La herida absurda

Didier Lourenco
Obra de Didier Lourenço

¿Y quién alguna vez no estuvo en Itaca?
(Francisca Aguirre)

Hay palabras que siempre se escriben en voz alta,
se dicen con los dientes, con la fuerza
que tiene lo que brota
en el pulso rabioso de los versos:
la maldición o el látigo de las mujeres fuertes
o los versos de piedra de la tragedia antigua.

Son las madres terribles que gritan en la sombra
y encienden las hogueras y ruegan por nosotros.

porque la llama a veces alimenta una antorcha
de esperanza y a veces
crece en la elemental espiga combustible,
en la pura raíz de los incendios.

Una mujer se asoma a la ventana
con temblor y con ira, ardiente y compasiva
con todo lo que vive y pasa por la calle.

Y entonces va creciendo una nostalgia
secreta, algún humilde afecto
o el fulgor de la infancia,
la guitarra interior y todo lo que tiene
nombre propio o memoria
y vive en el presente de las desolaciones
y en la angustia que brilla en el vacío
con un dolor que dice su abrigo y su consuelo.

Brota y crece la tarde
de alguna fuente oculta
por la vena más honda del dolor,
en la germinativa
virtud de los jardines secretos de la infancia.
Y entonces la palabra
es tibia y transparente
y es música o vihuela.

Pero ahora hay que callar,
callar y dar las gracias
a esa mujer herida
y fuerte y compasiva.

De “La flor de las cenizas” de Santos Domínguez Ramos (Cáceres, 1955)  poeta, catedrático de literatura y crítico literario español.

Flor de almendro

flor de almendro

Y soy también los barcos y el cielo que los cubre
(J. Saramago)

En la primera hora del solsticio,
una arteria de luz roja y mojada
desborda la mañana
sobre el desmayo blanco del último lucero
del frío anterior al día y anterior a la noche
residual de las vísperas.

Se agitan en el monte sus últimas banderas
moradas, las arrastra
un viento ciego y negro.

Como la muerte mínima, como la muerte anónima
que anuncia una campana
con su pena pequeña en la clausura
del huerto monacal en la ciudad antigua
donde tañe la luz con la frialdad del bronce
y el peso del estaño
en sus últimas fugas.

Porque hoy levanta el aire
la sábana callada del silencio
que corta la mañana con cuchillas de escarcha.

El tiempo y el rumor
de las campanas húmedas
flotan sobre la niebla,
bajo el frío que han dejado
las estrellas que han muerto y brillan todavía
en su noche de muérdago, líquida y transparente.

Su silencio es igual que el silencio que tienen
los almendros en flor que el viento blanco arrasa,
la sombra del helecho o la raíz amarga de la ortiga
en el letargo fósil del pez de la memoria.

En la niebla amarilla con lámparas de aceite,
en su antigua penumbra indiferente,
no tiembla ya el paisaje con largo escalofrío,
es tu voz la que calla.

No miras ya el paisaje: eres tú ese paisaje.

 

de La flor de las cenizas. Premio Ciudad de Irún. Fundación Kutxa. San Sebastián, 2007.

Santos Domínguez Ramos, (Cáceres 1955) es un poeta, catedrático de literatura y crítico literario español. A lo largo de su trayectoria ha obtenido diversos premios nacionales e internacionales. Sus poemas han aparecido en revistas literarias de prestigio, como Turia, Estación Poesía, Cuaderno Ático, Cuadernos del Matemático, Alga, Inuits o Aquarellen Literatura y han sido traducidos a las principales lenguas de cultura. Asimismo, invitado por el Instituto Cervantes, ha realizado lecturas de su obra en las sedes de Budapest y París y en centros educativos de Hungría y Saint Germain des-Près. Creó en 1996 la red de talleres literarios de Extremadura, y fue uno de los fundadores del Aula José María Valverde, que dirigió entre el año 2000 y el 2006