La infancia

H. Armstrong Roberts/Retrofile/Getty Images

I

La infancia eran aquellos partidos de pelota en el
espacio convertido en garaje. Sorteábamos ladrillos,
barrotes de metal, carretillas. La presencia de los
restos, de todo aquello que nos esperaría con la edad
adulta; el polvo de la obra, sacos y más sacos
apilados. En ese lugar donde nos prometieron un parque
infantil no creció más que maleza entre el material de
construcción abandonado.

II

Pronto aprendimos que la palabra se diluye con la
misma fragilidad de aquellos juegos de la infancia.
Cuando el balón caía al prado había que sortear la
alambrada. Las cicatrices fueron moldeando los
prefijos en las tardes en las que las miradas resguardaron
su campo de visión detrás de los bordados de las cortinas.

III

Corríamos para ver quién era el más rápido con las
tareas asignadas. Ortografía, caligrafía, sumas y
restas. Con los años, perdiste el interés en el
aprendizaje. La tarea llegaba con manchones de aceite,
de chistorra o de chocolate. Pronto aprenderíamos que la
vida se parecería a aquellas primeras incursiones que
hacíamos monte abajo con cualquier cosa que nos
sirviera para deslizarnos sobre la nieve. Quisimos ir
tan rápido que el impacto contra la pared hizo que
nos arrastráramos al otro lado, al borde del riachuelo.
Las caídas nos han ido dejando diferentes restos sobre
la piel. Las huellas imborrables de la infancia.

IV

No parábamos de cantar y de saltar nada más salir de
clase. Cada día temíamos los ladridos desatados del
perro. Que se liberara de la cadena que lo sujetaba y
nos mordiera. No hubo día que no nos ladrara al
pasar por delante. Su hocico llegaba hasta
centímetros de nuestro paso del camino que nos llevaba al
colegio o a la iglesia. Cada día nos acecharían los
colmillos de la amenaza a unos pocos centímetros
desde que fuimos niños. Aprendimos a caminar
rozando la irregularidad de la pared, con las cazadoras
y mochilas llenas de musgo y de barro.

V

Lloraste desconsolada cuando manchaste de barro
el nuevo vestido asustada por la reprimenda de tu
madre. Eras la primera para jugar a pelota o fútbol.
En correr pendiente arriba o saltar la alambrada. El
campo nos daba una libertad ilimitada.
Redondeábamos aquellas expresiones sonrosadas junto
a los profesores que iban cambiando cada año en la fotografía
que nos sacaban en junio en las escaleras de la iglesia.
Aún los recordamos. Sería bonita una fotografía
conjunta de nuevo. ¿Dónde estarán ellos? ¿Seguirán
ejerciendo como profesores rurales? ¿Qué recordarán de
aquellos años? ¿Y nosotros, cuando el tiempo nos ha
convertido en unos absolutos desconocidos?
La infancia es esa patria del descubrimiento
en la que enarbolamos la bandera de la inocencia


de Otro cielo


Hasier Larretxea, poeta nacido en Arraoiz, Navarra, 1982. Ha publicado varios poemarios en euskera y castellano, idiomas en los que escribe indistintamente. En 2018 publica su primer trabajo narrativo en castellano, El lenguaje de los bosques, en la editorial Espasa. 

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