Musker verdea- lacerta viridis

lagarto JUAN GOÑI

Aquí tenéis a uno de mis vecinos más callados y tímidos. Se trata de un hermoso macho de lagarto verde (Musker verdea – Lacerta viridis), que habita en mi leñera y zonas aledañas. Se alimenta de insectos como mariposas, escarabajos y muchas hormigas. Es una especie que vive en el norte de la Península Ibérica, desde Cataluña hasta la mitad oriental de Asturias. No sé por qué los reptiles nos dan tanto miedo, pero si sé que el miedo lleva al odio, y de ahí a la masacre va un paso pequeñito. Este animal, como la inmensa mayoría de sus parientes los reptiles, son totalmente inofensivos; muy al contrario, es una bendición tenerlos cerca por la inmensa labor de limpieza de insectos que realizan. Además, algunas de sus presas favoritas son las larvas de insectos que viven en charcas y ríos, evitándonos las molestas picaduras de tábanos e insectos semejantes.

En Navarra tenemos un lugar muy especial para el lagarto verde, una población relicta y aislada del resto en Peralta.

Es una especie que sufre especialmente la alteración de su hábitat: la agricultura intensiva, los incendios, la sobrexplotación ganadera, y por supuesto el uso indiscriminado y masivo de pesticidas en nuestros campos le afectan enormemente. Unas prácticas agrícolas más responsables y el respeto por lindes y riberas de ríos son imprescindibles si queremos seguir contando con esta especie en nuestros campos.
Hace no mucho tiempo se decidió por parte de los expertos separar en dos especies al este lagarto verde (Lacerta viridis) de su primo el lagarto verdinegro (Lacerta schreiberi). El lagarto verdinegro habita en la parte noroccidental de la Península, en la Cordillera Cantábrica, desde la Navarra atlántica hasta el norte de Portugal.
En estos días tenemos a nuestros lagartos en su periodo de celo, de ahí la coloración azulada que podéis ver en el cuello y la cara de este macho enamoradizo. Si las cosas van bien, pronto encontrará a una compañera de amores. La hembra pondrá los huevos bajo el musgo, o enterrados bajo tierra. Los pequeños lagartos vendrán al mundo en otoño.

Aquí se queda el “gardacho”, como lo llamamos en mi pueblo, buscando a su enamorada, en la eterna lucha de la Vida por perpetuarse, en el único fin y objetivo de todos los Seres Vivos que pueblan mi hermosa Tierra. Como siempre jamás: la Vida en defensa de la Vida.

Juan Goñi.

Música:
Mary Coughlan – I Can’t Make You Love Me:
https://youtu.be/wMwzSijZIuM

 

Indiferencia

selvaIrati
Selva de Irati, Navarra
Caminaban deprisa, sin demorarse, ayudados por dos modernos bastones de fibra de vidrio. Vestían ropa ajustada, ideal sin duda para practicar ejercicio, cómoda, transpirable, levemente brillante. Unas gafas de sol de extraño diseño ocultaban sus ojos, pero no su mirada, perdida en su destino, en el siguiente recodo del sendero. Me pareció que ella llevaba en los oídos esos pequeños auriculares de botón; dos cablecitos diminutos se escondían entre su cabello y se perdían en los pliegues de su mochila. Diminutas gotitas de sudor perlaban su frente y jadeaban levemente por el esfuerzo. Su calzado, extraño híbrido entre deportivas y botas, rasgaba la hojarasca como un arado rítmico: ras ras ras ras. Él lucía un reloj desmesuradamente grande en el que el dibujo de un corazón parpadeaba vacilante entre cifras inquietas.

Al pasar, un ligero movimiento de cabeza y un “buenos días” indiferente, casi susurrado, como si su cometido les impidiese más atención, haciéndome ver que su actividad era tan importante que no permitía descuidos. Yo contesté con un “igualmente” neutro, como para no molestar.

Pronto se fue perdiendo su figura en la arboleda, y el sonido acompasado de sus pasos se fue apaciguando, aquietando de nuevo el bosque y su silencio. Volvieron los trinos, los suaves chasquidos y el rumor del viento.

