Nadando bajo la bóveda de un cielo sin estrellas

capucha negra vacía

Nadando bajo la bóveda de un cielo sin estrellas,
un universo infinito de orfandad acuna mis ojos.
Nada tengo entre las manos, dos sarmientos sin tacto.
Camino arrastrando sin tiento mis pobres despojos
apurando mis lágrimas y un infierno putrefacto.

Nada queda, nada soy, nada fui, porque nada fuimos.

Me envuelve un invierno preñado de nieves infinitas
escondiendo los senderos que a la esperanza llevan.

Nada queda, nada soy, nada fui, porque nada fuimos.

Hiciste mis versos ciegos, amalgamas de palabras,
asonancias sin música, sin ritmo y sin cadencias
sonidos inertes, enterrados en sílabas yertas.

Nada queda, nada soy, nada fui, porque nada fuimos.

Queda un sillón vacío sosteniendo la tarde muerta,
unas manos abrazadas al hueco de tu ausencia
esperando la llegada segura de la guadaña.
Rompen las lágrimas la noche aterida de recuerdos,
incinerando este corazón carente de latidos,
desgranando el dolor, alaridos mudos y silentes,
ocupando por completo la sangre del crepúsculo.

Nada queda, nada soy, nada fui, porque nada fuimos.

Sobre la memoria navega a la deriva un náufrago
oteando un horizonte ciego de ojos y estrellas.
Llora el viento quedo y ausente sobre la arriada vela
ocultando en el mar del olvido el llanto del río.

Nada queda, nada soy, nada fui, porque nada fuimos.

Fantasmas apresados por el tiempo y el olvido
ungiendo con vinagre amargo la sangre y las heridas,
inyectando el dolor a manos llenas en el pecho.

Nada queda, nada soy, nada fui, porque nada fuimos.

Una tumba queda solitaria al lado del camino:
ningún nombre, ningún sueño, ningún beso, solo ausencias.

Nada queda, nada soy, nada fui, porque nada fuimos.

Juntaré en la escarcela que cuelga de mi hombro
un trozo de olvido, heridas abiertas del pasado,
y esperanzas rotas por las dentelladas del olvido.
¿Gana siempre el fúcar, dueño de las olas de la playa
o pierde siempre el peregrino con zapatos rotos?

Nada queda, nada soy, nada fui, porque nada fuimos.

 

Nicolás Puente Martínez: Nací comenzada ya la madrugada de un 28 de febrero de 1963 en Dehesas, un pueblo de la provincia León, en la región del Bierzo. Acompañado desde mi infancia por la permanente presencia en el horizonte de las Medulas: Montañas heridas y horadadas por los romanos en su afán de llevarse hasta la última pepita de oro.
Mi niñez fue un permanente corretear por los prados verdes, entre los árboles frutales, entre las hortalizas. Recuerdo especialmente el aroma del trigo, la cebada y el centeno… Olores, sabores, sensaciones todas que ha ido formando mi sensibilidad y mantienen viva desde la lejanía la añoranza.
Con cuatro años mi madre me envió con mi abuela. Ella me encomendó al maestro, por amistad, para poder trabajar en el campo y para que jugara con los otros niños. Recuerdo que cada día me enviaba con una bolsita de caramelos para que no molestase. No sé si sería traste o no, pero el maestro, para que no me pegasen los mayores, me envió con su esposa a la escuela de las niñas. Y así, en tiempos de Franco, estudié en medio de muchachas.
De nuevo mi madre me trajo al pueblo y ahí empezaron mis problemas con la escuela y la zapatilla. El maestro se negó a que con cuatro años hubiera hecho primero y no me lo reconoció. El aburrimiento me impedía aparecer en clase por la tarde y la zapatilla de mi madre me recordaba mis obligaciones.
Con nueve años deje el pueblo y fui estudiando en varias ciudades hasta llegar a Madrid, donde acabe mis estudios.
Ya en Madrid, en los tiempos de Tierno Galván, —y como anécdota—, me presenté a un concurso de poesía con un tema religioso y en contra de todos los pronósticos quedé el tercero.
Trabajé como docente en un Colegio durante cinco años y me vine a Alemania para hacer la tesis doctoral (no llegue a terminarla).
Aquí eché raíces y aquí sigo, en el Ministerio de Geología y Minas, frente a un ordenador con el que gano el sustento para mi familia y con el que escribo al dictado de los sueños.
Mi obra se reduce a un libro de cuentos de navidad, escrito junto con Paqui Valenzuela y publicado por Peripecias Libros y, en la misma editorial, un libro de poemas: “De amor, desamor y otros demonios”. Y ya con ‘Célebre Editorial, “La estrella de mis sueños”, también junto a Paqui Valenzuela.
Lo que escribo me lo dictan las casualidades cotidianas: Un artículo del periódico, un hecho en la calle que me llama la atención, un sueño… El resto es darle forma, corregir y volver a corregir.
No tengo grandes pretensiones ¡Quizá solo una! Que algo de lo que escriba se salve de la papelera.

