La vieja magia

Ver volver, sentir la vieja magia,
como luz intensa de este nuevo abril,
garabatos blancos de gaviotas volando
y sobre la roca gris, piel brillante del sol.
Descubrir, en un cercado instante,
el resplandor de unas palabras,
las olas golpeando el desgastado malecón.
Después, con afilado terror,
verla desaparecer, esfumarse
en una espesa niebla o negra bruma
y otra vez, mago ya sin oficio ni truco,
perderme tanteante en el oscuro escenario
de agotados sueños, mineral de sombras,
ciega materia, sucias espumas de la muerte.

Juan Luis Panero, (Madrid, 1942-Gerona, 2013).

Calle de invierno

Sería, será renunciar a este pequeño sol de invierno,
anaranjada luz en la pared de ladrillo,
en la calle, desconocida y próxima,
donde el azar me retiene esta tarde.
Sería, será renunciar a este perro,
que me mira aburrido y me ladra sin ganas
mientras busca inúltimente un árbol.
Sería, será algo terrible y vacuo -inquietante por eso-
un flash inútil, un corte brusco,
unas huellas borradas en el asfalto sucio.
Sería, será otra luz parecida y distinta,
otra calle, el hueco sonido de otros pasos,
otro fantasma que me sueña y se sueña.
En una calle cualquiera, a la sombra del tiempo,
humanos y remotos, dos ojos entornados
me miran ya sin verme, como este perro ahora.

Juan Luis Panero, (Madrid, 1942-Gerona, 2013).

Bengalas en la oscuridad

Bengalas en la oscuridad
(Escuchando a Mozart)

Bengalas de brillantes colores
en la más espesa oscuridad de un túnel,
entre una luz y otra luz, inútiles,
chisporroteo de rojo, azul, dorado intenso,
fuego de violines, resplandor del viento,
alas quemadas de sueños sonámbulos.
Artificio y pasión, tercas brasas alegres,
la muerte repite mi nombre y yo lo escucho
con la absurda certeza de poseer la vida,
como en aquellas noches perdidas de la nada,
mirando las estrellas, soñándome inmortal.

Juan Luis Panero, (Madrid, 1942-Gerona, 2013).

Como si fuera un poema de amor

Esta ciudad tiene hoy tu rostro
y las gaviotas vuelan al final de tus ojos,
bajo las nubes grises de tu frente.
Ramas verdes de abril se mecen en tus labios
y cúpulas y torres surgen blancas entre tus dedos.
Un castillo de sombras se levanta en tu pecho
y un avión pasa lento recorriendo tu pelo.
Historia de tu cuerpo con calles y con rostros,
rincones de cansancio, paredes de colores,
luz que viene y se para, atónita, a tus pies,
como un perro dormido cuyo nombre ignoramos.
esta ciudad tendrá tu rostro para siempre
y en su cálida extensión conocida,
piel a piel hasta el hueso, piedra a piedra en los años,
tendrá el amor distancia y vivirá su muerte.
En tu lengua de pronto no hay pasado
y en tu lengua el presente se destruye,
y arde tu lengua y su saliva quema
mientras el río enorme desemboca
llevando bajo sus aguas nuestras voces.
Esta ciudad tendrá tu nombre para siempre
y lo escribo como si fuera verdad,
como si fueran de piedra o de acero mis palabras,
como si nada hubiera jamás de desmentirlas.
Una noche cualquiera, una tibia mañana
de una primavera de lluvias y tormentas,
con cinismo y cansancio, mas también un momento
con aquella ilusión que otro tiempo tuvieron
y un vencido calor que aún su piel alimenta,
dos seres frente al olvido abrazaron la vida.
Con tristeza más suave, oh qué melancolía,
junto al húmedo parque sus dos sombras temblaron
<< esta ciudad tendrá tu nombre para siempre>>
y se oyeron remotos anunciarse su adiós.

(Lisboa 1969)

Juan Luis Panero, (Madrid, 1942-Gerona, 2013).

Ceniza eterna

Música silenciosa del color, rumor del pincel y la tela,
símbolo simple, secreto azul y gris.
El tiempo pasa, pero no hiere, parece flotar,
suave en los contornos, detenido en las formas,
reflejos donde la realidad se sueña,
inventada luz, por eso más intensa.
Miles de ojos y una sola mirada
para pintar esta botella, depurar el blanco de esa loza,
desnudar, transparente piel cálida, fulgor acariciado,
el vidrio, el mantel, la madera, las frágiles flores,
para soñar distinta y única,
repetida y común, esta materia eterna,
sus huellas de espuma, su pálida ceniza.

