Por el laurel difunto

manos

Aquí estás, en la tierra que me duele
por la corola abierta y emigrada
y justo en el invierno que atravieso
para ir de mi dolor a mis palabras.
Mira aquí, en la tiniebla que te sigue,
tu desolado rostro y estas lágrimas,
tan hondas que te brotan inconclusas
y te llenan de estrellas desgarradas.

Debajo de tu piel hay como un niño
que no salió a la sombra de los árboles
ni sintió la dulzura con que instala
su dolor y su júbilo la sangre.

Y es así que en tu voz, donde naufragan
los pájaros no vistos, los cristales
de corriente y de música negadas,
algo que duele —fracasado y tierno—
no se puede morir, siempre se queda
tal como en la estatura de la ola,
coronada de espumas y de espacios,
dulcísimo y menor se escucha siempre
el lírico metal de las arenas.

Yo te he amado en la sombra
de mi predio espantable y transitorio.
Mas no con brazos de mujer te he amado,
ni con los dedos de esperanza y hambre
que tejen mi tapiz, mientras desciende
sobre mi sol desértico el eclipse
del ala que me falta y vuelve el ángel:
con el dolor te amé de ver un río
ausente de su cauce.

No nos une en el tiempo sino un llanto
que no tuvo garganta en que alojarse
y la tibia estación de una caricia
de cuyas manos vi la arquitectura
adentro de mí misma desplomarse.

Esa ceniza de alguien que no vino,
a quien no pude dar el minucioso
labrado de su voz y su columna,
ese entrañable muerto de mí misma
cuyo nombre no sé ni sé su rostro,
es la madera impar de este naufragio
y nada más la huella de nosotros.

Eres toda la tierra que contengo,
todo el dolor mortal que haya sufrido.
Por el niño que amé bajo tus ojos
y que nunca saliera de ti mismo,
por el laurel difunto que me diste
para que en mí elevara sombra y fruto,
este amargo poema en que recuerdo
la única posible coincidencia
que existió entre mi carne y mi destino.

Laurel de ángel, 1948

Margarita Michelena

Hipótesis del vuelo

enma godoy

A Emma Godoy

El aire está en reposo. Todo calla.
Mas de pronto sobreviene un rumor,
un ruido repentino de seda que se rasga.
Y nada más. Un pájaro que vuela.
Y un gran misterio a nuestro lado pasa.

El pájaro se suelta de la rama
como una manzana
contraria a la costumbre de todas las manzanas,
fruto cuya materia sumisa se libera
del destino terrestre y a sí mismo se alza.
No es ya el peso luciente ni el color desplomado,
sino el puro, inasible resplandor del sonido.
Y allá va, frágil pluma, velocidad alegre,
ya dividiendo el aire con su quilla de trinos
o ya sonora isla temblando en el espacio.

¿Qué es esta criatura simple y sabia?
¿Cómo cumple su afortunado signo peligroso?
¿Sobre la palma de qué mano se confía
el gozo de esta ideal y misteriosa máquina?

Y no. No son las alas las sustentadoras
de este embriagado y lúcido cometa,
de este orbe levísimo de pluma,
de esta resplandeciente y viva flecha.
No. No hay razón mecánica que explique
la ardiente, pura dicha de este vuelo,
sino que hay algo más, algo que habita
al ave más adentro que sus alas,
algo que anima el túnel delicado,
el tallo de cristal de su garganta.
Allí está su secreto más secreto,
allí está su habitante misterioso,
la fuerza que lo eleva, la mano que lo alza,
esa mano infinita
que no estando jamás sino allí adentro,
se abre en medio del aire como flor sin orillas
y ampara y rige el vuelo.

No combaten el pájaro y el viento.
El pájaro es la música
y el aire su hechizado instrumento.
Para saber por qué vuelan los pájaros
no hay que ver los sofismas de sus alas,
sino escuchar el río iluminado
que empieza en su garganta.
Las razones del vuelo son razones de música
y si el pájaro vuela, es sólo porque canta.

Margarita Michelena (1917-1998)

del poemario Reunión de Imágenes

A ti, rosal, nevado por la cima

rosa con nieve

A ti, rosal, nevado por la cima
de hielo ligerísimo,
a ti, que en el rigor abres tu rosa
póstuma, desplegada
sobre tu vago verde, y que la agitas
como una carta del verano ausente.

A ti, esbeltez intrépida, que subes
para estallar de tu mudez de espinas
hasta tu coro de dispersa nieve,
para mecer y para orear tu viaje,
en ésa tu paloma de alas quietas,
bajel de suavidad, vuelo de espumas.

Para ti, que contigo la trajiste,
que la sacaste de la tierra oscura
como si nos subieras un diamante.
Para ti, que una noche la tuviste
en soledad, como se tiene un sueño,
y luego, bajo el sol, su puerta abriste
igual que desatando
una celeste voz en tus espinas,
lo mismo que si anclaras
una pequeña nube en tus orillas.
Para ti, tesorero de la nieve,
silencioso arquitecto de la espuma,
este poema de este triste día.

Es que hablándote así, del frágil tallo
hundido y doloroso de mi voz,
desde mi noche que olvidó su estrella,
desde mi soledad, desde mi enero
y su granizo y sus perdidas aves,
me parece, loándote en la gloria
tardía y denotada en que terminas,
que, como tú, levanto yo una rosa.

Laurel de ángel, 1948

Margarita Michelena