Musker verdea- lacerta viridis

lagarto JUAN GOÑI

Aquí tenéis a uno de mis vecinos más callados y tímidos. Se trata de un hermoso macho de lagarto verde (Musker verdea – Lacerta viridis), que habita en mi leñera y zonas aledañas. Se alimenta de insectos como mariposas, escarabajos y muchas hormigas. Es una especie que vive en el norte de la Península Ibérica, desde Cataluña hasta la mitad oriental de Asturias. No sé por qué los reptiles nos dan tanto miedo, pero si sé que el miedo lleva al odio, y de ahí a la masacre va un paso pequeñito. Este animal, como la inmensa mayoría de sus parientes los reptiles, son totalmente inofensivos; muy al contrario, es una bendición tenerlos cerca por la inmensa labor de limpieza de insectos que realizan. Además, algunas de sus presas favoritas son las larvas de insectos que viven en charcas y ríos, evitándonos las molestas picaduras de tábanos e insectos semejantes.

En Navarra tenemos un lugar muy especial para el lagarto verde, una población relicta y aislada del resto en Peralta.

Es una especie que sufre especialmente la alteración de su hábitat: la agricultura intensiva, los incendios, la sobrexplotación ganadera, y por supuesto el uso indiscriminado y masivo de pesticidas en nuestros campos le afectan enormemente. Unas prácticas agrícolas más responsables y el respeto por lindes y riberas de ríos son imprescindibles si queremos seguir contando con esta especie en nuestros campos.
Hace no mucho tiempo se decidió por parte de los expertos separar en dos especies al este lagarto verde (Lacerta viridis) de su primo el lagarto verdinegro (Lacerta schreiberi). El lagarto verdinegro habita en la parte noroccidental de la Península, en la Cordillera Cantábrica, desde la Navarra atlántica hasta el norte de Portugal.
En estos días tenemos a nuestros lagartos en su periodo de celo, de ahí la coloración azulada que podéis ver en el cuello y la cara de este macho enamoradizo. Si las cosas van bien, pronto encontrará a una compañera de amores. La hembra pondrá los huevos bajo el musgo, o enterrados bajo tierra. Los pequeños lagartos vendrán al mundo en otoño.

Aquí se queda el “gardacho”, como lo llamamos en mi pueblo, buscando a su enamorada, en la eterna lucha de la Vida por perpetuarse, en el único fin y objetivo de todos los Seres Vivos que pueblan mi hermosa Tierra. Como siempre jamás: la Vida en defensa de la Vida.

Juan Goñi.

Música:
Mary Coughlan – I Can’t Make You Love Me:
https://youtu.be/wMwzSijZIuM

 

Indiferencia

selvaIrati
Selva de Irati, Navarra
Caminaban deprisa, sin demorarse, ayudados por dos modernos bastones de fibra de vidrio. Vestían ropa ajustada, ideal sin duda para practicar ejercicio, cómoda, transpirable, levemente brillante. Unas gafas de sol de extraño diseño ocultaban sus ojos, pero no su mirada, perdida en su destino, en el siguiente recodo del sendero. Me pareció que ella llevaba en los oídos esos pequeños auriculares de botón; dos cablecitos diminutos se escondían entre su cabello y se perdían en los pliegues de su mochila. Diminutas gotitas de sudor perlaban su frente y jadeaban levemente por el esfuerzo. Su calzado, extraño híbrido entre deportivas y botas, rasgaba la hojarasca como un arado rítmico: ras ras ras ras. Él lucía un reloj desmesuradamente grande en el que el dibujo de un corazón parpadeaba vacilante entre cifras inquietas.

Al pasar, un ligero movimiento de cabeza y un “buenos días” indiferente, casi susurrado, como si su cometido les impidiese más atención, haciéndome ver que su actividad era tan importante que no permitía descuidos. Yo contesté con un “igualmente” neutro, como para no molestar.