Un par de minutos después, lejanos, los vi subir por la colina. Ellos miraban el bosque como si nada. El bosque les miraba a ellos como si todo. Pero nada había cambiado; ellos tenían demasiado quehacer para advertirlo.

Juan Goñi

Foto: Selva de Irati – Iratiko Oihana. Aezkoa,#Navarra, #Nafarroa

Música: De la Banda Sonora Original de la película Donnie Darko, de Gary Jules, aquí tenemos la canción “Mad World” (Mundo Loco):
https://youtu.be/KL0rHIBYlY0

“Lo contrario del amor no es odio, es la indiferencia. Lo contrario de la belleza no es la fealdad, es la indiferencia. Lo contrario de la fe no es herejía, es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte, sino la indiferencia entre la vida y la muerte”.

Elie Wiesel (30 de septiembre de 1928 – 2 de julio de 2016) Escritor judío, nacido en Rumania, sobreviviente de los campos de concentración nazis, dedicó toda su vida a escribir y a hablar sobre los horrores del Holocausto con la intención de evitar que se repita en el mundo una barbarie similar. Fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1986.

 

Aquel senderito era poco más que una trocha de jabalíes…

isidro etxeberria
fotografía de Isidro Etxeberría
Aquel senderito era poco más que una trocha de jabalíes. Revirado y casi oculto por el pasto abundante de los primeros días de julio, se internaba en el bosque más deshabitado. Acompañaba al arroyo durante un par de kilómetros para después ascender decidido hacía el altozano de mi izquierda. Alisos, fresnos descomunales y algunos viejos robles grandes como gigantes mutilados flanqueaban mis pasos junto al río. Serpenteaba después, difuso entre abetos, ascendiendo sin cortesía, perdiéndose a ratos entre la pinocha. Hube de parar un rato para recobrar aliento, para después continuar sin demasiada confianza, con la cuesta interminable. Un grandioso arce se levantaba a mi derecha, quizá el más grande que jamás vi. Y después unos retorcidos tejos viejos; sombra cerrada, crepúsculo momentáneo en mitad de la mañana. El sendero rondaba entonces a uno de los tejos, y dejaba la cuesta para discurrir a media ladera. El ruido molesto de un helicóptero rompió el silencio. Me detuve junto a un gran fresno caído, que partía en dos el camino. Los jabalíes o alguna otra criatura del bosque habían hecho un pequeño túnel a través de las ramas del árbol muerto. Había que agacharse y caminar en cuclillas durante unos veinte metros para atravesar aquel obstáculo. Y poco después los restos de un pequeño puente evitaban un arroyo pequeñito, casi como un hilo de plata en la espesura verde. A mi alrededor cuchicheaba una familia de trepadores azules. Y un chochín que vivía en las ramas del fresno caído tomaba el sol y estiraba las alas en una postura casi cómica. Un carbonero palustre hacía cabriolas entre las hojas de los alisos que ceñían el arroyo. Unos metros más allí un par de charcos mostraban las huellas típicas de los jabalíes, eran sin duda sus baños de barro. Era ese, sin duda, un buen lugar para escuchar; para escucharme.

Buscar acomodo en las horquillas de un árbol caído, y dejarse inundar por los susurros del bosque. Ocuparse con denuedo en no hacer ruido, en pasar desapercibido, en no molestar a la vida alrededor, en ser uno más entre todos aquellos que me rodeaban. Y así permanecer inmóvil, ser un tronco más, hasta que los que me vieron llegar se olviden y consientan. Dejarse llevar por la inercia del sosiego. Convertir con firmeza las prisas en parsimonia, respirar con suavidad, mirar con suavidad, escuchar con suavidad, pensar con suavidad, hasta que las bonanzas de mi Padre me conquisten.