Juan Luis Panero, (Madrid, 1942-Gerona, 2013).

Clavadas como garfios o garras

Clavadas como garfios o garras
a la tierra, las raices se aferran,
permanecen, presencia perdurable,
apariencia de vida tras la muerte.
Doblegadas ramas, derrotadas
aunque no vencidas por el sonoro viento
de la tramontana, aullido y látigo en la noche.
Tronco quebrado, casi astillas,
pero vida aún, todavía vida.
Miro esta tarde su pasivo existir
-tan real-, su terca materia muda,
nostalgia de otra lluvia, sombras de pájaros
en la agrietada madera, casi piedra.
Tanta vida en la muerte o al revés.
Y en su tenaz realidad una sombra nos sueña
o tal vez la soñamos, madera o piedra, ceniza o nada,
permanencia sin pasión ni pasado,
lo que yo podría ser si mañana despierto.

Juan Luis Panero, (Madrid, 1942-Gerona, 2013).

Oficio de palabras

Rescatando palabras, pequeñas islas de lucidez o de ternura,
sonidos, sílabas, donde aún late un poco de vida.
Rescatando palabras, de las siglas y las consignas,
de los editoriales de los periódicos,
de los anuncios de radio y televisión,
de las voces muertas y embalsamadas en las pantallas,
de las programadas conversaciones de los ejecutivos
o de los tediosos discursos ministeriales,
de las arengas patrióticas, de los siniestros sermones.
Rescatando palabras para nada,
para cubrir, sin pena ni gloria, un papel en blanco,
una lápida, donde escribir el repetido epitafio.
Oficio condenado, terca miseria del poeta.
Pero a veces, muy pocas, compensan las palabras,
por ejemplo esta mañana, medio dormidos,
cuando sentía tu piel junto a mi piel,
la suave longitud de tus piernas,
el rastro de mis manos en tu sexo,
y los dos, en silencio, creamos un idioma.

Juan Luis Panero (Madrid, 1942-2013)

Atardecer en Pie de la Cuesta

Pero cómo puede ser verdad tanta belleza
y cómo aún emocionarme así,
con el antiguo estupor, remota adolescencia defraudada,
con que ahora llega esta luz implacable y me ciega.
La mezquindad de nuestra vida,
sus negras horas y sus torpes hechos,
un momento se nublan, casi desaparecen frente a este mar,
frente a estas olas, enormes muros de cristal salvaje,
espuma, delgada llama en su blanca luz viva,
en su tenaz azul, extenso y agrietado.
Derramada inmensidad, poderosa y ávida,
arrancando la arena de la playa,
fundiendo su soledad en nuestra soledad.
Atardece, con increible y codiciada lentitud,
con larga anchura de mundo a la redonda,
frente al bramido sordo del Pacífico
entre palmeras locas enlazadas
y humo de hierba abriendo las pupilas.
Rojo y morado y otra vez rojo y lila al fondo,
pintada realidad tiñendo nuestros cuerpos,
bañando nuestros rostros de un color imposible.
Desolada belleza fugitiva, por eso es más hermosa,
y tu figura sola, contraluz del crepúsculo,
medida humana, necesaria y cálida.
Detenidos minutos, segundos como horas,
viendo morir un sueño, su gran pájaro herido.
Todos los días se repetirá el prodigio
y clamará la luz y doblarán las olas
sobre la arena prófuga de Pie de la Cuesta.
Pero ya no estaremos y si acaso estuviéramos
distinto sería: latido inútil, amargo, asombro del fracaso.
Bien está que nunca más veamos como ahora
la agonía más viva, los últimos latidos
de un mundo de belleza derrumbándose ciego
sobre torres de olas, fallarones de espuma,
barandal eterno de la tierra y el cielo.
Como después de una noche de amor inesperada
o como un recuerdo de algo ya perdido
al terminar nos miramos incrédulos,
más vacíos y solos, más tristes de nosotros.
Con profundo dolor su intensidad nos hiere,
posesión del misterio más simple, inexplicable;
imágenes de muerte, terco sabor de vida,
en tus ojos oscuros he visto llorar un dios.

Juan Luis Panero, (Madrid, 1942-Gerona, 2013).