Pronto se fue perdiendo su figura en la arboleda, y el sonido acompasado de sus pasos se fue apaciguando, aquietando de nuevo el bosque y su silencio. Volvieron los trinos, los suaves chasquidos y el rumor del viento.

Un par de minutos después, lejanos, los vi subir por la colina. Ellos miraban el bosque como si nada. El bosque les miraba a ellos como si todo. Pero nada había cambiado; ellos tenían demasiado quehacer para advertirlo.

Juan Goñi

Foto: Selva de Irati – Iratiko Oihana. Aezkoa,#Navarra, #Nafarroa

Música: De la Banda Sonora Original de la película Donnie Darko, de Gary Jules, aquí tenemos la canción “Mad World” (Mundo Loco):
https://youtu.be/KL0rHIBYlY0

“Lo contrario del amor no es odio, es la indiferencia. Lo contrario de la belleza no es la fealdad, es la indiferencia. Lo contrario de la fe no es herejía, es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte, sino la indiferencia entre la vida y la muerte”.

Elie Wiesel (30 de septiembre de 1928 – 2 de julio de 2016) Escritor judío, nacido en Rumania, sobreviviente de los campos de concentración nazis, dedicó toda su vida a escribir y a hablar sobre los horrores del Holocausto con la intención de evitar que se repita en el mundo una barbarie similar. Fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1986.

 

Aquel senderito era poco más que una trocha de jabalíes…

isidro etxeberria
fotografía de Isidro Etxeberría
Aquel senderito era poco más que una trocha de jabalíes. Revirado y casi oculto por el pasto abundante de los primeros días de julio, se internaba en el bosque más deshabitado. Acompañaba al arroyo durante un par de kilómetros para después ascender decidido hacía el altozano de mi izquierda. Alisos, fresnos descomunales y algunos viejos robles grandes como gigantes mutilados flanqueaban mis pasos junto al río. Serpenteaba después, difuso entre abetos, ascendiendo sin cortesía, perdiéndose a ratos entre la pinocha. Hube de parar un rato para recobrar aliento, para después continuar sin demasiada confianza, con la cuesta interminable. Un grandioso arce se levantaba a mi derecha, quizá el más grande que jamás vi. Y después unos retorcidos tejos viejos; sombra cerrada, crepúsculo momentáneo en mitad de la mañana. El sendero rondaba entonces a uno de los tejos, y dejaba la cuesta para discurrir a media ladera. El ruido molesto de un helicóptero rompió el silencio. Me detuve junto a un gran fresno caído, que partía en dos el camino. Los jabalíes o alguna otra criatura del bosque habían hecho un pequeño túnel a través de las ramas del árbol muerto. Había que agacharse y caminar en cuclillas durante unos veinte metros para atravesar aquel obstáculo. Y poco después los restos de un pequeño puente evitaban un arroyo pequeñito, casi como un hilo de plata en la espesura verde. A mi alrededor cuchicheaba una familia de trepadores azules. Y un chochín que vivía en las ramas del fresno caído tomaba el sol y estiraba las alas en una postura casi cómica. Un carbonero palustre hacía cabriolas entre las hojas de los alisos que ceñían el arroyo. Unos metros más allí un par de charcos mostraban las huellas típicas de los jabalíes, eran sin duda sus baños de barro. Era ese, sin duda, un buen lugar para escuchar; para escucharme.

Buscar acomodo en las horquillas de un árbol caído, y dejarse inundar por los susurros del bosque. Ocuparse con denuedo en no hacer ruido, en pasar desapercibido, en no molestar a la vida alrededor, en ser uno más entre todos aquellos que me rodeaban. Y así permanecer inmóvil, ser un tronco más, hasta que los que me vieron llegar se olviden y consientan. Dejarse llevar por la inercia del sosiego. Convertir con firmeza las prisas en parsimonia, respirar con suavidad, mirar con suavidad, escuchar con suavidad, pensar con suavidad, hasta que las bonanzas de mi Padre me conquisten.