Olvidarme para recordar; centrar todo interés en el aquí y en el ahora. Irme escondido en las alas del mundo, viajar de polizón en la brisa dócil, sentir los alientos de mundo, notar en mis botas la respiración del suelo, el sube y baja del hálito eterno en el pecho del bosque. Mover solo los ojos. Y meditar despacio como entrar, con cortesía y respeto, en los lapsos y en las espirales, en las revueltas nimias, en los silenciosos sucesos que por millones rodean mi existencia. Y dejar de ser para ser, y dejar de estar para estar, abiertamente, dentro de mis afueras. Dejar el corazón al socaire de un trino. Dejar los ojos en los reflejos verdes. Habitar el mundo pacíficamente, permitir que la mañana pase de largo ante mis ojos, aletargar los pensamientos, ahogar la lógica y la razón bajo millones de kilos de levedad, y esperar nada para que de nuevo todo ocurra.

Pasaron los minutos, y quizá las horas. Y un corzo me vino a visitar. Mosdisqueó un poco el musgo junto al riachuelo y bebió un trago antes de alejarse de un salto. Un pico mediano se asomó tras el tronco firme de un haya a mi lado, y me miró con curiosidad, incrédulo de mi quietud y mi silencio. Mi amigo el chochín se posó a escasos centímetros de mi mano inocente. Una familia de herrerillos capuchinos anduvo revoloteando a mi lado. Vi, ahí cerquita y por primera vez en mi vida, las constantes cebas de una pareja de camachuelos a su prole. Un ratón de campo anduvo titubeando de aquí para allí entre mis botas. Mi bastón sirvió de atalaya para un simpático petirrojo, que me miraba, de vez en cuando, preocupado. Una salamandra negra y amarilla salió de su agujero en el arroyo, hizo algún recado de última hora y volvió antes de que el sol pudiese hacerle daño. Y así pasaron las cosas que recuerdo, porque, estoy seguro, algunas cosas pasaron que no recuerdo.

Volví por la vereda con una tonta sonrisa en la cara. Limpio

[….]

.- ¡Hombre, Juan! ¡Cuánto tiempo! ¿De dónde vienes?
.- Pues del bosque…
.- ¡Anda! ¿Y has ido solo? ¿No te aburres?
.- No. No me aburro – Respondí aburrido.

Juan Goñi.

Foto: Oianleku, Oiartzun, Gipuzkoa, por Isidro Etxeberria.

Música: “Never Gone”… Nunca se fue… Por Chris Botti
https://youtu.be/fQWdqUm5Y6I?t=12m53s

 

En el bosque

JuanLameirinhasYGoñi

Me gusta soñar que en ese viejo tronco cubierto de musgo húmedo y verde viven extraños y simpáticos seres diminutos. Me gusta pensar que los agujeros de ese tronco son las ventanas por donde cada tarde, poco antes del anochecer, se asoma mamá para avisar de que la cena está lista. Imagino la mesa, una pequeña seta alrededor de la cual se sientan estos pequeños seres, a cenar bellotas y tréboles, a beber aguamiel y a charlar sobre los acontecimientos del día. Fantaseo sobre la vida de estos seres en lo más profundo del bosque silencioso, acechados por comadrejas y gavilanes, amigos de corzos y pájaros carpinteros, vecinos de Basajaun y de las más bellas lamias del arroyo cercano. Y así, divagando, voy pasando el tiempo despacio, sentado sobre el tocón de una vieja haya, escuchando los mil y un sonidos del bosque en donde vivo.

Oigo aves a mi alrededor, y revuelo de hojarasca, y al viento sosegado entre las ramas todavía desnudas. Siento la brisa suave en mi cara y en mis manos, y acaricio delicadamente el musgo, y el áspero tronco mutilado. Cierro los ojos, intentando concentrarme en las sensaciones que el bosque me provoca: paz interior y sosiego, comprensión de la realidad y evocación onírica de sueños y las leyendas, completitud emocional, pero sobre todo amor. Amor al encontrarme dentro de un organismo vivo y palpitante, formando parte de él, siendo una más entre sus células, tan distintas a mi y tan iguales. Y describo despacio en mi cerebro sonidos y olores, tactos y colores.

Y así “pierdo” el tiempo para ganarlo, paso la tarde manteniéndola atada en mi memoria, saboreando cada segundo de cada minuto, mientras el bosque se va acallando y el atardecer va muriendo apaciblemente entre los brazos maternales de los inmensos árboles que me rodean. Y espero, en silencio absoluto, engatusado por las formas vivas del tronco, seducido por la sutileza del musgo, aguardando a que mamá salga a la ventana para avisarnos de que, finalmente, la cena está lista.