Vals en solitario

obra de Vladimir Pervunensky

Extraño ser y extraño amor, tuyo y mío,
absurda historia, delirantes imágenes,
remotos pasajeros en un tren sin destino,
compañeros entonces, unidos y tan lejos,
al filo de la vida, donde duerme el silencio.

Suene por ti, interminable, un vals,
suenen por ti, incansables violines,
suene una orquesta en el salón enorme,
suenen tus huesos celebrando tu espíritu.

Una copa de tallado cristal, alzada al cielo,
brinde por tu azul adolescencia disecada
y madera y metal festejen tu retrato
de borrosa figura y suave pelo oscuro.
Suene, suene hasta el fin el largo trémolo,
la delicada melodía, vagarosas nubes de pasión
bañando de alegres lágrimas tus ojos imposibles,
dibujando en tus labios un deseo perdido,
entrega fugitiva, besando sólo el aire.

Vals en el tiempo y en la dicha sonámbula
de la eterna alegría y la más tersa piel
riendo bajo luces de radiantes reflejos,
inmóviles estrellas en la noche fingida.

Música y sueño, sueño technicolor,
tan cursi y tonto que llena de ternura
en algunos momentos del todo indeseables
cuando vivir resulta un sueño más grotesco.

Oh amor de Mayerling y antigua Viena,
dulce Danubio y fuegos de artificio.

Oh amor, amor al amor, que te conserva
como un oculto talismán y mariposas disecadas.

Extraño ser, extraño amor, extraña vida tuya.

Una gota de sangre en una gota de champagne,
el ruido de un disparo irrumpiendo en la música,
un helado sudor tras las blancas pecheras,
no podrán detenerte, hacer cambiar tu paso.

Tú seguirás, sobre ti misma, bailando siempre,
soñando siempre, soñando enloquecida,
aunque caigan, con estruendo de cascote y tierra,
los decorados techos, las gráciles arañas,
y rasguen lentamente tu rostros los espejos
y en un quejido mueran las cuerdas y sus notas.

Tú seguirás, eternamente sola y desolada,
girando entre las ruinas, evocando otras voces,
sonriendo a fantasmas con tímida esperanza,
en helados balcones abrazada a tus brazos.

Verás borrar la noche, su temblor inconstante
y otra luz, turbia luz, iluminar tu reino.

Su terquedad cruel descubrirá las ruinas
y la verdad del tiempo detrás de tus pupilas.

Pero tú seguirás sin detenerte nunca,
fantasma ya tú misma en el gris de la sombra,
altiva la cabeza sobre el cuello intocable,
girando para siempre, bailando para siempre,
frente a la sucia realidad de la muerte,
frente a la torpe mezquindad de los hechos.

Tú seguirás, extraño ser, extraño amor,
danzando sola, escuchando impasible
ese vals de derrota, extraña magia,
ese vals de derrota, tu más cierta victoria.

Juan Luis Panero, (Madrid, 1942-Gerona, 2013).

Con aroma de sal

obra de Vicente Romero Redondo

Con aroma de sal y húmeda madera golpeada,
con el interminable quebrantar de las olas
y las luces que oscilan lejanas y amarillas,
tu cuerpo llega desnudo a mi memoria.
Y puedo repetir, rozar tal vez, la levantada blancura de tu pecho,
tus lentos muslos sobre la arena cálida,
la rendida posesión de tu cansancio,
ocultos en la oscuridad, en ella unidos.
Una noche de agosto, frente al mar del verano,
frente a la espuma dorada por la luna,
dos cuerpos, dos garras de ansiedad se abrazaron
y en su unión, también la oscuridad fue estremecida.
Desandada ternura que ahora toco y se escapa,
mientras sueño y aún veo el color de tu piel,
la fugaz certidumbre de tu sexo
y como una herida me estremece tu lengua.
Fantasma adolescente que inútil me señalas,
¿qué haces bajo esta lluvia lejana de febrero?
mientras todas las estrellas de la noche temblando
ven tu cuerpo desnudo penetrar en la sombra.

Juan Luis Panero, (Madrid, 1942-Gerona, 2013). Poeta español, Juan Luis Panero (hijo de Leopoldo Panero y hermano del también poeta Leopoldo María Panero) estudió Literatura y Lengua y fue un activo colaborador como crítico en importantes revistas culturales. De escasa producción, pero de gran calidad, recibió premios como el Loewe de poesía o el Comillas de Biografía, Autobiografía y Memorias. Leyendas y lecturas (2006) fue su última publicación.