Olvidarme para recordar; centrar todo interés en el aquí y en el ahora. Irme escondido en las alas del mundo, viajar de polizón en la brisa dócil, sentir los alientos de mundo, notar en mis botas la respiración del suelo, el sube y baja del hálito eterno en el pecho del bosque. Mover solo los ojos. Y meditar despacio como entrar, con cortesía y respeto, en los lapsos y en las espirales, en las revueltas nimias, en los silenciosos sucesos que por millones rodean mi existencia. Y dejar de ser para ser, y dejar de estar para estar, abiertamente, dentro de mis afueras. Dejar el corazón al socaire de un trino. Dejar los ojos en los reflejos verdes. Habitar el mundo pacíficamente, permitir que la mañana pase de largo ante mis ojos, aletargar los pensamientos, ahogar la lógica y la razón bajo millones de kilos de levedad, y esperar nada para que de nuevo todo ocurra.

Pasaron los minutos, y quizá las horas. Y un corzo me vino a visitar. Mosdisqueó un poco el musgo junto al riachuelo y bebió un trago antes de alejarse de un salto. Un pico mediano se asomó tras el tronco firme de un haya a mi lado, y me miró con curiosidad, incrédulo de mi quietud y mi silencio. Mi amigo el chochín se posó a escasos centímetros de mi mano inocente. Una familia de herrerillos capuchinos anduvo revoloteando a mi lado. Vi, ahí cerquita y por primera vez en mi vida, las constantes cebas de una pareja de camachuelos a su prole. Un ratón de campo anduvo titubeando de aquí para allí entre mis botas. Mi bastón sirvió de atalaya para un simpático petirrojo, que me miraba, de vez en cuando, preocupado. Una salamandra negra y amarilla salió de su agujero en el arroyo, hizo algún recado de última hora y volvió antes de que el sol pudiese hacerle daño. Y así pasaron las cosas que recuerdo, porque, estoy seguro, algunas cosas pasaron que no recuerdo.

Volví por la vereda con una tonta sonrisa en la cara. Limpio

[….]

.- ¡Hombre, Juan! ¡Cuánto tiempo! ¿De dónde vienes?
.- Pues del bosque…
.- ¡Anda! ¿Y has ido solo? ¿No te aburres?
.- No. No me aburro – Respondí aburrido.

Juan Goñi.

Foto: Oianleku, Oiartzun, Gipuzkoa, por Isidro Etxeberria.

Música: “Never Gone”… Nunca se fue… Por Chris Botti
https://youtu.be/fQWdqUm5Y6I?t=12m53s

 

Al bosque adormilado…

JuanGoñi11

Al bosque adormilado le brotan aves por los costados. Y las aves le hacen cosquillas en las ramas, y le cantan al oído, y le peinan las canas.

Al bosque le nacen crocos amoratados entre los dedos de los pies, y prímulas, y lirios amarillos y la hojarasca seca cuchichea sus celos antes de huir.

Al bosque le cuesta despertar porque se hace mayor; porque aún no termina de creerse que llegó la primavera a lomos de la última ventisca. Le gusta demorarse un poco en el invierno y remolonea más de la cuenta.

Al bosque no le gusta que le metan prisa. Hace las cosas a su tiempo, aunque todos estemos desesperados de esperarle.

Mientras aguardábamos, la primavera me sacó a bailar un vals entre los robles; y justo antes de esfumarse me plantó un beso entre los ojos. Y se escabulló tras todos los horizontes, huyendo con el sol.

Juan Goñi.

Foto: Robledal adehesado de Dantzaleku, junto a la ermita de San Pedro, en Altsasu/Alsasua, Sakana, Navarra-Nafarroa.

Música: Dmitri Dmítrievich Shostakóvich, es considerado por muchos como uno de los compositores más importantes del siglo XX. Aquí tenemos el Vals Nro. 2 de su “Suite para orquesta variada”, que muchos recordaréis porque fue utilizado en la banda sonora de la película de Stanley Kubrick, “Eyes Wide Shut”:
https://youtu.be/E3pv2mAbQ7M

PD: Tanta gente, disfrutando con respeto de la música clásica…. ¡qué envidia!

