Credo

Porque tu gracia es pura,
creo en tu gracia, flor;
y en la tuya, celeste criatura
de amor.
Creo en tu fortaleza,
árbol potente,
y creo en tu belleza
¡oh, Madona doliente!
y en la suave tristeza
que te nimba la frente.
Hombre, yo creo en tu honradez
y en el duro trabajo de tu mano
y en tu mente que crea
día tras día por el bien humano
con el resplandor vivo de la idea.
También creo en ti, gusano.
Creo en la estrella
como creo en el lodo,
porque todo destella,
porque todo ilumina
a su modo.
Y porque creo en su doctrina
creo en Dios ante todo.
creo en el agua cristalina
y en la alta roca enhiesta;
y en la mañana campesina
y en la noche de fiesta
galante.
Creo en la espina
y creo en el diamante.
creo en ti, serpiente de ponzoña llena,
en ti, maléfica sirena
sensual;
y en ti, abeja de néctar borracha;
y en ti, pobre muchacha
sentimental.
Abismo, creo en ti.
Mar, en ti creo.
Y en ti, dolor que abundas;
y en ti, risa que todo lo fecundas.
Aire, aunque ni te palpo ni te veo
creo en ti, pies me circundas,
creo en ti, pues te deseo.
Zarzal, yo creo en ti.
Y en ti, soleado
fruto maduro.
Y en ti, pasado,
y en ti futuro,
y en ti, volcán hirviente;
y en ti, playa de Oriente
que nunca vi.
solamente…
¡Ah, solamente
no creo en mí!

*** *** ***

Elisabeth Mulder Pierluisi, o de casada Elizabeth Mulder de Dauner (Barcelona, 9 de febrero de 1904 – 28 de noviembre de 1987), escritora, poeta, traductora, periodista y crítica literaria española, que por edad puede inscribirse en la Generación del 27 femenina, las Sinsombrero.

Niñez ayer

fotografía de Iwona Podlasinska

Empecé en el campo
a construir dos barcas.
Una para el viento
otra para mí
nací desnuda
para pasar de barca a barca:

surcos allí donde dormía
surcos aquí donde ya no duermo,
surcos que prolongan la existencia
de mis brazos.
Bajo el sol
mi cuerpo al atardecer
con futuros poemas cubriendo
un canto especial de mariposa.

Reñía y saltaba
como los peces
y tenía un rincón para escribirme a solas
de niña a niña.
Y me perdía ya
por donde voy ahora
sin saber que era el viento contra mi ave
o la barca a punto
de convertirse en viento.
Entonces
no tenía entraña mi palabra,
era un espléndido cautiverio
de sol y hechizo y palabras
sin despertar del todo el misterio de un pozo
que llevaba entre enredaderas.

Mi primer poema
lo dediqué al junco,
a la veleta en el horizonte,
a mis perros que ya corrían para alcanzarme
y morder de mi gaviota.
Mis sueños confundían los rincones de la casa
o eran las esquinas puntos bellos
para nacer

o labrar un verso a la sombra.
Recorría eras,
y un pantano de color gris
cuando empezó mi amistad
con la gaviota
o palabra mía
que picoteaba mi frente.

Mi amor había caído en paz
como la prolongación del sueño
y veía a la hormiga
y ya podía pensar «lleva luto»
o me entristecía la higuera
abiertos sus frutos a cualquier insecto.
Sus frutos que aún no eran mis senos
olían a prisa
de crecer y entristecerme.
Ya entonces tenía poemas,
poemas ocultos
como los de tantos niños
que se esconden de sí
y escriben su llanto
en la primera mirada a su sexo.
Pero tenía estos y otros poemas,
llevaba un pozo de enredaderas
y el cautiverio de la palabra.

Hasta que un día dormí
con mis brazos
definitivamente abiertos
para decir mis cosas
en el poema que llevaba
a flor de esta boca caliente.

— — —

Pureza Canelo (Moraleja, Cáceres, 1947) poeta y gestora cultural española, premiada con el premio Adonáis en 1970 por Lugar común. Su obra ha sido traducida al inglés y al alemán.