Cruzarse de brazos

Cruzarse de brazos

Si te cruzas de brazos
cuando mueren de lejos,
cuando es lejos la pena,
cuando son lejanas las quejas,
no vengas después a pedir nuestra mano,
nuestra cálido pecho,
nuestro tiempo guardado para días de tregua.

Si te cruzas de brazos
cuando es cerca la muerte,
cuando la pena corroe el patio donde envejeces,
cuando es aquí donde la casa se vacía a golpe de leyes,
no vengas después a contarnos que te faltan las canciones,
que no hay niños riendo,
que se fueron llorando nadie sabe adónde.

Si te cruzas de brazos
cuando rompen los huesos como si fueran cristales,
con porras, porras, picanas.
Si te cruzas de brazos
cuando el aire se pudre,
cuando se pudre la vida,
cuando es tanto lo podrido que hasta tú mismo lo sabes,
si te cruzas de brazos también entonces,
si nada te importa
y nada te duele
y vives ajeno, vives en paz,
vives risueño y alegre,
eres la coartada perfecta para que la barbarie nunca se acabe.

Silvia Delgado Fuentes, poeta vasca (1968)

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Cuando muere un poeta

despedida

Cuando muere un poeta no pasa nada, apenas ni nos damos cuenta,
ni la lluvia queda quieta,
ni las estrellas se descuelgan,
ni los niños dejan de jugar a la rayuela.
Nada. No pasa nada.
Todos los días nos morimos.
Limosneros de pan y de ternura,
dejamos la vida como si tal cosa.
Como dejamos los poemas sobre mesas,
o en paredes o en plazas donde se amontonan
las huellas de los besos y de las quejas.
No pasa nada cuando nos morimos,
porque somos muchos muriéndonos clandestinos,
en lugares sombríos de humanidad,
porque somos tantos,
tantos los poetas que vamos muriéndonos
huérfanos, errantes, solitarios.
Amados desde distancias remotas,
odiados por tener voz y estrofas,
aislados en un mundo hostil que
nos lleva de cabeza.
Nada pasa, nada.
O sí pasa.
Ocurre que si muere un poeta
cerca del fuego y de las lágrimas,
cerca de la sequía y de las guerras,
cerca de la memoria y de las picanas,
la muerte secuestra una garganta insomne.
Cundo muere un poeta y muere gritando a la barbarie
calla la voz vigilante de quien quiso vivir

en pie,
en paz,
eternamente.

Silvia Delgado Fuentes, poeta vasca (1968)

 

María Expósito

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“Maternité” Óleo de Maurice Asselin 

María Expósito nunca fue propietaria de cucharas repletas,
fue dueña de todos los horrores con los que la pobreza obsequia,
fue madre pero madre harapienta.

Condenada a vivir sin armisticios
no miró dormir a sus hijos
y se alejó goteando su jornal y su decencia.

Deshilachadas alpargatas arrastran tristezas,
sucio el delantal de impotencia
y el llanto azul de los niños
que la persiguen presagiando soledades y miseria.

María Expósito aprendió a hacer con su dolor remiendos,
aprendió a no dormir por temor a los deseos
aprendió a sollozar en secreto
aprendió que si el amor puede arrancarse de cuajo
también el recuerdo
y experta en ausencias
ofreció sus senos espléndidos
a quien quisiera dar, a cambio de leche,
un jergón, una hogaza de pan seco
y silencio.

María Expósito amamantó a niños risueños.
Quiso quererlos
pero le lastimaba el territorio que pertenecía a otros dueños.
Mientras alimentaba hijos ajenos
ella viajaba lejos,
allá donde otros niños apuestan por su regreso.
Después, con el bebé satisfecho,
guardaba los pechos,
las canciones,
los sueños.

María expósito murió una tarde de invierno.
Murió con los pechos resecos,
con su dolor completo.
Murió sin decir nada,
ni un solo niño rico agradeció el alimento a esta mujer callada,
ni un solo niño rico la reconoció mendigando, anciana.

María expósito murió aquella tarde helada,
vestida sin pulcritud,
con su muerte solitaria.
María expósito, una mujer entre tantas.

del libro  “las cuarenta chimeneas del infierno”

Silvia Delgado Fuentes, poeta vasca (1968)