Don Quijote es armado caballero…

ALEXIS2006

Y fatigado de este pensamiento,
abrevió su frugal y triste cena,
llamó al ventero sin ninguna pena
y encerrose con él por un momento

en la caballeriza y de rodillas
se hincó ante él, diciendo: «—No me voy
jamás a levantar de donde estoy,
valiente paladín, si no me pillas

y me otorgas con toda cortesía
el don que hoy a pedir mi voz alcanza,
el cual redundará en vuestra alabanza
y del género humano a cada día».

El ventero lo vio a sus pies rendirse,
escuchó semejantes sinrazones
y confuso pensaba: «¿Dar qué dones?»
No sabía qué hacer ni qué decirse.

El ventero porfiaba y le pedía
se levantase; mas no quiso oír,
hasta que hubo el ventero de decir
que le otorgaba el don que le pedía.

«—No esperaba yo menos, señor mío,
de la gran magnificencia vuestra
–respondió don Quijote–. Me demuestra
que es magnánimo y tiene poderío,

y así os digo que el don que os he pedido
y de vuestro esplendor me ha sido dado,
es que mañana me dejase armado
caballero cual otros que he leído.

Esta noche, señor, en la capilla
de este castillo velaré las armas;
y mañana, con todas las alarmas,
cumplirá lo que pido de rodillas.

Me armará caballero en un segundo
para poder, como se debe, ir
a buscar aventura y combatir
por los cuatro costados de este mundo.

Iré en pro de los menesterosos,
como es deber de la caballería
y de los caballeros. Estaría
dispuesto a pleitos harto peligrosos».

El ventero, que como ya está dicho,
era algo socarrón, y que tenía
barruntos del delirio que sufría
el huésped de la adarga y el capricho,

acabó de creerlo al escuchar
semejante razón, y por reír
aquella noche, decidió seguir
el humor, refrenando el carcajear;

y le dijo que andaba muy acertado
en lo que deseaba y le pedía,
y que tal prosupuesto de hidalguía
era propio de un hombre preparado

tal como él parecía y se mostraba,
y que, asimismo, cuando él era mozo
se había dado al ejercicio honroso
de andante caballero, y siempre andaba

en diversos lugares muy lejanos
buscando sus venturas y aventuras,
sin que hubiesen faltado las llanuras,
ni percheles de Málaga en sus manos.

Y díjole también que en su castillo
no había una capilla en que poder
velar las armas, pues la iba a hacer
nueva, distinta, con más luz y brillo;

pero que en caso de necesidad
él podía velarlas dondequiera,
y esa noche podría, si quisiera,
velarlas de su patio en la mitad,

y a la mañana, siendo Dios servido,
se haría la debida ceremonia
de forma que con grave parsimonia
quedase en caballero convertido.

Preguntó si traía los dineros.
Respondió don Quijote que ni blanca,
pues no había leído (frase franca)
en las historias de los caballeros

andantes que ninguno los trajese.
Y a esto dijo el ventero: «—Engaño ha sido,
si en los libros no está es que ha parecido
a los autores o a quien lo escribiese

que no era menester poner escrita
una cosa tan clara y necesaria
como el dinero o la camisa diaria
que todo caballero necesita,

mas no por eso había de creerse
que nunca los trajeron; dé por cierto
que todo caballero es un experto
en autoalimentarse y mantenerse.

Por esto le aconsejo en sus salidas
(como a un verdadero y noble ahijado)
que no ande sin dineros, tan menguado,
y sin las prevenciones referidas».

Autor: Alexis Díaz-Pimienta
Fragmento del libro En un lugar de la Mancha, con ilustraciones de Roberto Fabelo (Editorial Gente Nueva, La Habana, 2004)
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Lazarillo de Tormes -fragmento

lazarillo tormes 2.jpg

Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos, y yo muy de
presto le asía y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar. Mas
durome poco, que en los tragos conocía la falta, y, por reservar su vino a
salvo, nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido.
Mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con una paja larga
de centeno que para aquel menester tenía hecha, la cual, metiéndola en
la boca del jarro, chupando el vino, lo dejaba a buenas noches. Mas, como
fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y dende en adelante mudó
propósito y asentaba su jarro entre las piernas y atapábale con la mano,
y así bebía seguro.

Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio
de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle
una fuentecilla y agujero sutil, y, delicadamente, con una muy delgada tortilla
de cera, taparlo; y, al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame
entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre
que teníamos, y, al calor de ella luego derretida la cera, por ser muy poca,
comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera
ponía, que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no
hallaba nada. Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no
sabiendo qué podía ser.

–No diréis, tío, que os lo bebo yo –decía–, pues no le quitáis de la mano.

Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla;
mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido.

Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando
el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía,
sentéme como solía; estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara
puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso
licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de
mí venganza, y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce
y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con
todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada de esto se
guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente
me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había
caído encima.

Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan
grande, que los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela
por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día
me quedé.

Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y, aunque me quería y regalaba
y me curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo. Lavóme con
vino las roturas que con los pedazos del jarro me había hecho, y, sonriéndose,
decía:

–¿Qué te parece Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud –y otros donaires
que a mi gusto no lo eran.

cenefa

Fragmento de Lazarillo de Tormes,  máxima representación de la novela picaresca española del Siglo XVI. Apareció en 1554, de autor desconocido.

Está escrita en forma autobiográfica. El protagonista es un “pícaro” que va pasando a través de distintos amos. A la vez que se demuestra la realidad social de la época, se hace una sátira de ciertas situaciones y hay una crítica a ciertas situaciones del clero y de la nobleza de la época.

Es un relato en primera persona de episodios de la vida del protagonista que vienen a justificar su situación final poco afortunada. “Lazarillo de Tormes” consta de siete tratados, en su paso a través de nueve diferentes amos. Es un tipo de literatura popular. Si bien hay quienes definen al “pícaro” como amoral, a Lázaro el lector llega a quererlo, y justificar ciertas travesuras, pues la causa que lo lleva a actuar así es el hambre y la necesidad de supervivencia.

La lengua utilizada es el Castellano que si bien ya es una lengua que ha evolucionado, que dejó atrás el Romance, pero el lector encontrará usos y giros propios de la lengua de comienzos del Renacimiento.

Autor de la imagen Fernando G. Baptista.

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