Era un caballo, o quizá no…

unicornioJuanGoñi

Era un caballo, o quizá no, aquella extraña figura que emergía entre la floresta. Había salido del sendero persiguiendo el redoble de un pájaro carpintero. Desde lejos parecía un caballo de ajedrez enorme, tumbado, descansando. Pero era solo un viejo tronco comido por la hiedra y el musgo, solitario y silencioso en medio del bosque. La imaginación se dispara cuando caminas en soledad por la arboleda.

Era un caballo, o quizá no. Más bien parecía un unicornio convertido en leña. Quizá los unicornios se tornan en árboles cuando el día les sorprende lejos de su guarida, del mismo modo que yo me transformo en niño cuando la primavera me pilla caminando en soledad por el bosque.

A veces llueven chubascos de fantasía sobre mi bosque de fábulas y sueños. Y a mí me encanta empaparme en esos torrenciales diluvios de ilusión.

La realidad es demasiado malcarada como para soportarla a todas horas.

Se me olvidó el pájaro carpintero, pero oía tambores de amor en la arboleda cuando el unicornio me saludó. Después salió trotando. Y yo me desperté.

Juan Goñi.

Foto: Parque Natural de Bertiz, Navarra

Música: Schönherz & Scott / Sentimental Walk -Theme from “Diva”-
https://youtu.be/_WFaZ1VV2Bc

Haré como los árboles

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en la imagen Juan Goñi junto  al roble de Orkin, fotografía de Felipe Noguera

Haré como los árboles.

A veces soy alma enamorada, como tú te enamoras en primavera, del viento suave y de los trinos, y saco mis hojas al sol, y acepto tus caricias cálidas que hoy apenas recuerdo.

A veces soy fértil y aposento nidos en mis ramas. Y nacen aleteos, y tañidos, y canciones silbadas entre los peciolos y las brozas, entre mis troncos, entre mis cepas y sarmientos. Y deseo amaneceres y mediodías, y ocasos y noches porque estoy en el mundo y todo me deleita.

A veces soy otoño en tus ramas y desvíos, y me hundo libre y deliberadamente en los matices de la melancolía, naufrago en la nostalgia y quemo mis naves para nunca más volver.

A veces soy invierno, desnudo y acatarrado, suspendido en el tiempo y holgazán, pensativo. Se me viene el miedo en bandadas, como hormigas de desasosiego que me suben por todas las cortezas mojadas; por todas las certezas apagadas y marchitas. El meollo se me cae y te olvido. Se me ahogan los conductos, se me atascan las acequias y la vida es una soga amarrada al cuello, una soga que aprieta fuerte.

A veces resurjo de mis raíces empujando, y me levanto a la vez que el sol, ansioso por ver el mundo desde arriba. Y entonces pesa poco mi sustancia, y cargo con ella sin lastre ni cansancio.

Hay veces, pocas, en las que pierdo pie y me resbalo. Y no hay ya suelo ni tierra a la que sujetarme. Y escarbo y no te encuentro. Y me quebranto y me desmayo, y un terremoto inmóvil vacía mis ramas y desgarra mis raíces. Aterrorizado, no sé hasta dónde me lleva este declive, y no tengo brazos para parar la caída. Y me derrumbo con mis musgos y mis aves, y mis canciones se transforman en aullidos que se me estancan en las gargantas de mil bocas desnutridas. Y trato de no caer sobre mi estirpe. Pero caigo; sin dominio, sin mando y sin gobierno.