Juan Goñi.

Foto: “Basoan”, por Juan Lameirinhas.

 


Música: The Karl Jenkins Ensemble interpeta “Lacus Serenitatis”, (El lago de la senerindad) de su disco “Imagined Oceans”:

El cielo recuperó un ángel

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óleo de Vladimir Volegov

Cada mañana repetía el ritual desde el garaje. Encendía las luces y la emisora habitual le servía de acompañante hasta su destino laboral. En no más de treinta minutos el nuevo uniforme cotidiano se adueñaría de su persona, de su trayecto, de sus horas, de sus ilusiones.

Esta vez, los sempiternos acontecimientos políticos, los conflictos bélicos, las miserias humanas aparecieron y le saturaron de tal modo que optó por buscar, en la música elegida por otros, el reposo anímico que notaba perdido. El tiempo había pasado. Su tiempo, y con él, las melodías que le hicieron sentirse moderno hace años, demasiados años. Pulsó desde el volante de la pereza la búsqueda automática y los primeros compases descerrajaron la desilusión que había empezado a adueñarse de él. Instintivamente movió los dedos y sus pies pugnaban por bailar la canción que otrora le hiciera tan feliz. Y en ese momento regresó su imagen.

No sabría decir el porqué, pero su rostro regresó dibujando la eterna sonrisa que cada mañana le dedicaba. Y a la par regresaron en ella los mil intentos de auto-convencimiento de que aquello que ella sentía por él era recíproco. Y regresó el punzante el veredicto que siempre acababa dándose ante semejante lucha. No era capaz de amar a quien le amaba. No era capaz de sobrepasar la línea difusa del cariño que desde la otra parte se emulsionaba en esperanzas baldías. No era capaz de sobrellevar la carga de la culpa por no ser capaz de ser insincero y hacerla feliz. Y así siguió recordando aquella tarde en la que, sin previo aviso, sin motivo ninguno, sin razón mayor que el desespero, ella le regaló el disco que tantas veces bailaron. Y se mezclaron las contradicciones propias entre la viveza de la canción y la tristeza de sus ojos. Y toda la amalgama de colores que emanaba la música confeccionaron la paleta en la que espatuló su memoria.

Y entonces el negro tomó cuerpo. Regresó la noche fatídica en la que el destino la raptó para siempre. Sin un adiós, sin una palabra, sin una oportunidad más para intentar tallar el pedernal en que se había convertido ese corazón que se le negaba.

En ese momento, justo en ese momento de recuerdo, el estribillo comenzaba a dar por concluida la canción que hablaba de cómo el cielo había perdido un ángel.

Detuvo el coche, miró hacia arriba y, negando el estribillo, lanzó el beso que tantas veces había escatimado.