Si alguna vez te asaltan los recuerdos

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Si alguna vez te asaltan los recuerdos
y pintan en tu boca una esquiva sonrisa,
un pálpito inquieto de añoranza,
una emoción, un latido nostálgico…

Si se niega el sueño a plantar la noche en tus ojos
y sientes tu mano enlazada a otra mano,
un aliento inexistente subiendo por tu cuello,
un soplo en tu oído, unos dedos en tu pelo…

Si notas una lágrima nostálgica saliéndote del alma
y horadando lenta la soledad de tus mejillas
mientras recorres las mismas calles de antaño
ceñida a su cintura y miras por sus ojos la Giralda…

Si asaltan tu memoria caminos de luz llevándote de la mano
y un puente de piedra te sienta en su banco
donde la tarde borra el carmín de tus labios con besos
grabando a fuego su nombre en tu seno…

No te olvides, no lo olvides… No lo olvido.

Nicolás Puente: Nací comenzada ya la madrugada de un 28 de febrero de 1963 en Dehesas, un pueblo de la provincia León, en la región del Bierzo. Acompañado desde mi infancia por la permanente presencia en el horizonte de las Medulas: Montañas heridas y horadadas por los romanos en su afán de llevarse hasta la última pepita de oro.
Mi niñez fue un permanente corretear por los prados verdes, entre los árboles frutales, entre las hortalizas. Recuerdo especialmente el aroma del trigo, la cebada y el centeno… Olores, sabores, sensaciones todas que ha ido formando mi sensibilidad y mantienen viva desde la lejanía la añoranza.
Con cuatro años mi madre me envió con mi abuela. Ella me encomendó al maestro, por amistad, para poder trabajar en el campo y para que jugara con los otros niños. Recuerdo que cada día me enviaba con una bolsita de caramelos para que no molestase. No sé si sería traste o no, pero el maestro, para que no me pegasen los mayores, me envió con su esposa a la escuela de las niñas. Y así, en tiempos de Franco, estudié en medio de muchachas.
De nuevo mi madre me trajo al pueblo y ahí empezaron mis problemas con la escuela y la zapatilla. El maestro se negó a que con cuatro años hubiera hecho primero y no me lo reconoció. El aburrimiento me impedía aparecer en clase por la tarde y la zapatilla de mi madre me recordaba mis obligaciones.
Con nueve años deje el pueblo y fui estudiando en varias ciudades hasta llegar a Madrid, donde acabe mis estudios. Ya en Madrid, en los tiempos de Tierno Galván, —y como anécdota—, me presenté a un concurso de poesía con un tema religioso y en contra de todos los pronósticos quedé el tercero.
Trabajé como docente en un Colegio durante cinco años y me vine a Alemania para hacer la tesis doctoral (no llegue a terminarla).
Aquí eché raíces y aquí sigo, en el Ministerio de Geología y Minas, frente a un ordenador con el que gano el sustento para mi familia y con el que escribo al dictado de los sueños.
Mi obra se reduce a un libro de cuentos de navidad, escrito junto con Paqui Valenzuela y publicado por Peripecias Libros y, en la misma editorial, un libro de poemas: “De amor, desamor y otros demonios”. Y ya con ‘Célebre Editorial, “La estrella de mis sueños”, también junto a Paqui Valenzuela.
Lo que escribo me lo dictan las casualidades cotidianas: Un artículo del periódico, un hecho en la calle que me llama la atención, un sueño… El resto es darle forma, corregir y volver a corregir.
No tengo grandes pretensiones ¡Quizá solo una! Que algo de lo que escriba se salve de la papelera.