Hay veces que reposo, derrotado pero libre, caído entre la hojarasca de mil otoños por llegar. Y me dejo decorar de verde, y se me suben las setas por la cara y por las manos quietas. Soy refugio de caracoles, soy árbol muerto que vive en las entrañas. Soy cadáver longevo de un gigante con pies de barro. Soy silencio eterno, sin distracción. Soy máscara inmóvil a la que le late el corazón demasiado fuerte. La savia se me escurre por los ojos y por los poros, hemorragia sin fin para un final que no lo es pero que a menudo lo parece. No se sujeta el sol y se me cae a los pies de mis horizontes infinitos. Y ya no hay ni bosques ni estirpes ni trinos. Solo el tiempo que gobierna y transcurre y va pudriéndolo todo. Y entonces quisiera ser solo tierra, volver a ser solo tierra olvidada y profunda.

Soy todas las vidas de un árbol. Pero se me perdió la primavera. Quizá anduve derrochando.

Ayer estuve escudriñando el viejo y ajado calendario malogrado. Y el año se acaba este año.

Volveré al principio. Eso al menos es lo que hacen los árboles.

Juan Goñi

Foto: El que escribe, junto al impresionante Roble de Orkin, por Felipe Noguera.

Música: Lito Vitale, “Los instantes recordados”… esa canción que tanto dice de mi:
https://youtu.be/dHpKUGPlYHI

Y allí tú y tu silencio

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Y allí tú y tu silencio, que es música. Y yo y mis barullos que acallas y pintas de verde. Y tú y tu abrazo de ramas retorcidas. Mis ojos asombrados. Tu sonrisa quieta. Mi sorpresa. Tu serenidad eterna. Y mis oídos, escuchándote.

Y entre los dos el tiempo, deslizándose despacio, acariciando el Mundo.

Juan Goñi.

Foto: Haya // Pagoa // Fagus Sylvatica en Artze, Donamaria, #Navarra, #Nafarroa

 


Música: Chet Baker, Chris Botti y John Barry:
Game Of Hide And Seek (“El juego de esconderse y encontrarse”)

mi “hermano del bosque”

bosquesGoñi

A veces me doy de bruces con textos que describen fielmente lo que siento, lo que soy, lo que amo. Textos en los que me veo reflejado de una manera sutil y a la vez definitiva. Y entonces se me pone la piel de gallina al ser consciente de que no son mis sueños, que no son mis delirios. El bosque lleva siglos hablándonos. Al menos a aquellos que tenemos la inmensa fortuna de saber escucharlos.

Ahí va uno de ellos. En este caso mi “hermano del bosque” se llama Robert Walser (1878-1956). Él paseaba por los bosques de Suiza. Esos bosques, hoy lo sé, dicen lo mismo que a mí me cuentan mis bosques:

“Llegué poco después, caminando tranquilo bajo el suave y cálido aire, a un bosque de abetos por el que serpenteaba un por así decirlo sonriente camino, de pícaro encanto, que seguí con placer.

En el interior del bosque reinaba el silencio como en un alma humana feliz, como en el interior de un templo, como en un palacio y en castillos de cuentos hechizados y soñados, como en el castillo de la Bella Durmiente, donde todo duerme y calla desde hace cientos de largos años.

Había tal solemnidad en el bosque que imaginaciones grandiosas y bellas se apoderaban por sí solas del sensible paseante. ¡Qué feliz me hacían el dulce silencio y la tranquilidad del bosque!”

Y continúa un poco más adelante:

“Para mí pasear no sólo es sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando.”

Pero Walser advierte que al bosque hay que acercarse con los sentidos abiertos, con la mirada limpia, sin prisa:

“Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo. Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresadamente y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias y privaciones.”

Y termina, mi compatriota del bosque, con un deseo que comparto profunda e íntimamente.

“Estar muerto aquí, y ser enterrado sin llamar la atención en la fresca tierra del bosque, tendría que ser dulce. Sería hermoso tener en el bosque una tumba pequeña y tranquila. Quizás oyera el canto de los pájaros y el susurrar del bosque sobre mí. Lo desearía.”

Me emociona saber que Walser murió como quería, paseando por sus bosques, en la Navidad de 1956.