Jesús Frias  Lujan   – Defrijan-

Los gemelos

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Quienes no estamos acostumbrados a vestir de etiqueta no dejamos de sentirnos extraños cuando la ocasión la requiere. Y entre esas ocasiones, sin duda alguna, las bodas se llevan la palma. Al menos de un tiempo a esta parte se han convertido en un escaparate en el que lucir prendas, peinados, tocados y lustre a propósito de quedar como un pincel. Si el grado de parentesco es próximo, entonces el listón aumenta su nivel y es cuando empiezas a elucubrar sobre cómo será el atuendo de los invitados de la otra parte. No es plan de quedar mal o de dejar en mal lugar a tu sangre. De modo que la busca y captura del uniforme en cuestión se abre como veda de caza, solo que en esta ocasión, el cazado serás tú. Ese apolíneo que no eres ha de entrar en un traje o mejor, en un chaqué, sí o sí o también. Y ahí es donde la genética se reivindica intentando hacerte entrar en razón por más empeño que pongan los demás en que es lo correcto, lo adecuado, lo cortés, lo exigible. De nada servirá echar de menos aquellas celebraciones a las que asistías en bermudas porque no estás en la lista de invitados infantiles y debes comportarte como adulto. Así que, con cierta resignación, caes en manos de aquel que es experto en vestir a quien no está acostumbrado a hacerlo, de gala. Empieza a escanearte con los ojos y en un plis plas adivina la talla que te corresponde. Te coloca el pantalón a rayas, te sujeta con unos tirantes, te adosa la chaqueta de pingüino y coloca los diferentes acolchados en tus defectos para que no se noten. El caso es que te das la vuelta y apenas te reconoces. Acabas pareciendo don Hilarión camino de la verbena de La Paloma y das por bueno el esfuerzo del ayudante de cámara provisional. Casi todo el equipamiento está cubierto, a falta de la corbata. Y ahí no hay discusión posible. Ha de hacer juego con los gemelos que compraste un día al azar, y que lucen el busto de Bart Simpson. Un amarillo chillón que empezarán creyendo irónico y terminarán por ver como cierto. Nada superará a la mirada de asombro o a la risa contenida de quien en mitad de la ceremonia nupcial deje de prestar atención a las lecturas y clave sus ojos en el soleado brillo de tus puños. Poco importará que el chaqué te siga cubriendo como un tribuno si desde las muñecas el guiño del travieso cruza la nave de la iglesia. Puede que al paso de las horas, cuando el festejo esté en pleno apogeo, más de uno se acerque a ti y te diga que le encantan tus gemelos, pero que no se atrevería a llevarlos. Entonces lo mirarás sonriendo y callarás el “tú te lo pierdes” para no incidir más en la llaga de lo correcto que en tantas ocasiones mandaríamos a donde se merece. Por cierto, si alguien se atreve, que me los pida y se los presto.

Texto de Francisco Jesús Frías Luján

Un amanecer de amor

JuanGoñi2Foto: Bertizarana – #Navarra #Nafarroa, Mírame Navarra al Natural

Hoy ha amanecido el día como bañado en leche. Una niebla blanca lo inunda todo, una niebla que viene desde la noche, como un sortilegio nocturno que aún perdura en la tenue claridad de las primeras luces de la mañana. Acarician las nubes el suelo, los montes y los bosques; acaricia esta láctea claridad mi alma dormilona, que se deja contagiar por el hechizo.

Me interno por la arboleda con las primeras luces de este blanco amanecer, en el silencio apenas roto por la sempiterna cantinela del riachuelo cercano. Hoy mis aves están calladas, y yo también. Los retazos de niebla recorren el bosque taciturno y quieto, como pinceladas equivocadas y torpes de un niño que pinta fantasmas. Ahora aquí, ahora allí, la lechosa claridad avanza por caminos inconexos, con la sabiduría del que nada sabe, con la sencillez abrumadora del caos más absoluto; el Mundo ignora cuál es su siguiente paso, su destino o su meta en esta mañana sin viento y sin tiempo.

Oigo el silbido del mirlo tras esa blanca claridad que promete transparencias que ahora no existen. Aquieto mis pasos, escucho con atención en el silencio aparente del bosque, me parece oír el roce de las nubes en las hojas de los árboles como una caricia tierna de afecto y amor. ¿Qué se dicen el bosque y la nube mientras se aman? ¿Qué palabras desconocidas se susurran entre los troncos verdes de musgos? Quizá la niebla le narra la historia eterna del océano infinito donde nació. Quizá las hojas de los árboles musitan palabras de amor mientras saborean cada molécula de agua, mientras ingieren despacio el objeto de su amor, un amor caníbal en la que los amantes se besan mientras se unifican. La bruma se hace bosque mientras lo ama, el bosque se hace niebla y se desdibuja entre la blanca claridad de la mañana. Invitado de piedra, mirón silencioso de este coito desdibujado, permanezco quieto y en silencio.

El sol se cuela por entre la arboleda y amanece de repente. Se viste el bosque apresurado de colores mil y de sonidos. Se despide la niebla con un beso del bosque azorado e inquieto, y yo me pierdo en silencio entre las primeras luces del alba, tímido testigo cauteloso de los amores secretos de mi bosque.

