Me he sentado en el centro del bosque

Me he sentado en el centro del bosque a respirar.

He respirado al lado del mar fuego de luz.

Lento respira el mundo en mi respiración.

En la noche respiro la noche de la noche.

Respira el labio en labio el aire enamorado.

Boca puesta en la boca cerrada de secretos,

respiro con la savia de los troncos talados,

y, como roca voy respirando el silencio

y, como las raíces negras, respiro azul

arriba en los ramajes de verdor rumoroso.

Me he sentado a sentir cómo pasa en el cauce

sombrío de mis venas toda la luz del mundo.

Y yo era un gran sol de luz que respiraba.

Pulmón el firmamento contenido en mi pecho

que inspira la luz y espira la sombra,

que recibe el día y desprende la noche,

que inspira la vida y espira la muerte.

Inspirar, espirar, respirar: la fusión

de contrarios, el círculo de perfecta consciencia.

Ebriedad de sentirse invadido por algo

sin color ni sustancia, y verse derrotado,

en un mundo visible, por esencia invisible.

Me he sentado en el centro del bosque a respirar.

Me he sentado en el centro del mundo a respirar.

Dormía sin soñar, mas soñaba profundo

y, al despertar, mis labios musitaban despacio

en la luz del aroma: «Aquel que lo conoce

se ha callado y quien habla ya no lo ha conocido».

Poema de Antonio Colinas poeta, novelista, ensayista y traductor español. Ha publicado una obra variada que ha recibido, entre otros galardones, el Premio Nacional de Literatura en 1982.

Fotografía de María J. Leza © en la selva de Irati

Huellas

Jardín de Invierno en RHS Garden Hyde Hall •• FOTO: Lee Beel

Yo no era la misma,
y volví al jardín,
con mi máscara de invierno,
y el jardín estaba entristecido,
pues él también había cambiado.

Yo me encerré en su círculo,
callado, desvaído,
y buscaba marcas,
que hubiese dejado el verano.

Todas las huellas se habían borrado,
pues yo veía todo a través
de mi máscara,
y el círculo se cerraba,
cada vez más sobre mí.
El jardín se alejaba, ya no era
el mismo.

Mercedes Cavestany. De familia madrileña, nació en 1933 en Fuenterrabía y acabó echando raíces en la villa de Jovellanos tras mudarse junto a su marido, Mariano Costales Gómez-Olea, en 1962. Desde entonces su amor por la literatura la llevó a compartir sus textos en numerosas publicaciones, entre ellas EL COMERCIO, diario con el que colaboró durante varios años. Llegó a publicar más de una decena de libros. Sus últimos versos fueron: «Una alondra que canta en la madrugada. ¿Es para avisarme que he de empezar a vivir? / Tomo nota de lo que veo y lo que digo, el silencio tan callado y hablador / El aroma de los días que pasan inexorables, el olor de la tarde / La esperanza es un pájaro que nos desespera, que llega o no llega, que viene y se va». Falleció en Gijón en 2020.

Mujer saludando a los árboles

en la imagen Julia Hill, la mujer que salvó un bosque de Secuoyas

Como si nadie pudiera
advertirlo al principio.
me he entregado al prodigio
ante los árboles de nuestro parque.
Sólo una cosa puedo decirte:
son grandiosos
y lo saben.
También están exhaustos,
cientos de años
atrapados en el mismo sitio:
grandiosos paralíticos.
Cuando estoy debajo,
sienten mi mirada,
observan cómo agito mi loca
mano, y envidian mi alegría
de ser un blanco móvil.

Los perezosos en los bancos
comienzan a notarlo.
Uno al otro se dicen:
“Las cosas que hay que ver…”
La mayoría de ellos mira
abajo hacia la nada como si no hubiera
en verdad nada más para
mirar hasta que aparece
esa mujer saludando a lo alto
hacia las ramas
de los viejos árboles. Levanten sus
cabezas, amigos, miren arriba
pueden ver más
de lo que creían posible,
arriba donde algo puede
devolverle el saludo, para decirle
que ella ha visto lo magnífico.

Traducción de la poeta Yanina Audisio

Dorothea Tanning, poeta, pintora y escultora norteamericana Dorothea Tanning (Illinois 1910 – Manhattan 2012). También fue diseñadora de vestuario de ballet y teatro. Estuvo casada con Max Ernst quien la introdujo el en surrealismo tan presente en sus pinturas e ilustraciones.

