El corazón tranfigurado

Kindra Nikole-0
fotografía de Kindra Nikole

Es tiempo de las sombras,
de las bocas que caen ávidamente
en los pájaros, ojos de los hombres;
sobre los hombres, pájaros de Dios.
Viento menudo, pasajero ciego
al rumor de los árboles, al cielo
abierto inmensamente como un ojo
de Dios, certero y duro:
Yo soy un pobre pájaro dormido
en la tierra de Dios,
bajo sus ojos he perdido las alas
y mi canto es el canto de las mutilaciones.
Habito en una casa transitoria,
a la que el viento lleva eternamente
como al silencio mismo,
en un canto desgarrado y profundo.
He quedado tan pobre como el viento
que toma y lleva y abandona todo,
he quedado tan pobre como el eco
bajo los cuatro muros apagado.
Ha gastado la lluvia mis angulosos bordes,
mis huesos han bebido de las constelaciones
habito como musgo en las manos del tiempo
y siento mi ceniza que se desprende y cae.
Soy un pájaro roto que cayera del cielo
en un molde de barro;
soy el juego de un niño;
apenas soplo, lodo y su saliva;
soy el barro que guarda
este pájaro herido en la caída;

soy el caído pájaro que canta
en su dolor y en sus limitaciones;
soy todo lo que vuela, la ceniza,
el muro, el viento, el pájaro, el olvido.

Hundido, por inasible viento de sus manos
hiriendo en las entrañas del vacío,
en el principio el verbo.
Arranca la dolorosa flor de sus criaturas,
en el principio el verbo,
su corazón el mar, y herida
de su corazón el cielo.
EI tiempo y el espacio balando su belleza,
la música de esferas afianzada
en el dolido corazón del hombre,
que es su vida la música de un viento,
las sombras desgarradas bajo su voz alienta
que le dio la envoltura
de su mortal figura,
en el principio el verbo.

El aire lame mis heridos huesos
como enorme animal enloquecido;
el cielo, espada azul sobre mis ojos,
penetra desmembrado y fugitivo.
Mis manos se hundirán en el silencio
y he de caer filtrada
en el intimo torso de las aguas.
Porque el silencio es sembrador de espuma
sobre el haz de las cosas;
en su pausada siesta, mis oídos
florecerán hundidos,
y ya pronto,
tórtola abandonada el corazón,
dando pequeños saltos de ceniza
en su gris perecer, doblando el cuello,
ha de saltar eternamente ciervo
sobre la yerba humilde.

Porque el silencio es sembrador de espuma
sobre el haz de las cosas,
hemos de fermentar en el silencio;
y ya mis ojos, desolados ciervos,
también del corazón irán huyendo
con el espacio por hermano ciego.

El tiempo niño de la voz de vuelo
tomó mi cuerpo, trompo de ceniza,
sobre sus muslos, ríos escapándose
junto a mi fe burlada.
Más allá de la duda,
quedó mi corazón en voz de queda
afianzado en el aire, sordo y mudo,
con sordera de mar que apenas grita,
con sordera de fugaz condición perecedera,
sonidos deslenguados
que le han dado a mi cuerpo
el visionario amor y la ternura ciega
del tiempo niño del afán que rueda.

El tiempo niño de la voz de vuelo
tomó todas las flores de la sangre.
La rosa pisoteada bajo el caballo negro
alzó sus rotos pétalos
y gira con los ojos delirantes
reposada y eterna.
Las cuencas deshojadas de su voz
son pétalos girando eternamente.
Toda la eternidad es la paloma
suspendida de un hilo sin principio
y persigue su sombra
hacia el fondo, escondida
en la rota figura de los cuerpos,
toda la eternidad una paloma.

El tiempo niño de la voz de vuelo
quiso dejar su viento y detenerse,
abandonó mi mano en su carrera.
Ahora, y sin calor, a la distancia,
la manzana veloz de su latido
es una sola y desprendida flor
de una desconsolada primavera.

Un fino viento toca dulcemente
adormecida flauta de los días;
reverdecen los álamos, el viento,
y aquí mi corazón, junto con ellos.

Toda la eternidad una paloma
suspendida de un hilo sin principio,
toda la eternidad ya no le basta
al corazón para su inútil vuelo,
ya no mide los muros
si es para limitar sus esperanzas.

Una estrella que llora su soledad de espejo,
un puñado de plumas temblorosas,
así mi corazón, el viento llega
a dormir por las noches en su cuenca.
Mi corazón espejo caído de la noche
es costilla de Adán iluminada;
ha encontrado el lugar de su costado
y espiga los sentidos en raíz de tu nombre.
Toda la eternidad aposentada
y el hueco de tus venas mi aposento.

Toda la eternidad en el pequeño
ademán de tu paso;
la fruta de tu voz es mi alimento
y toda mi figura desgarrada
es rota flor, abierta primavera
que en la tierra angustiosa de tu nombre
bebe desde sus hojas una lluvia de fuego.

Toda mi eternidad aposentada
y el hueco de tus venas mi aposento.

Porque el amor es el dolor del viento,
todo un viento de llanto se me ahoga
en ardoroso grito;
porque el amor es el cantar del viento
que en un desorbitado remolino
muestra su corazón de polvo y fuego;
porque mi corazón es el sendero
herido de tu paso
que florece en el fuego de tu viento,
y mi canto tu aliento que florece
en un regocijado remolino de fuego.

En un viento de vides se deshoja
la soledad de todos los caminos
este sueño es un sueño desprendido
con raíz de humildad
y fuerza de árbol vivo,
y este sueño es la sombra que se muere
con la primera estrella matutina.

Dolores Castro Varela (Aguascalientes, 1923) es poeta, narradora, ensayista y crítica literaria. Fue fundadora de Radio UNAM y condujo el programa Poetas de México en el Canal 11. Ha sido profesora en la UNAM, la Universidad Iberoamericana y la Escuela de Periodismo Carlos Septién, entre otras instituciones. Fue coautora en el volumen antológico Ocho Poetas Mexicanos. Entre su obra se encuentran La tierra está sonando (1959), Cantares de vela (1960), Las palabras (1990), Tornasol (1997), Sonar en el silencio (2000) e Íntimos huéspedes (2004).

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