Juan Goñi

Mírame Navarra al Natural

Su rostro

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Decir que vuela la imaginación al contemplarlo sería quedarse con la humedad del mar embravecido e ignorar las olas, los salitres, los acantilados, las playas. No vuela la imaginación, no; sencillamente se hace real. Es la perfección nacida de la belleza que atesora y que pone por alguaciles a sus ojos para que no escapen de su misión luminaria del mismo. No responde a ningún canon establecido por la sencilla razón de ser nulos los anteriores a ella. La armonía pespuntea los pómulos y la frente se muestra como pátina de albas por consagrar cada vez que, altiva y humilde a la vez, se yergue. No es belleza, es hermosura lo que destila ese alambique que cualquier alquimista hubiese soñado manipular a su antojo. No es belleza, es calidez, es reposo, es pasión, es el adjetivo por descubrir entre los poemas no escritos aún por no haberse conocido en el mundo de las musas. Silencios rotos por los labios callados que perlan nácares dulzores no pronunciados. Vestal viva del templo clásico en el que la sacerdotisa suprema se inmoló al no poder igualarla. Helena ignota de las pasiones que desencadena y que serían capaces de derruir cualquier muralla del raciocinio. Julieta veronesa ante la que el trovador se rinde por no ser capaz de componer la melodía que le dé alcance. Melibea tunicada con las mil formas que el amor cortés puede ofrecer y que ella recibe. Novicia sevillana frente a la que el más bravo tenorio rendiría su florete ante su insinuación de aquiescencia. Desdémona provocadora no provocativa del celo de aquel que sabe de la dicha por tenerla presente. Faz del maestro imaginero modelador del mariano rostro de pureza y lujuria que conviven en ella. Quiero suponer que ni ella misma es conocedora de tales virtudes, y que en todo caso, el rubor le llegaría ababolando su tez al hacérselas saber. Mora en la sencillez y en ella misma se erige el manantial de frescura que envidiaría Isabel. Musa de la égloga no escrita por no haber sido suficiente el frescor del prado servil que le sirviese de decorado. Gioconda presente que enarbola la ternura como bandera mientras el viento le rinde vasallaje al ondearla. Ella es, sencillamente, el perfecto trazo que todo lápiz esculpiría como boceto inmaculado de madurez conseguida .Nadie sea capaz de tildar de hipérbole la sucesión inconexa de frases que nacieron sin orden, movidas por el latido al que los dedos no fueron capaces de seguir. Termino, acabo de verla, de soñarla, de sorprenderla en la furtividad del horizonte. Ha sonreído, agachó la vista y no encuentro el equilibrio necesario que me traiga la paz a las palabras que me han enmudecido.

F. Jesús Frias Luján 

http://defrijan.bubok.es)

A la primavera se la está comiendo el tiempo

juanGoñi

A la primavera se la está comiendo el tiempo. Los cielos insensibles aún escupen plegarias de invierno, grises metáforas, matronas de fuentes y manantiales. Rebosan los ríos y se blanquean las montañas, protesta el ganado en el prado y el Sol no quiere o no puede. Aquí abajo reina el verde, apaciguado por brumas que esquían sobre la techumbre del bosque mojado. Aún se adora al gris en los cielos, todavía hay frio en la faz del mundo. Todos quieren, pero no toca, dice la Madre. ¿Acaso alguien nos prometió el mayo de los poetas?

Resuenan truenos de frío, amoratados y frígidos, y mil mares se nos caen encima. Se encharca el prado verde y el agua ya no sabe dónde meterse; agua que ya no canta, sino ruge. Se escandaliza el calendario mientras el cielo brama como un océano enrabietado. Clamas a un firmamento impasible que no oye. Y así seguimos. Sin que nadie lo remedie.

No, no, perdona, si querías otra cosa, haberte ido al Corte Inglés. Esta es la de verdad, no la de los anuncios. Primavera, locuela impenitente, no paras quieta, sin consultar, sin remedio, siempre tan salvaje, tan inexperta, tan rutilante, tan estrepitosa.