Nubes

fotografía de María J. Leza ©

Islas del cielo, soplo en un soplo suspendido,
¡Con pie ligero, semejante al aire,
Pisar sus playas sin dejar más huella
Que la sombra del viento sobre el agua!
¡Y como el aire entre las hojas
Perderse en el follaje de la bruma
Y como el aire ser labios sin cuerpo,
Cuerpo sin peso, fuerza sin orillas!

Octavio Paz, poeta mexicano 1914-1998

Que no

Estatua de Federico García Lorca frente al Teatro Español.

Que no murió. Que no.
Que se quedó en el canto.
Que un cuerpo es solo un yo
pero una voz el pájaro
de todos los nosotros
por el cielo lejano.

Que no murió. Que está.
Que se quedó dormido en esta plaza
como el tiempo y los niños,
como la luz naranja.

Que no murió. Que no.
Que se quedó cantando
igual que una figura
de cascabeles y de pámpanos
que se vuelve un pez luna
y después un relámpago
y después una aurora
de Nueva York y el llanto
que los relojes dan todas las cinco en punto
y después el cuchillo y el caballo
y la espuela de plata
de un romance gitano
y un coche de agua negra
camino de Santiago
y un guante de mercurio
y una adelfa entre nardos
y una niña que teje una bandera
y una novia escapando con Leonardo
y una madre que encierra a cinco hijas
en las paredes blancas de sus párpados
y un baile en romería
y un jinete sonámbulo
y una paloma rota
y un lagarto llorando
y el grito de Julieta
bajo la arena azul de los teatros.

Que no murió. Que aún
nos respira. Que nada
puede matar la luz
donde crepitan lentas las palabras
como fénix heridas,
como altas salamandras,
como runas de leche,
como anillos perdidos en el agua.

Que no murió. Que es joven
porque tiene mil años,
porque entierra la luz en nuestra lengua,
porque acuna la vida en nuestros labios.

Que no murió. Que no.
Que nadie nos lo mata.
Que no tiene ni nombre,
que su voz vive aquí como esta estatua
y cuando ya no estemos
otros traerán palabras,
las mismas y distintas,
y en ellas volveremos como ráfagas,
como viejos poetas,
como nuevas bandadas
a cantar en el aire
las más antiguas nanas,
las que canta la tribu
en torno de las llamas
para dormir al miedo y a la nada.

Que no murió. Que es joven.
Que su voz es la gente.
Que una noche una bala besó a un hombre
y se murió la muerte.

Álvaro Tato, poeta, actor y dramaturgo nacido en Madrid en 1978. Forma parte de las compañías Ron Lalá y Ay Teatro. Es autor de versiones para la Compañía Nacional de Teatro Clásico y obras originales y adaptadas para diversas producciones de artes escénicas que han obtenido numerosos premios y se han representado en una veintena de países.

Fe de vida

Fotografía María J. Leza

Esperar junto a este mar (en el que nacieron las ideas)
sin ninguna idea. (Y así tenerlas todas.)
Ser sólo la brisa en la copa del pino grande,
el aroma del azahar, la noche de las orquídeas
en las calas olvidadas.

Sólo permanecer viendo el ave que pasa
y no regresa; quedar
esperando a que el cielo amarillo
arda y se limpie con los relámpagos
que llegarán saltando de una isla a otra isla.
O contemplar la nube blanca
que, no siendo nada, parece ser feliz.
Quedar flotando y transcurriendo de aquí para allá,
sobre las olas que pasan,
como un remo perdido.
O seguir, como los delfines,
la dirección de un tiempo sentenciado.

Ser como la hora de las barcas en las noches de enero,
que se adormecen entre narcisos y faros.
Dejadme, no con la luz del conocimiento
(que nació y se alzó de este mar),
sino simplemente con la luz de este mar.
O con sus muchas luces:
las de oro encendido y las de frío verdor.
O con la luz de todos los azules.
Pero, sobre todo, dejadme con la luz blanca,
que es la que abrasa y derrota a los hombres heridos,
a los días tensos, a las ideas como cuchillos.

Ser como olivo o estanque.
Que alguien me tenga en su mano como a puñado de sal.
O de luz.

Cerrar los ojos en el silencio del aroma
para que el corazón –al fin- pueda ver.
Cerrar los ojos para que el amor crezca en mí.
Dejadme compartiendo el silencio
y la soledad de los porches,
la hospitalidad de las puertas abiertas; dejadme
con el plenilunio de los ruiseñores de junio,
que guardan el temblor del agua en las últimas fuentes.
Dejadme con la libertad que se pierde
en los labios de una mujer.

