Bosque de música

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Alto de Azpegi, Navarra, fotografía de María J. Leza © 

Mi ser fluye en tu música,
bosque dormido en el tiempo,
rendido a la nostalgia de los lagos del cielo.
¿cómo olvidar que soy oculta melodía
y tu adusta penumbra voz de los misterios?
He interrogado los aires que besan la sombra,
he oído en el silencio tristes fuentes perdidas,
y todo eleva mis sueños a músicas celestes.
Voy con las primaveras que te visitan de noche,
que dan vida a las flores en tus sombras azules
y me revelan el vago sufrir de tus secretos.
Tu sopor de luciérnagas es lenta astronomía
que gira en mi susurro de follaje en el viento
y alas da a los suspiros de las almas que escondes.
¿Murió aquí el cazador, al pie de las orquídeas,
el cazador nostálgico por tu magia embriagado?
Oh, bosque: tú que sabes vivir de soledades
¿adonde va en la noche el hondo suspirar?

Vicente Gerbasi, Poeta y ensayista venezolano nacido en Canoabo en 1913-1992

En 1982 recibió el premio Conac de poesía al mejor libro del año «Edades perdidas» y fue nombrado además Profesor Honoris Causa de La Universidad Simón Rodríguez de Caracas.

Las gaviotas

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fotografía de María J. Leza ©

Todas las tardes
se reúnen las gaviotas
frente a la estación del tren:
Allí repasan sus amores.

En su libro de memorias
dos flores de sándalo:
una señala la página de los puentes,
otra la de los suicidas.

Y también guardan una fotografía
del mendigo que, hace tiempo, transportaba
los despojos del mercado.

Pero su pequeño corazón
-que es el de los equilibristas-
por nada suspira tanto
como por esa lluvia tonta
que casi siempre trae el viento,
que casi siempre trae el sol.

Por nada suspira tanto
como por el inacabable
(cabalé, cabalá),
continuo mudar
del cielo y de los días.

Kalatxoriak

Beren maitasunak errepasatzeko,
hiriko kalatxoriak
arratsero biltzen dira estazio aurrean;

Beren memoria liburuan
sandalo lore batez seinalatzen da
zubien eta
lapur zahartuen orrialdea.

Eta on derizkiete
teilatu pitzatuei ere,
merkatu alboko hondakinei;

Baina beren ekilibrista bihotzek
zer maite dezakete
gehien gehien;
Zer,
egunen mudapen
amaiezina ezpada;
Zer,
egunen mudapen
infinitoa baino gehiago.

 José Irazu Garmendia, nació en Asteasu, Gipuzkoa, el 27 de julio de 1951. Seguramente, fueron el deseo de emular a grandes autores de la literatura universal, y la intención de esquivar la censura franquista algunas de las razones que le llevaron a adoptar el seudónimo de Bernardo Atxaga.

Es Licenciado en Económicas por la Universidad de Bilbao (actual Universidad del País Vasco), miembro de la Real Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia, y ante todo, un apasionado de la literatura que ha demostrado que se puede ser universal escribiendo en euskara, lengua antiquísima, de origen preindoeuropeo y hablada en la actualidad por unas 700.000 personas.

Suave, pausada…

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fotografía de María J. Leza © 

Suave, pausada, tierna, transparente,
como un cristal flexible, dulce el tacto.

El sol es un redondo albaricoque
limpio y maduro, con sabor y zumo,
sobre la porcelana de la tarde.

¡Qué rostro delicado de Narciso
inclina el cielo sobre el agua lenta!

Esas menudas nubecillas tienen
mejillas sonrosadas, como niños.

Plata sin brillo y verde sin violencia
las vacilantes hojas de los álamos.

Frente al medido vuelo de las aves,
mi vida se remansa: que no sufra
el pecho inmóvil de la tierra blanda
bajo mis pasos; que mis manos, quietas,
no pongan roces en el aire tibio;
que no rayen mis ojos
ese pulido esmalte de las cosas.

Respiraré el aliento de la tarde,
sola, sin voz: que acaso las palabras
lastimen el purísimo silencio.

poesía de Ángela Figuera Aymerich
fotografía de María J. Leza, atardecer en San Sebastián ©

todos los derechos reservados

Era un bello silencio

atardecer

Fotografía de María J. Leza ©, lago de Capbreton, Francia

Sans le silence, l´amour, n´aurait
ni gôut, ni parfum étérnel
Maeterlink

Era un bello silencio, un silencio divino,
vibrante de pensares, tremante de emoción,
un silencio muy grave, de sentir peregrino,
un silencio muy quedo, con dejos de oración.
Cállate no respires, ni turbes el silencio
con el ritmo armonioso de un poema de amor;
cállate, que es muy tímido y frágil el silencio,
no rompas de este instante el filtro seductor.
Cállate y no pienses; a través del espacio,
cruza fugaz la estrella de una hermosa ilusión;
cállate, ¿no sientes su fulgor de topacio
encenderse en mi pecho y herir tu corazón?
Cállate; ya sé yo que tus labios murmuran
ternuras infinitas, creadas para mí;
cállate; sin hablar mil voces las susurran;
cállate; el silencio me acerca más a ti.
Era un silencio triste, un silencio lloroso,
un silencio muy puro de candor virginal,
un silencio sereno, vagamente amoroso,
que la bruma envolvía en su tenue cendal.

de En silencio , 1926

poesía de   Ernestina de Champourcin