Creo que Robert Walser hubiera sido un gran amigo mío. Creo que, sin duda, aún lo es. Su alma dormita entre las hayas de Bertiz, entre los árboles de todos los bosques. Walser, sin duda, llevaba bosques dentro.

Juan Goñi

Foto: Sendero en la Sierra de Aralar, #Navarra, #Nafarroa. Aquella fue una brumosa mañana de agosto, exactamente como hoy.

Ayer el bosque mostraba…

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fotografía de Isidro Etxeberria ©

Ayer el bosque mostraba su tez más fecunda. La arboleda está enteramente encinta, sabiamente fertilizada, preñada por doquier. Ayer el bosque sangraba agua y vida por todos los derredores, por los lindes y las fronteras, por cada comisura, por cada sutura musgosa. Ayer la arboleda quería ser primavera, así como los niños quieren ser bomberos.

Cantaba el zorzal, que se imita a sí mismo y remacha su estrofa para que todos la aprendamos; tres, cuatro, cinco veces. El zorzal cantaba primaveras mientras el cielo seguía siendo invierno.

Cantaba la txepetxa (el chochín) por los ribazos, juglar escondido, chiquillo fanfarrón y furtivo al que siempre oyes pero pocas veces ves. Su canto, como una catarata anárquica de notas y contrapuntos, llamaba a la primavera. Pero el clima aun suspiraba inviernos.

El suelo se llenó de prímulas amarillas. La primogénita de la primavera ya nació; aun en los feudos de lo más crudo del invierno. Valiente profeta de sol y calor, osada precursora, heraldo de la luz que llega, presagio de resurrección; la prímula se llama también primavera porque es su primera hija, su única hija en los días en que, como ayer, el invierno campeaba sin oposición entre las hayas.

Ayer el bosque hablaba sin parar para quien quería oírlo. Ayer el bosque me hablaba profusamente; por sus regatos por doquier, en la voz de sus hijas las aves, por bisbiseo del leve viento en sus ramas, por el silencio conmovedor de sus espacios verticales. Ayer el bosque estaba sumido en una turbadora nostalgia, sedante, emocionante. Las añoranzas se cantaban por todos los rincones, desde los más altos escondites, desde las más profundas madrigueras. Los regatos, por miles, murmuraban al viento su canción que nunca se repite; una canción que al menos son tres: la primera cuando te aproximas, como una promesa; otra cuando lo franqueas, barahúnda alborotada; y otra más cuando te alejas, una despedida, un “¡hasta otra!” prometido y cantarín.

Ayer el bosque me habló desmesuradamente y aún hoy trato de digerir tanto y tan bueno; tanto tan alto y tan profundo. Lloraban las nubes grises sobre el hayedo silencioso, levemente, apenas un txirimiri intrascendente. Ni una pizca de viento desordenaba el caos.

Solo sé que cuando me alejaba de su dulce seno empapado y vital, susurraban mis labios aquel fado que tan hondo cala en mí. Mis botas, cálidas, mi cabello mojado, y mi corazón ahíto y satisfecho. Mi emoción desbordada, un día más. Las lecciones del bosque de nuevo me catapultan a un estado de consciencia renovada. Y se me escapó una lágrima; piel de gallina y alabanzas. Me despido y las hayas se inclinan sutilmente. Ayer, el bosque y yo renovamos muchos pactos, entablamos nuevas alianzas y nos prometimos coalición inagotable.

Compromiso de amor eterno para con este “superorganismo” que tiene a bien hablarme. Tratado de amistad profunda, perpetua e indestructible. El bosque y yo, ayer, reiteramos muchas cosas. Muchas de esas cosas son abismos secretos de conciencia mutua, otras, quizás, te las pueda seguir contando cada mañana.

Juan Goñi.

Foto: Mi amigo Isidro Etxeberria sabe escuchar los susurros del bosque con su cámara de fotos. Eso es porque sabe mucho del bosque.

Isidro es de los mios; o mejor dicho, yo soy de los suyos.

Relato y fotografía de MIRAME NAVARRA AL NATURAL