…***…
Antonio Colinas, 1946 La Bañeza, León. Poeta, novelista, ensayista y traductor español. Ha publicado una obra variada que ha recibido, entre otros galardones, el Premio Nacional de Literatura en 1982.

Tanta flor de espuma

Fotografía de Alexander Yakovlev

Tanta flor de espuma
y trinos amarillos para el tiempo
o frutas alusivas

me izaré sobre tu miedo desplegado
con alas pequeñas de mosca imprescindible
porque llevo comiendo miles de panes y peces
desde antes
y me lloran los cestos si tú dejas
las redes destrenzadas en mi ombligo

María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967) poeta en lengua castellana, editora, profesora e investigadora española. Es profesora titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca, y ha sido profesora visitante en la Universidad James Madison y en la Universidad de Washington.

El mar pliega las alas al atardecer

El mar pliega las alas al atardecer,
tú no eres sino una pálida burbuja
navegando al golpe del aliento,
un negro trino,
el sol que sale en el centro del pecho
en mitad de la calle,
un silencio en la música dura
de la ciudad sin límites.

Para atravesar ese océano,
ese golpe de luz en la siesta,
no bastaría la eternidad.

Blanca Leonor Varela Gonzales, fue una poeta peruana, considerada como una de las voces poéticas más importantes del género en América Latina (1926-2009)

Retrato del dibujante

Fotografía de Iwona Podlasińska

Dile a ese niño
que se asoma al abismo del tiempo
y dibuja las risas desde el horizonte sigiloso
de los mapas,
a ese pequeño inventor
de los trazos y sus gestas,
que señala las ciudades
con alfileres y chinchetas;
dile que su vida será como imagina
y que hará de su anhelo
un universo propio.

Dile que tendrá el don de los espejos
y que podrá atravesarlos
sin temor a esas sombras
con colmillos que borran sus reflejos.

Dile que será libre,
que podrá bucear
el fondo de los mares
y escuchar los latidos
de las grandes ballenas.

Dile a ese niño
que aquellos ejércitos de hormigas
que peleaban delante de sus ojos
llegaron a un acuerdo
y firmaron la paz,
y están tranquilas.

Ya crecieron los árboles
de su primer bosque,
ya despertaron
los personajes que lo habitaban,
ya se encontró a sí mismo sin saberlo,
ya se acercó a observarse,
ya creyó que ese viejo gigante barbudo
era el dios de las montañas,
el gran rey de las rocas de su infancia
donde sus ojos esculpieron las formas
y se volvieron dibujos.


Ana Merino (Madrid, 1971) es profesora de escritura creativa y estudios hispánicos en la Universidad de Iowa (Estados Unidos). Ha publicado cinco libros de poesía, Preparativos para un viaje (Rialp, 1995), Los días gemelos (Visor, 1997), La voz de los relojes (Visor 2000), Juegos de niños (Visor, 2003), Compañera de celda (Visor, 2006) y Curación, (Visor, 2010). Ha ganado los premios Adonais y Fray Luis de León de poesía, y el premio Diario de Avisos por sus artículos sobre cómics para la revista literaria.

Permanencia

Fotografía de María J. Leza ©

Ahora vivo en el sendero del silencio.
Todos esos árboles que caminaban en fila
se han agachado a observarme.
A todos hablo entonces de las heridas en las
migraciones, de los hielos continentales,
de los poemas inaccesibles, de los triunfos en las
batallas del odio, del dolor en las manos,
de las rosas amarillas, de la más dulce suavidad,
del pálido rojo de su boca, de sus caricias como nubes
blancas, de su cuerpo, esa playa en la que me refugio,
de sus brazos, la extensión de todos los vientos apretando,
del profundo color que evapora mi alma, de sus
besos de agua y pluma.
Después de todo el estupor, los árboles vuelven
a sus jardines y yo cohabito mi silencio
que no es más que otra forma de expresarte,
de permanencia en ti.

Juan Ramón Madariaga (Bilbao 1962), Se licenció en Filología Vasca y realizó los estudios de doctorado en ese mismo campo en la Universidad de Deusto, donde fue profesor durante años. Comparte su pasión por la literatura con la pasión por el monte. Es alpinista, escalador y montañero.