¡Vaya bofetada, Primavera! taconeando el cielo sin piedad, ajena a todos y a todo; a tu bola, como siempre. Aún te meas en la cama, aún te sales del tiesto, aún te cagas en todo y te da igual. Tan joven y tan irrespetuosa; tan maleducada, tan salvaje, Primavera insumisa, turbulenta, insurgente, revoltosa… nos dejas a todos en bragas, con las gafas de sol sobre la nariz que moquea, con el pantalón pirata y el protector solar en el bolso. ¡Si es que soy gilipollas!… Nunca aprenderé.

Más vale que al menos tu te amotinas, y mandas a la mierda los anuncios a golpe de frío y agua. Menos mal que aún nos queda tu rebeldía. Te sublevas, Primavera, sacas el mal genio y nos repudias, confusos y enredados.

Te importa un comino ¿Verdad? El hombre del tiempo, la primavera del Corte Inglés y los poetas que cantan a mayo, hoy desterrados. Y tu reinando como un Calígula que nombra senador a su caballo, caprichosa e irreflexiva, insubordinada y desenfrenada, libre, libertina y libertaria…

¡Joder!, Primavera ¡A veces no hay Dios que te aguante!

¡Si no fueras tan guapa….!

Juan Goñi.

” Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.”

Lope de Vega.

Hoy es primavera. Sino puedes huir de las calles, te regalo este video para que la primavera florezca también al otro lado de tus pupilas:
https://vimeo.com/65414843

Foto: Hayedos de #Baztan, #Navarra, #Nafarroa.

Texto de Juan Goñi

Mirame Navarra al natural

El espejo de Dorian Gray

flick.picture of dorian grey

El día empezaba como de costumbre. Sombras que se perpetuaban ante las tímidas luces que el alba prestaba. Y sobre ellas el tictac que equilibró la difusa línea de su sueño se insertó en sus divagaciones y no fue reparador, ni feliz, ni dichoso…Despertaba al sueño del día y sus pasos dormían sus sueños.
Entró en el baño y al contemplarse en el espejo, no se reconoció. No quiso reconocerse. No era él. Ese espejo le transmitía la imagen de otro que le sonaba añejo, que reconocía en detalles del perfil, que era él, pero que no era al mismo tiempo.
El vaho tomó cuerpo y tiñó de brumas las brumas que intuía, plasmándolas en el espejo, como queriendo ocultar el reflejo de la certeza que ya el único testigo acreditaba ante sí mismo.
Y mientras el agua templada caía sobre su piel regresó el álbum casi olvidado de las imágenes perdidas en su memoria. Costó reconocer al niño ingenuo que se abrió a la vida desde los mimos consentidores de quienes decían quererle bien. Costó colorear la imagen del adolescente que se perdía entre vaguedades de excusas aceptadas por los mismos de siempre. Cambió de actitud serena que el agua proporcionaba a crispación creciente cuando se reconoció en aquel que trepó hacia la cima de la nada acompañada de la nada. No tenía nada más que vacíos por credenciales, falsas sonrisas por estandartes y resquemores por escudos. Aquel que aprendió del libro no ilustrado que le fueron abriendo. Aquel que se erigió sobre los huesos quebrados de aquellos que consideró indignos. Aquel que nació de la nada y alcanzó el todo en la nada, acababa de percibir la lacónica sonrisa nacida de entre las tinieblas.
Y todo fugazmente regresó del regreso queriendo acomodarse en el lóbulo de la autocomplacencia, de la indulgencia no pedida pero sí deseada. No diría arrepentimiento ni en el más profundo de sus amargos pozos del laso recuerdo. No permitiría liberar el alma que se forjó en la fragua del libérrimo acto. Una vez rozó la pureza, y miles de veces intentó olvidarla. No era suya, no le pertenecía ni la quería para sí.
Y entonces fue, cuando jactándose ante su imagen brumosa que el cristal reflejaba, henchido de soberbia, deslizó prepotente el filo de la navaja que segaba los rastrojos de su rostro crecidos de la noche.
Un reguero rojo anegó su piel mientras la perdida sonrisa, por última vez, sonó a cierta.

Jesús Frias Luján

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