que te dejo mi presencia en los canales emocionales de tu
consciencia.
No necesito ser Adán que copia la mordedura prohibida,
tú ya me varías y descompones cada día al tocarme de entrada,
al perpetuarte en mí, de salida.

Y siendo de habla cortada,
de falta de aire cuando pretendo declararme,
finalmente sale la masa continua de las palabras precisas
y te digo, te confieso,
te atravieso a ojo-palabra dicha sin prisa
que te quiero, que te deseo,
que lo hacemos en Pi y en Zeta,
que lo hacemos con cualquier receta.

del poemario «Pelo mandarinas para ti»

Álvaro Villa André, alias “Las crónicas de Ava”, nació el 25-11- 1967, en Vigo, con una parálisis cerebral. Crece en Alemania hasta los 18 años. Su vida es marcada por la superación y su interés por las Artes. “Agrandamundos” (2017), es su tercer libro, anteriormente publicó “Poesias y frases del alma, de danza, amor y astronauta” (2014) y “Pelo mandarinas para ti” (2015). En 2016 aparece en la antología poética “1er Certamen de Poesía y Prosa Poética de Aliar”; de Aliar Ediciones. En 1991, consigue el II Premio en el Certamen de Poesía “Feliciano Rolán” de La Guardia (Pontevedra). En 2016 resulta ganador de la 3ª Edición del Concurso de Micro-relatos eróticos organizado por Tupper Sex Andalucía. Desde 2014, imparte “Talleres de poesía y motivación creativa” en Aspace de Granada. También es instructor de danza inclusiva en el grupo “Ruedas con ritmo” de Granada. En 2017, publica también el CD “Agrandamundos” con 9 composiciones musicales que ha realizado a lo largo de los años. Hay que mencionar la labor de Álvaro como motivador y ponente en diferentes eventos e institutos. Sus ponencias han servido a muchas personas de estímulo. Cuenta también con su propio canal en Youtube, (Las Crónicas de Ava), donde publica sus conocidos Video-poemas. Tiene una enorme versatilidad creativa, que manifiesta en la poesía, danza, música y actos de motivación.

La infancia

H. Armstrong Roberts/Retrofile/Getty Images

I

La infancia eran aquellos partidos de pelota en el
espacio convertido en garaje. Sorteábamos ladrillos,
barrotes de metal, carretillas. La presencia de los
restos, de todo aquello que nos esperaría con la edad
adulta; el polvo de la obra, sacos y más sacos
apilados. En ese lugar donde nos prometieron un parque
infantil no creció más que maleza entre el material de
construcción abandonado.

II

Pronto aprendimos que la palabra se diluye con la
misma fragilidad de aquellos juegos de la infancia.
Cuando el balón caía al prado había que sortear la
alambrada. Las cicatrices fueron moldeando los
prefijos en las tardes en las que las miradas resguardaron
su campo de visión detrás de los bordados de las cortinas.

III

Corríamos para ver quién era el más rápido con las
tareas asignadas. Ortografía, caligrafía, sumas y
restas. Con los años, perdiste el interés en el
aprendizaje. La tarea llegaba con manchones de aceite,
de chistorra o de chocolate. Pronto aprenderíamos que la
vida se parecería a aquellas primeras incursiones que
hacíamos monte abajo con cualquier cosa que nos
sirviera para deslizarnos sobre la nieve. Quisimos ir
tan rápido que el impacto contra la pared hizo que
nos arrastráramos al otro lado, al borde del riachuelo.
Las caídas nos han ido dejando diferentes restos sobre
la piel. Las huellas imborrables de la infancia.

IV

No parábamos de cantar y de saltar nada más salir de
clase. Cada día temíamos los ladridos desatados del
perro. Que se liberara de la cadena que lo sujetaba y
nos mordiera. No hubo día que no nos ladrara al
pasar por delante. Su hocico llegaba hasta
centímetros de nuestro paso del camino que nos llevaba al
colegio o a la iglesia. Cada día nos acecharían los
colmillos de la amenaza a unos pocos centímetros
desde que fuimos niños. Aprendimos a caminar
rozando la irregularidad de la pared, con las cazadoras
y mochilas llenas de musgo y de barro.

V

Lloraste desconsolada cuando manchaste de barro
el nuevo vestido asustada por la reprimenda de tu
madre. Eras la primera para jugar a pelota o fútbol.
En correr pendiente arriba o saltar la alambrada. El
campo nos daba una libertad ilimitada.
Redondeábamos aquellas expresiones sonrosadas junto
a los profesores que iban cambiando cada año en la fotografía
que nos sacaban en junio en las escaleras de la iglesia.
Aún los recordamos. Sería bonita una fotografía
conjunta de nuevo. ¿Dónde estarán ellos? ¿Seguirán
ejerciendo como profesores rurales? ¿Qué recordarán de
aquellos años? ¿Y nosotros, cuando el tiempo nos ha
convertido en unos absolutos desconocidos?
La infancia es esa patria del descubrimiento
en la que enarbolamos la bandera de la inocencia


de Otro cielo


Hasier Larretxea, poeta nacido en Arraoiz, Navarra, 1982. Ha publicado varios poemarios en euskera y castellano, idiomas en los que escribe indistintamente. En 2018 publica su primer trabajo narrativo en castellano, El lenguaje de los bosques, en la editorial Espasa.